Animales Extintos, un cuento en la poderosa naturaleza del sur austral

Sostiene las pinzas de acero, aguanta la respiración, concentra la mirada en el hueso minúsculo y mantiene esa posición, firme. No es una postura cómoda –el antebrazo alzado hace doler los músculos– pero Ángela sabe que si logra superar ese momento la estructura pegará. Es el umbral que debo aguantar, piensa, ese tiempo breve pero urgente, el tramo en donde si no se presiona el cuerpo al límite, toda resistencia acumulada se vuelve algo inútil y olvidable.

Una gota se expande a lo largo de la mesa de acero. Sí. Al parecer ya está firme. Suspira, se apoya contra el respaldo y se pasa la mano por la frente. Ya puede reconocer la forma del murciélago, cada uno de esos dedos largos como el tallo de una flor endurecida que sostienen la membrana alada. Lo ha visto antes, en libros de mamíferos que sacaba de la biblioteca de su padre, pero ahora, justo ahora, cree que ha logrado un movimiento sutil, un dinamismo que es frágil y sólido al mismo tiempo. Y al fijar la vista sobre las alