Lady Florence Dixie fue una aristócrata y aventurera británica que en 1879 se internó a caballo por las pampas, bosques y cordilleras de la Patagonia austral, viaje que más tarde se plasmaría en el libro “A través de la Patagonia”, transformándose en una pionera de la literatura de viajes y del turismo en la zona […]

Lady Florence Dixie fue una aristócrata y aventurera británica que en 1879 se internó a caballo por las pampas, bosques y cordilleras de la Patagonia austral, viaje que más tarde se plasmaría en el libro “A través de la Patagonia”, transformándose en una pionera de la literatura de viajes y del turismo en la zona que hoy conocemos como Torres del Paine. Hoy, la periodista y escritora Carolina Requena nos trae un fascinante relato ficcionado inspirado en el emotivo encuentro que Dixie tuvo con un huemul, dando cuenta del lado más personal de esta mujer vanguardista que logró romper con los esquemas establecidos de la sociedad de su época. No te pierdas este relato inspirado en el Diario de expedición “Across Patagonia” de Florence Dixie, la primera mujer europea en atravesar hacia Torres del Paine, por la ruta del Valle de las Chinas, hacia la Estancia 2 de enero, hoy Reserva de Conservación Explora Torres del Paine. 

Ilustraciones por Sebastián Correa Ehlers 

Tenía tanta hambre esa mañana que me costaba concentrarme para ensillar bien mi caballo. Sentía una punzada en el estómago, un poco de mareo y el paladar hastiado de los últimos frutos secos y galletas que nos habíamos terminado el día anterior. Si hubiese tenido aunque fuera un puñado más los habría comido sin pensar. Menos mal que el agua no faltó en tantos riachuelos que encontramos en el camino. De otra manera esta nueva jornada se habría hecho realmente insostenible.

Empecé a cuestionarme por qué me había metido en todo esto. Tan lejos de Inglaterra y de todo lo que estaba acostumbrada. Mis amigos y familia me lo advirtieron: «¡PATAGONIA! Florence ¿A quién se le ocurriría ir a un lugar así?», «¡Es peligroso para una mujer tan joven!», «¡Serás devorada por caníbales!», «¿Qué diablos te hace elegir una parte tan extravagante del mundo?», «¿Cuál puede ser la atracción?», “¡Está a miles de kilómetros de distancia y nadie ha estado allí antes, excepto el capitán Musters y uno o dos locos aventureros más!”. Todavía podía escuchar esas palabras como ecos. Pese a todos los comentarios y consejos había ganado mi obstinación. Mejor no pensar más en eso, ya estábamos aquí hace más de cuatro meses junto a mi marido, Sir Alexander Beaumont Churchill Dixie, dos de mis hermanos, Lord Queensberry y Lord James Douglas, un criado y un amigo, el Sr. J. Beerbohm, cuyo libro, Wanderings in Patagonia, acababa de publicarse cuando dejamos Inglaterra. En esas tierras habíamos sumado a cuatro baqueanos, como los llamaban localmente, que nos servirían de guías, dos franceses, un gaucho argentino y un habitante de Sandy Point.

Afilé mi cuchillo y colgué el rifle al hombro. Era tiempo de conseguir algo para poner al fuego. Siempre me había gustado cazar y esta salida me entusiasmaba en particular porque del éxito o fracaso de la misma dependería lo que comeríamos ese día. La sola idea de pegar algunos tiros me volvió el alma al cuerpo y emprendimos rumbo empujados por el hambre que, de tanto hablar de ella, a esta altura del viaje se había transformado en el onceavo integrante del grupo. 

Subimos la meseta donde, según aseguraron los baqueanos, encontraríamos algún animal. A fin de cubrir la mayor cantidad de terreno posible nos extendimos en línea a lo largo de unas dos millas. En este orden galopamos hacia el norte, explorando cuidadosamente la llanura que se desplegaba plana a una buena distancia, pero aparentemente desnuda tanto de huemules, guanacos, ñandúes como de pasto.

En casa era conocida por tener muy buena puntería lo que siempre me llenaba de secreto orgullo cuando salíamos a la caza de zorros en Leicestershire. Desde hace algunos años había decidido dejar de cabalgar de lado porque me daba todavía más seguridad ir como los hombres, aunque para muchos esto fuera motivo de escándalo porque ciertamente esperaban algo de mí distinto por mi género, rango y posición. Ser la hija del octavo marqués de Queensberry no ayudaba. Tampoco mi pelo corto que encontraban demasiado moderno y mucho menos mis afirmaciones feministas. No soportaba esta idea de que las mujeres éramos débiles y necesitadas de protección ¿Por qué?

En una ocasión, para una cena con algunos amigos invitados de mi padre se me ocurrió opinar sobre la monarquía: “Pienso que los hombres y mujeres deberíamos ser iguales en el matrimonio y el divorcio. Por otro lado la corona tendría que ser heredada por el hijo mayor del monarca, independientemente del sexo”. El silencio posterior en la mesa y la mirada fulminante de papá fue más dura que el castigo posterior de dos semanas sin poder salir de casa, por imprudente, según me dijeron, aunque a mí no me lo parecía.

La verdad es que siempre me había sentido tan ajena a ese mundo aristocrático británico, distinta a las mujeres de mi edad, con grandes inquietudes guardadas. Preguntas e ideas, que serían consideradas como revolucionarias, daban vueltas y vueltas en mi mente. Una vida que había dejado a más de diez mil millas atrás, harta de tantas formas, expectativas, prejuicios, banalidades y cotilleos pero que todavía seguía atascada en mí, burlándose de mi absurda aventura.

Con Beau nos habíamos casado hace menos de un año, enamorados como pocos matrimonios de nuestra generación. Almas inquietas, exploradores y amantes de los deportes al aire libre. Nos conocimos en una caza y de inmediato llamó mi atención, no precisamente por su apariencia, aunque tampoco era precisamente desfavorecido en lo físico, sino por ser el único hombre del grupo que no parecía intimidado por mi destreza, más bien estaba seducido por ella. Entonces supe que él también era diferente. Entre incomprendidos podríamos entendernos.

Para mis ojos Beau nunca fue el 11º Baronet, ni me importaron sus riquezas e influencias que tanto encandilaban a otras que lo pretendían antes de mí. Aunque algunos no lo comprendieran, siempre nos tratamos como iguales, independiente de nuestro sexo y obligaciones. Él fue el principal apoyo para hacer este viaje que un día, a mediados de diciembre de 1878, iniciamos dejando atrás nuestra preciosa casa en Mayfair, zarpando en el «Britannia» desde Liverpool rumbo al Estrecho de Magallanes, en el fin del mundo.

Mientras seguía sumergida en mis pensamientos, me despertó un viento que no respetó ningún abrigo. Genial, pensé, ahora además de hambre nos moriríamos de frío ¿A dónde nos iba a llevar todo esto? Quizás los otros tenían razón y yo, tan llena de fantasías absurdas, debía madurar y despertar a la realidad. El mundo siempre sería el mismo y no podría hacer nada al respecto.

Aunque me enorgullecía ser la única mujer de la expedición, me dolía saber que en mi mundo no me comprendieran, me criticaran y me tildaran a mis espaldas de “marimacho” e incluso dijeran que gobernaba a mi esposo «con una vara de hierro» por “obligarlo a esta locura”. Ahora me encontraba lejos de casa en medio de rostros extraños, desconocidos y escenas salvajes. Tuve que hacer un esfuerzo por desterrar de mi mente la idea de que todo era un sueño ¿Pero no era eso lo que quería? Precisamente porque este lugar estaba perdido y apartado del resto del mundo fue por lo que lo elegí. En la Patagonia podría haber muchos peligros, pero en ningún otro lugar encontraría un área de 100,000 millas cuadradas sobre la que pudiera galopar tranquila, a salvo de las persecuciones de amigos e incomprensiones. Pero ¿serviría de algo aparte de sentirme más libre?

¡Si tan solo esos malditos huemules se dignaran a hacer su amable aparición!, pensé. Pero evidentemente nada estaba más lejos de suceder. Seguimos cabalgando por la llanura, milla tras milla, mientras las esperanzas, al igual que el termómetro, se iban hundiendo gradualmente hacia cero.

Debido a la bruma reinante y a la naturaleza cambiante del terreno, la línea de avance fue perdiendo su orden hasta que dejé de ver y oír a mis compañeros. Una nube blanca se arrastró en el horizonte y creció barriendo rápidamente hacia mí, hasta que de improviso estaba envuelta en una furiosa tormenta de granizo. Me detuve para taparme la cabeza pero la borrasca no duró mucho. En poco tiempo el lugar estaba completamente blanco. Me pareció un lúgubre paisaje invernal en pleno verano del hemisferio sur. 

De pronto, en medio del manto blanco lo vi. Un hermoso ciervo dorado con la mirada altiva de aquel que se sabe dueño del lugar. Tan cerca y perfectamente inmóvil estaba el huemul mirándome tan tranquilo, dócil, confiado e intrigado, como si él también se preguntara qué hacía yo ahí. 

Traté de no respirar para no espantarlo y estuvimos los dos examinándonos –uno de esos instantes que parecen una eternidad– tanto, que llegué a pensar que quizás era una ilusión, un espejismo en medio de la nieve. Pero la magia no podía durar para siempre. Mi caballo acomodó su postura y rompió el hechizo. La que creí mi presa huyó como un rayo por la ladera sur de la colina.

Ni siquiera lo pensé, desmonté, me quité el rifle y lo salí persiguiendo. Mientras avanzaba tratando de esconderme entre los arbustos, sentí un egoísmo delicioso de querer matar yo misma al primer animal. A no mucha distancia nuevamente lo divisé. Aunque me vio llegar permaneció quieto y de pie en la inocencia de aquel que no ha conocido el plomo de una bala. Sin embargo, mi arma no era la más adecuada para la ocasión, un light rook-rifle que no daba más de 150 yardas con precisión y la presa estaba a algo más de 180.

Traté de avanzar hasta alcanzar la distancia requerida, pero luego, el huemul, como si estuviera jugando conmigo, decidió caminar otras treinta o cuarenta yardas antes de detenerse. Se giró hacia mí y parecía que me observaba con un aire divertido, casi impertinente.

Lo seguí lentamente, atenta al momento en que estuviera dentro de mi alcance hasta que luego de un juego de paciencias, me permitió acercarme lo necesario. Pobre compañero, ya te estaba tomando cariño, pensé, mientras me subía el rifle al hombro y apuntaba. Solo un paso más adelante para estar segura, solo un poco más. El corazón estaba a punto de salir por mi pecho cuando todo se estropeó por mi torpeza. Disparé y al mismo tiempo me tropecé al haber pisado sobre una piedra media suelta. De un brinco me volví a parar justo a tiempo, solo para verlo escapar por un acantilado, llevándose consigo mi oportunidad de convertirme en la heroína del día. ¡Que rabia sentí! ¡Qué tonta! ¡Cómo no me había fijado bien!

Decidí no quedarme atascada en la amargura y tomar el mismo camino del animal ante la remota posibilidad de encontrarlo. Volví a montar y lo seguí durante un tiempo que no podría calcular, descendiendo por barrancos escarpados, sobre la colina y la llanura, olvidándome hacia dónde estaba mi camino de regreso, hasta que finalmente lo perdí de vista. 

Ser la hija del octavo marqués de Queensberry no ayudaba. Tampoco mi pelo corto que encontraban demasiado moderno y mucho menos mis afirmaciones feministas. No soportaba esta idea de que las mujeres éramos débiles y necesitadas de protección ¿Por qué?

Me comencé a desanimar ¿De qué valía tanto esfuerzo, tanto viaje, tanto empeño si al final de cuentas no era capaz de conseguir lo que me proponía? Demasiada prudencia, esa que tanto me habían inculcado y que dejó heridas en mi alma libre. Demasiada pasión contenida por tanto tiempo.

Comenzó a oscurecer y no había rastro del resto del grupo. Entonces tomé conciencia de que me había alejado demasiado, no sabía cómo volver al campamento y existía una alta posibilidad de que pudiera morir ahí. Tenía ganas de llorar, gritar, reclamar al cielo, al destino, a la naturaleza y de dejar todo este absurdo atrás.

Entonces sucedió. A mis espaldas sentí un gemido ahogado. Me di vuelta y vi algo que se movía en la alta hierba junto al barranco. Me acerqué con cuidado porque podría ser un puma. Cuando estuve lo suficientemente cerca lo vi. Había escapado herido por varias millas y ahora yacía tendido y moribundo en un charco de sangre. Me detuve a mirarlo en silencio y sentí ganas de acariciarlo conmovida profundamente por la obstinación, tenacidad y espíritu de sobrevivencia del animal. A pesar de la sentencia de muerte de mi bala no se había rendido, luchando por escapar. Aunque su final ya estaba escrito me pareció más vivo que yo. Mucho más.

Antes de que pudiera seguir contemplándolo extasiada, entre la neblina apareció el resto de mi grupo encabezado por Beau. “¿Dónde estabas?”, me preguntó muy preocupado. “¡Pensé por un momento que te había perdido para siempre!”. Nos abrazamos tan largo como si quisiéramos pegarnos para no volvernos a separar. “Mira”, le dije y señalé a mi víctima.

Los baqueanos ya estaban hace un rato sobre el animal y el argentino de un cuchillazo cortó la tráquea dando término a su lucha final. Examinaron la presa y encontraron que mi bala, que yo había creído perdida, había entrado en su costado y al atravesar los pulmones, se había alojado cerca de la columna. Sin embargo, tan gravemente herido, ¡había recorrido varias millas a un ritmo vertiginoso! Gregorio y Francisco, conocedores del oficio lo faenaron en menos de una hora y habiendo distribuido enormes trozos de carne roja cruda colgando a ambos lados de sus monturas.

En el camino de regreso apenas puse atención a las felicitaciones o a la cara de orgullo de mi esposo. Estaba muda, con la mirada perdida en el horizonte. “¿Te sucede algo, querida?”, me preguntó Beau. “¡Qué susto me diste!”. Tomé su mano y le sonreí con cariño, pero no le respondí pues estaba absorta en nuevas preguntas. ¿Por qué había dudado de todo? ¿Quería seguir ahí? ¿Había cambiado mi opinión sobre todo esto? Y ese animal ¿Por qué no podía dejar de sentir pena y hasta algo de culpa? Me había calado profundamente, aunque no comprendía muy bien por qué. Nunca me había pasado en cazas anteriores.

¿De qué valía tanto esfuerzo, tanto viaje, tanto empeño si al final de cuentas no era capaz de conseguir lo que me proponía? Demasiada prudencia, esa que tanto me habían inculcado y que dejó heridas en mi alma libre. Demasiada pasión contenida por tanto tiempo.

Todavía estaba tratando de procesar lo ocurrido cuando regresamos al campamento.  Sin embargo, no había mucho tiempo para reflexiones. Después de doce o trece horas en la silla de montar, no era nada fácil llegar al final del viaje, descargar los caballos, cocinar la cena, limpiar las monturas y poner todo en orden. En Inglaterra, a mi regreso en los días de la caza, volvía cansada y fatigada, pero siempre me esperaba una habitación cálida, un fuego ardiente, un cómodo sillón y criados en abundancia para atender mis necesidades. Un refrescante baño caliente y el lujo de una muda limpia de ropa. Muy lejos de esa realidad, en la Patagonia, antes de que pudiera descansar, el asunto tenía que ser resuelto. Todos, sin importar quién fuera, debían hacer su parte del trabajo, mientras que el pensamiento de la fatiga obligadamente debía ser desterrado, cumpliendo cada uno de nosotros su tarea con alegría y voluntad.

El suelo suplía la falta de armazón o colchón. Una sola manta ocupaba el lugar de una sábana, nuestras cálidas capas de guanaco servían de cobertura y las sillas de montar eran las almohadas. Con las camas arregladas, recorrí el campamento y al encontrar que todo estaba en su lugar, sentí que nuestro trabajo había terminado y llegaba el momento del descanso. 

Pronto la comida estuvo lista. Diez seres humanos hambrientos y nueve perros aún más hambrientos, requeríamos una comida sustanciosa ¿El menú? Sopa de cabeza de huemul, lomo asado y pudín de sangre. De postre calafates, mate y té.

Cené con una sensación extraña que no era capaz de identificar y sentimientos encontrados. Terminada la comida, avivamos los numerosos fuegos que ardían en semicírculo frente al campamento y luego, rendida por el cansancio, dormí tan profundamente como me permitió la fatiga. Las respuestas a mis cuestionamientos quedarían para otro día.

Aunque un alimento más contundente alivió en parte mi espíritu, al día siguiente el viaje fue mucho más monótono y lúgubre que cualquiera de los anteriores. La inmensa meseta sobre la que cabalgamos durante seis o siete horas destacaba por su penumbra y esterilidad. No había sol y el cielo oscuro formaba una contraparte adecuada a la llanura que se extendía hasta el horizonte indistinto, gris, triste y silencioso. Parecía que el camino nunca iba a acabar. No recordaba haber sentido nada que se comparara con la depresión de los espíritus de la que yo, al igual que todo el grupo, caímos presos.

Hasta ahora la travesía no era como la había imaginado. Tanta monotonía, tanta pampa y a pesar de la extensa tranquilidad, no lograba aquietar mi corazón. Había querido escapar a un lugar donde pudiera estar lo más alejada posible de esa insatisfacción conmigo misma y con todos los demás. Una existencia donde lo que una vez fue emoción, ya no era así. El solo hecho de pensar en un lugar remoto de prejuicios fue en un minuto un respiro a esa vida. La única vía posible parecía despojarme de todo, viajar con lo imprescindible para prescindir por un tiempo de mi realidad. Sobrevivir a las bajas temperaturas, dormir cada noche al raso, pasar hambre, sed y cazar para alimentarme, había sonado perfecto. Otra cosa era vivirlo.

Como si no hubiésemos tenido ya molestias suficientes, a medida que avanzábamos nos abordaron innumerables mosquitos diminutos. Primero fue uno, luego un par y sin darme cuenta, ya era un enjambre metiéndose en mis ojos y boca, zumbando alrededor de una manera desesperadamente persistente, aumentando mi estado de irritación.

Estaba completamente cansada ​​de la aburrida marcha, cuando por fin llegamos a un barranco donde acampamos para pasar la noche. Como teníamos pocas raciones de leña debido a la falta de árboles, el fuego se apagó inmediatamente después de la cena y nos fuimos a la cama. Abracé a Beu por la espalda para sentir su calor y aunque estaba desencantada de todo, algo en mí me decía que tuviera paciencia, que lo bueno estaba por venir. Quizás mi porfía no tenía límites. Con ese pensamiento cerré los ojos. 

A la mañana siguiente me desperté por el llamado de un cálido rayo de sol que se abrió paso intruso a través de la abertura de mi tienda, dejándome pocas ganas de seguir durmiendo. Empujé a Beau para despertarlo y sin perder más tiempo salí ansiosa por ver en qué tipo de lugar habíamos entrado al amparo de la niebla del día anterior.

Al salir quedé desconcertada. La escena que tenía ante mis ojos era tan opuesta a la triste impresión que las desfavorables condiciones meteorológicas habían dado la noche anterior a nuestra llegada. Anoche apenas habíamos podido ver bien dónde poner las tiendas y ahora se abría un amplio valle que parecía sonreírnos de tanto verde, flores multicolores y por los innumerables arroyos que lo regaban. Todo bajo un cielo azul claro y un sol condescendiente. Más al fondo se elevaban altas montañas, cubiertas de vegetación y coronadas por densos bosques impenetrables, roca expuesta e incluso nieve virgen en pleno verano.

El solo hecho de pensar en un lugar remoto de prejuicios fue en un minuto un respiro a esa vida. La única vía posible parecía despojarme de todo, viajar con lo imprescindible para prescindir por un tiempo de mi realidad.

La rapidez con la que nos asaltó este nuevo escenario aumentó considerablemente el ánimo en todo el grupo. Ayer estábamos en las llanuras, con su eterna monotonía de color y contorno; la noche anterior nos habíamos ido a la cama, como pensamos, en un entorno similar; y ahora, como por arte de magia, desde las entrañas de la tierra, había surgido a nuestro alrededor un paisaje totalmente diferente en su diversidad que me develó una nueva Patagonia.

Fue divertido escuchar las exclamaciones de sorpresa con las que mis compañeros saludaron la escena, mientras uno a uno salían de sus tiendas y contemplaban la agradable metamorfosis que se había producido durante el letargo. Habían refunfuñado mucho el día anterior sobre el lugar, con palabrotas de mal humor, pero todo eso estaba ahora olvidado.

Montamos los caballos para salir a explorar, mientras una ligera brisa soplaba sobre la hierba salpicada aquí y allá de matas de arbustos de calafate, árboles de ñirre y lengas, con un protagónico aroma navideño, además de otras alfombras verdes con tramos ocasionales de flores blancas y amarillas.

Apenas habíamos iniciado la marcha cuando de improviso, sobre mi cabeza, algo que al principio no supe qué era, pasó volando rasante en diagonal, casi acariciándome el rostro con la punta de su poderosa ala. Era un cóndor, ave característica de la zona, que rápidamente se elevó tan extenso, elegante, majestuoso y soberano. Uno de los baqueanos tomó el arma y a punto estuvo de cumplir con su objetivo, pero se detuvo ante mi rotundo ¡Stop! El extranjero me miró sin comprender mientras yo admiraba el vuelo de ese espíritu sin cadenas. Lo seguí en su trayecto tratando de grabarlo en mi memoria hasta que se convirtió en una mera mancha en el cielo y finalmente desapareció, a miles de metros de altura. Cuanta belleza, cuanta sorpresa, cuánto tesoro escondido en este lugar único en el mundo, lleno de secretos por descubrir para aquellos que están dispuestos a pasar las pruebas que el clima considere necesarias antes de premiar a sus sentidos. 

Me pareció como si mis ruegos hubiesen sido escuchados por alguna deidad  autóctona, ya que se produjo un cambio que no solo modificaría progresivamente el paisaje sino también todo mi horizonte interior. De pronto, a lo lejos, divisé en las montañas el espectáculo natural más impresionante que había visto en toda mi vida. Entre gigantescos macizos de roca se alzaba un grupo de tres picos que me parecieron como tres dedos de un gigante queriendo emerger de la tierra. Tan diferentes y destacados del paisaje y al mismo tiempo tan parte de él. Nuevamente este lugar me había dejado muda y algo en mí, como una diminuta llama, se encendió. Sentía como un imán, una atracción irresistible a lo desconocido, a algo fuera de lugar y grandioso.

 ¡Qué contraste de sentimientos también en mi interior! Tan cambiantes como si mi alma estuviera mutando de estación.  Ya había vivido un largo invierno en casa, un frío y una indiferencia abrumantes, la monotonía de otras llanuras de tradiciones, costumbres que no parecían cambiar aún a fuerza de nuevos vientos. Pero aquí en la Patagonia no me había rendido. Ante las tempestades más fuertes había seguido y ahí estaba en mi caballo a la caza de algo misterioso que me esperaba alfombrando el camino de senecios y maillicos. Entonces lo supe. Tenía que llegar a esa montaña. Todas las penurias del viaje habrían valido la pena si era capaz de poder tocar este pedazo de cielo con la yema de mis dedos. Algo en mí me decía que yo podía más, que lo que me propusiera podría lograrlo, aunque costara esfuerzo y lágrimas. Estaba en mis manos, en mis pies, en mi carácter, en mi propio poder.

Pero entonces, de un momento a otro, todo se oscureció como si hubiesen derramado tinta gris sobre el cielo. La amenaza de lluvia era inminente y todavía no estábamos preparados para salir. Ensillamos y empacamos lo más rápido posible con la ferviente esperanza de que el aguacero amablemente aguantara hasta que llegáramos a nuestro próximo destino. En medio de la marcha buscaba constantemente en el horizonte estos picos a modo de punto de referencia y de llegada 

Hacía bastante frío y el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte, convirtiéndose en protagonista de la travesía, dejando muy atrás a los molestos insectos de la jornada anterior. Luego, la llovizna se fue transformando paulatinamente en una fuerte lluvia, que sentía que me mojaba hasta los huesos. Durante horas cabalgamos en esta situación incómoda, húmedos, cansados y desalentados por el aspecto del lugar que estaba completamente cubierto por la niebla. El territorio parecía más negro, oscuro y triste que nunca.

Tenía la ilusión de que al menos antes del anochecer se aclararía, ya que la perspectiva de tener que levantar el campamento bajo la lluvia estaba lejos de ser agradable. Sin embargo, a medida que oscurecía, la niebla aumentaba de espesor y pronto apenas pudimos ver por delante de las narices de los caballos. Por fin, justo antes de caer en la total oscuridad, descendimos un declive muy empinado y llegamos a lo que parecía ser un barranco donde la hierba y el bosque aparentemente eran abundantes.

Nos pusimos manos a la obra para levantar las tiendas, poniéndonos lo más posible a cubierta de la lluvia. Tratamos de hacer un fuego, pero pronto entendimos que el intento era absurdo porque no había una ramita seca o brizna de hierba por ningún lado. Resignada, me metí en mi húmeda carpa. Me dormí triste. Si el clima seguía así sería muy poco lo que podríamos ver.

Al día siguiente, cruzando un ancho arroyo de montaña, que bajaba de las colinas y desaparecía en un enorme desfiladero, seguimos la marcha a lo largo de la llanura cubierta de hierba que conducía directamente hacia los tres enormes picos. De pronto, mientras avanzábamos al trote, pasé un gran susto que casi me hizo caer. Mi caballo, con un bufido de terror, se desvió violentamente hacia un lado dejándome inclinada hacia un costado de la montura. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no soltar las riendas y luego de estar colgando, logré enderezarme. Casi me caigo y el corazón me quedó latiendo en la garganta.

 Cuando volví la vista al camino entendí qué había pasado. Cerca de nosotros nos espiaba un magnífico ñandú. Con una mirada de asombro, se volvió y huyó con una prontitud que pocas veces había visto. Tras un par de horas avanzando por el valle vimos también huemules, guanacos y una manada de caballos baguales. Un ejemplar macho me miró con sospecha desde detrás de una enorme roca y luego, con un relincho y su hermosa melena impulsada por la brisa, se fue empujando con su galope a toda su manada. Era algo que nunca había visto, caballos salvajes corriendo sin rumbo, sin riendas ni dueño. Podía sentir su felicidad y envidiarla ¡Qué criaturas más especiales hay en este lugar!, pensé. Tan diversas, tan libres y cada una con su propia personalidad ¡Cómo me gustaría verme así, dueña de mí misma y de mi destino y no atada a las exigencias de una mujer de mi época y posición ¿Pero por qué no? Quizás sí. En este lugar todo parecía posible.

Mientras miraba a mi alrededor sentí que el esfuerzo estaba empezando a ser recompensado. Pero todavía faltaba lo más importante, llegar a esas tres torres que me seguían llamando casi de forma hipnótica. 

El sol se había escondido entre las nubes por un tiempo y la base de las montañas estaba envuelta en penumbra, pero poco a poco sus crestas irregulares de formas fantásticas se comenzaron a definir claramente contra la luz que de a poco volvió a brillar en el cielo. Casi como si el viento hubiese abierto un telón, apareció ante mí, al fin, lo que tanto había buscado. El grupo de picos apiñados se manifestó como una barrera misteriosa, hendidos de la manera más fantástica y desgastados por la acción del aire y la humedad. Parecían altas torres de un castillo subterráneo alzado al son una de una sonata de Beethoven. Casi podía escucharla ¡Qué capricho de la creación! ¡Qué belleza lejana más intrigante!

A mi mente volvió el ajetreo de la ciudad y al mirar las torres, me parecieron como las Agujas de Cleopatra de Londres sacadas a la fuerza de su ambiente y puestas en el espíritu de silencio, soledad e inmensidad de este lugar que a ratos se vuelve el opuesto en medio de la lluvia, el viento y otros imprevistos. Así también me sentía yo. Fuera de mi zona de confort, comodidades, seguridades, pero al mismo tiempo más segura que nunca de ser capaz de comerme el mundo entero.

Lo había logrado, con mi propio esfuerzo. Me parecía increíble que pudiera existir un lugar en el mundo con tantos desafíos y sorpresas, como hecho a mi medida. Me sentía tan orgullosa de no haber desistido, de haber creído en mí, de haberme comprometido con una meta tan alta y sellado un compromiso a fuego con ella. Orgullosa de haberme descubierto lo suficientemente grande para acurrucar el sol entre mis manos en esta inmensidad.

Por un largo tiempo, permanecí sola, entregándome al influjo de las emociones que la escena me despertaba, abrazando este nuevo sentimiento de seguridad y amor a mí misma que nacía desde mi interior en medio de la majestuosa soledad del paisaje patagónico.

El mismo aire parecía más suave de lo que estaba ya acostumbrada en los meses previos y, en lugar de los fuertes vientos con los que me había encontrado hasta ahora, disfrutaba de una suave brisa, casi consoladora, con la fuerza suficiente para moderar las inquietudes de mi alma. No sé por cuánto tiempo estuve así, en silencio, pero al menos lo suficiente para que quedara guardado para siempre en mi corazón, como una promesa.

Desmontamos en medio de grandes arbustos de calafate y lengas pequeñas pero robustas y allí comimos hasta saciarnos de sus dulces y jugosas bayas, mientras el Sr. J. Beerbohm fue a hacer un boceto de los alrededores. Tres enormes fuegos ardían alegremente frente a nuestra tienda y un poco más lejos, una sucesión de otros más pequeños indicaban el lugar donde los cocineros preparaban el festín:  costillas de un guanaco asado, sopa y filete de ñandú.

Nuestro campamento había sido levantado cerca de la orilla de un pequeño y encantador arroyo de montaña. El sonido de sus aguas me llenó de un anhelo irresistible de zambullirme. Armada con una tosca manta a modo de toalla, seguí su curso hacia arriba, hasta llegar a un lugar donde, alimentado por una pequeña cascada, un charco de agua clara y fresca presentaba una apariencia muy conveniente y acogedora para un baño. Sin perder el tiempo me desnudé para darme el lujo de una zambullida. 

Respirar ese aire puro de toda presencia humana, de prejuicios e incomprensiones, sentir que había llegado hasta ahí a fuerza de empeño, me tenía tan plena y satisfecha conmigo misma que por fin me sentí segura y decidida a ser fiel a mi esencia, a despojarme de lo que ya no me servía y a dejar mi propia huella en el camino, fuere el que fuere.

Este viaje a lo remoto se había transformado al final en una experiencia de vida única que me había permitido conocer de cerca realidades ajenas, tan distintas a la mía, valorando las bondades de lo inesperado y descubriendo lo desconocido. Mis paradigmas habían cambiado al vivenciar tantas privaciones en medio de la nada y el contacto íntimo con la flora y fauna. Ahora lo comprendía. Más que escaparme lejos de todo y de todos, había hecho un viaje interior de encuentro y reconocimiento de mí misma, de mis fuerzas, de mis luchas. Teniendo aún vívidas las imágenes de las torres, supe que era capaz de conseguir grandes cosas. No solo podía sentirlo, podía verlo. Nada ni nadie podría detenerme.

Mientras me zambullía, sentí como si pequeñas agujas congeladas me limpiaran y renovaran por fuera y por dentro llenándome de una fuerza inesperada. Me sentía motivada, ligera, feliz y más viva que nunca. Esta naturaleza indómita me había dado una clase magistral de libertad, de estar abierta a lo inesperado, a lo grandioso. A no tener miedo a mi lado más salvaje, a ser aguerrida, a luchar hasta el final, como ese primer huemul cuyo espíritu se había quedado incrustado en el fondo de mi ser.

Antes de volver a emerger a respirar lo supe. De ahora en adelante sería seguiría siendo yo, pero nunca más la misma. El viaje realmente no había terminado. Ya no quería escapar, quería volver con toda esta nueva fuerza. No tenía cómo saberlo entonces, pero la verdadera aventura que sería mi vida recién estaba por comenzar.

Epílogo

Además de exploradora Dixie fue una deportista entusiasta, una ciclista intrépida y una tiradora. Para ella, parte del atractivo de la caza del zorro en Leicestershire fue la oportunidad de competir en igualdad con compañeros masculinos. En la Patagonia, la supervivencia del grupo dependía de la participación equitativa de todos los que lo integraban como cazar comida para cada jornada. Sin embargo, a su regreso a Inglaterra estaba «atormentada por un triste remordimiento» por la muerte de un hermoso ciervo dorado de las Cordilleras, que era sumamente dócil y confiado. Es así como durante la década de 1890, sus opiniones sobre los deportes de campo cambiaron drásticamente, y en su libro Los horrores del deporte (1891) condenó los deportes de sangre como crueles. ​Más tarde, se convirtió en vicepresidenta de la Asociación Vegetariana de Londres.

Junto con ello, fue una activa feminista escribiendo libros que desarrollan temas relacionados con las niñas, las mujeres y sus posiciones en la sociedad. Aunque publicó ficción tanto para adultos como para niños, Dixie es recordada por sus libros de viajes, Across Patagonia (1880) y In the Land of Misfortune (1882), los cuales aún se reimprimen. En estos libros se presenta a sí misma como la protagonista de la historia. Al hacerlo, desafía la tradición masculina de citar a otros escritores de viajes que han visitado y escrito en el área, y crea un estilo femenino único de escritura de viajes en el siglo XIX.

Sobre la Autora

Carolina Requena Durán es periodista, escritora y “storyteller”. Además ha sido directora y guionista de documentales de fiestas populares chilenas. Hoy se dedica a la investigación y creación de historias noveladas, en especial sobre mujeres que han logrado grandes hazañas pero no son lo suficientemente conocidas. 

Imagen de portada: Las Torres del Paine vistas desde el Valle de las Chinas, hoy Reserva de Conservación Explora Torres del Paine. Ilustración por Sebastián Correa Ehlers.

Sostiene las pinzas de acero, aguanta la respiración, concentra la mirada en el hueso minúsculo y mantiene esa posición, firme. No es una postura cómoda –el antebrazo alzado hace doler los músculos– pero Ángela sabe que si logra superar ese momento la estructura pegará. Es el umbral que debo aguantar, piensa, ese tiempo breve pero […]

Sostiene las pinzas de acero, aguanta la respiración, concentra la mirada en el hueso minúsculo y mantiene esa posición, firme. No es una postura cómoda –el antebrazo alzado hace doler los músculos– pero Ángela sabe que si logra superar ese momento la estructura pegará. Es el umbral que debo aguantar, piensa, ese tiempo breve pero urgente, el tramo en donde si no se presiona el cuerpo al límite, toda resistencia acumulada se vuelve algo inútil y olvidable.

Una gota se expande a lo largo de la mesa de acero. Sí. Al parecer ya está firme. Suspira, se apoya contra el respaldo y se pasa la mano por la frente. Ya puede reconocer la forma del murciélago, cada uno de esos dedos largos como el tallo de una flor endurecida que sostienen la membrana alada. Lo ha visto antes, en libros de mamíferos que sacaba de la biblioteca de su padre, pero ahora, justo ahora, cree que ha logrado un movimiento sutil, un dinamismo que es frágil y sólido al mismo tiempo. Y al fijar la vista sobre las alas, le parece que los huesos de ese bicho muerto pesan más que la carne de uno vivo.

– Tres huesos más y termino- piensa.

Ángela se pregunta qué hora es, dónde está. El laboratorio, o la cueva, como diría su jefe, en leve tono de broma, mientras recorre el suelo con la mirada. Está cubierto con diarios, sobre los diarios hay plumas, rotas e incompletas, restos de pelo, fibras, todo lo demás son huesos: tibias y fémures, vértebras y cráneos, aletas, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. A muchas personas les incomodaría hacer ese trabajo, pero a mí no, piensa ella. Desde que llegó al subsuelo de esa antigua industria ovejera que transformaron para hacer el primer museo de historia natural de la región, se ha dado cuenta de que en esos restos irreconocibles encuentra algo que le asienta; una inusitada tranquilidad.

Se quita los guantes de látex, huele sus manos y se da cuenta de que debe detenerse, que debe tomar aire y descansar. A veces es una alerta más física que mental. La pesadez sobre los hombros, el evidente mareo tras la exposición al formol, el rugido en el vientre, la luz celeste, grumosa, que entra por la puerta cuando la interrumpen.

– Así que decidiste volver a los murciélagos. Supongo que es inevitable. Los dos lo llevaban en la sangre.

Alza los ojos y ve al director del museo entrar en su laboratorio. Lo conoce desde niña, es un viejo amigo de su padre de la época en que ambos eran compañeros. Hay días en que hace esas cosas, revisar a última hora cómo sigue con el catálogo de especies. A ella eso le incomoda, no porque sea su jefe, sino porque cuando se sienta sobre la mesa él le mira las manos y pasa a llevar el orden que ha logrado instalar en la bandeja de metal. Como la orfebrería, la taxidermia es un oficio que requiere de horas ininterrumpidas de concentración. Concentración, repite en voz baja. Un lujo que no tenía desde que llegó a trabajar al museo. Será el aislamiento, piensa, o el invierno cada vez más cerca. Quizás por eso se ha aferrado a ese trabajo como si fuera el borde de un acantilado del que depende la continuación de su existencia. Al menos, es lo que siente cuando arma las especies; aunque a ratos, también, cuando escucha el ulular del viento, piensa que la intención de darle una aparente idea de vida a algo inerte, esa supuesta idea de movimiento, es un trabajo carente de sentido.

– Mírele los dientes, esas puntas. Seguro que es un depredador –le dice él.

– Son inofensivos. Comen insectos y néctar, nada más.

– Me avergüenza decirlo, pero la sola idea de entrar a una cueva y sentir una jauría de esos chillando encima de mí me causa terror. Su padre decía que los murciélagos eran los animales más injustamente maltratados del mundo. Creía en ellos de la misma forma que en sus ideales. Insistía que estos bichos daban servicios fundamentales al ecosistema y que por eso había que protegerlos, cuidar de sus cuevas. Estaría orgulloso de verla aquí. ¿Necesita algo, linda?

– No. Un poco más y termino.

Ángela se pregunta por qué su jefe ha dicho “jauría” y no “colonia” para referirse al grupo de murciélagos. Piensa en preguntar, pero finalmente decide continuar, o hacer como que sigue concentrada, porque de alguna forma ha perdido el hilo de su trabajo. Le preocupa que la encuentre desprevenida, deambulando por ahí, sin nada que hacer, como cuando se distrae en la lejana perspectiva del horizonte, ese punto en que el mundo se acaba y comienza el cielo.

Esa tarde, cuando abra el cerrojo de la casa se sentirá tan confundida que deseará con todas sus fuerzas saber qué posee y qué no. Habrá deseado no tener que comprar comida ni cocinar. Ni siquiera elegirla. Que toda posibilidad de elección quede eliminada. Si alguien le ofrece llevarla, dirá que no. Sobre todo si es él. En el paradero no querrá toparse con nadie. Buscará el asiento en la última hilera del bus y se sentará junto a la ventana, otra vez, en silencio, con la vista fija en el mar; allá en la isla del frente, el más austral de los campos de prisioneros, el mismo en que su padre y muchos otros desaparecieron en ese archipiélago.

Reservorios naturales de la rabia: cinco casos aislados de murciélagos en el cono austral”. Ángela lee en voz alta el título de un viejo cuaderno que encontró en la biblioteca. Continua: “De hábitos nocturnos, se orientan por pulsos ultrasónicos reflejados por objetos; pero estos no son percibidos por el hombre. No suelen cambiar sus conductas, por lo que si son vistos de día en un sitio que no suelen visitar, se vuelven sospechosos. Pueden presentar desplazamientos erráticos, dificultad para volar, cojera, chocar contra las paredes o caer al suelo”.

Cierra el libro de golpe. Es que a ratos le resulta inquietante explicarse en qué momento tomó la decisión de volver, reencontrarse con todo ese conocimiento sepultado. Pero es un pensamiento breve, como esas rachas de viento que surgen impredecibles y no queda más que aferrarse a lo primero que luce firme a la vista. Después, se repite en voz baja que era lo más lógico. La oferta de formar parte del equipo del primer museo de historia natural era un camino coherente, un lugar donde con paciencia podría sentar bases sólidas de investigación. El único problema serían los recuerdos, pensó, los cabos sueltos, pero al menos, tendría a su disposición todos esos huesos para clasificar y armar el futuro montaje. Era una tarea titánica e importante y, además, le daría la oportunidad de vivir por su cuenta. Tiempo para estar sola, después de ese tiempo agotador.

Cuatro años atrás, Ángela estaba convencida de que las cosas serían de manera distinta. Aunque lo lógico hubiera sido quedarse en Punta Arenas, le parecía improbable encontrar motivos suficientes para emprender, algún día, el fatigoso retorno al sur. No había razones para regresar a ese exilio. Por eso, cuando llegó el momento de elegir dónde estudiar biología, lo primero que hizo fue buscar alternativas en Santiago. Podría vivir con sus tíos, y más adelante, si se esforzaba, transformarse en eso que se le había metido en la cabeza desde que abrió por primera vez una enciclopedia de dinosaurios: ser una investigadora de animales extintos del fin del mundo.

– Imagínate. Darles vida a todos esos huesos rotos –le había dicho el nuevo director del museo por teléfono. Era el proyecto pendiente que dejó su padre en el centro de investigación, y ahora, se habían animado a retomarlo con el propósito de hacer un catastro de las especies en peligro de la región.

Ángela piensa en eso y se da cuenta de que está cansada, quisiera que alguien cargara su mochila, que le dijera adónde ir; un eco en la reverberación de esas últimas palabras permanece entre los muros como el aleteo de una mariposa, en esa sala que a ratos siente tan propia como ajena, un lugar donde las cosas se han unido de forma inesperada, un sitio intermedio entre una vida antigua y la que está por venir. Algo parecido a como la hacían sentir de niña cuando escuchaba en la calle a personas que cuestionaban las conductas de su padre. Después, vinieron las amenazas. En esa época, a sus doce años, ella no se sentía en peligro; solo tenía una sensación de urgencia, una imperiosa necesidad.

***

Muchas personas temen entrar a los refugios de murciélagos. Pero en esa cueva remota, Ángela hallaba una energía atávica que le generaba una misteriosa tranquilidad. Una especie de útero negro que más tarde asoció a la misma fascinación que de niña le provocaban los armarios, esconderse debajo de la cama o los pozos profundos. En ese entonces, su padre la llevaba a recolectar ramitas, insectos y peces ciegos que encontraban en las cuevas para las investigaciones. Era también, el refugio de decenas de murciélagos. Había tres especies diferentes. Le llamaron la atención los de orejas gigantes y dientes delicados, pero aún más los que mostraban una trompa larga y fina para capturar el néctar. Aprendió que si permanecía quieta y en silencio, podía escuchar el aleteo breve de ellos, tan rápido y ágil como el de un colibrí. Más tarde, alguien le habló de los murciélagos vampiro, esos que atacaban y chupaban la sangre. Su padre la tranquilizó. No había especies carnívoras en ese lugar. Nada de qué preocuparse. En el fin del mundo, no existía esa clase de depredadores.

Tal vez por eso, cuando una tarde de otoño le explicaron que alguien le había hecho daño a su padre, Ángela no se preocupó. No de inmediato, que digamos. Primero pensó que como ella, sabría exactamente qué hacer si percibía un peligro: encontrar una cueva y esconderse. Ángela caminó al refugio de los murciélagos y esperó. Solo cuando pasaron las horas y los muros de roca se inundaron de un negro líquido, denso, le sobrevino una incomodidad. Algo creciente en el pecho. Quizás, todo lo que había escuchado sobre esos animales extintos, podía ser verdad.

Que los hacían desaparecer.

***

Esa tarde la dedica a reconstruir el esqueleto de un Histiotus Magellanicus. Lo hace con detalle y abnegación, como si fuera su único objeto de dominio en ese territorio. Para ella, es un privilegio reencontrarse con la colección de especies que habitan esa zona. Cajas y cajas con huesos de bestias terrestres y aladas, también del universo submarino del archipiélago; esa franja de tierra que su padre describía como el lugar en que su país se destruye a pedazos. Por eso debe ser que, a pesar del precipitado retorno al sur, una parte de ella mantiene la certeza de que componer esos huesos es la tarea que debe ocupar su mente ahora. Eso pendiente por resolver.

Pues ya no es como antes, piensa. Ya no es lo mismo.

Y al día siguiente, deambula por la galería entre los móviles de hueso que cuelgan con hilos invisibles desde el techo. La luz accede oblicua por los ventanales que enfrentan el océano; son como flechas que enhebran sombras amorfas y repetitivas en cada una de las especies que ha colgado. De un montón de huesos rotos y dispersos en la arena ha restaurado el movimiento a eso que permanecía irreconocible. Eslabones encadenados, secundándose unos a otros hasta llegar a la pelvis. ¿Sostenía algo, todo eso?

Mira el horizonte y le sobreviene la sensación de que el invierno está más cerca. Otro más, piensa. Creía haberlo olvidado. El largo invierno austral. No podría decir cuántas veces ha estado ahí las últimas semanas, sin embargo, no los ha visto de esa nueva forma, con esa luz diáfana del atardecer.

Entonces siente un poco el viento que entra por el ventanal y se da cuenta de que el ala de una garza se mece, o respira, algo milimétrico, algo que sólo ella podría notar en esa breve distancia. Pareciera que cortará los hilos para emprender el vuelo y desaparecer en la isla del frente. Un calor recorre sus brazos; una confianza inusual. Y entonces se le ocurre algo: que todos los esqueletos guardan un resplandor heroico por la carne que han llevado en la vida.

De pronto, afuera, algo la desconcentra. Un azote en la ventana. ¿Es la lluvia que choca contra el mar? ¿O es otra cosa? Ahora se acerca. Las ve, las gotas desplazándose en velos serpenteantes a lo largo del fiordo, empapar las islas que se asoman sobre el horizonte. Y como quien recupera la confianza tras haber presenciado lo mismo demasiadas veces, piensa:

Algún día, armaré un animal extinto.

Fragmento de libro de cuentos «Animales extintos»

Autora: Paula López Wood

Editorial Cuarto Propio, 2019.

Imagen de casona y árbol: Cristian Donoso Christie

Imagen de portada y muelle: Paula López W.

Disponible en Buscalibre y Amazon Kindle.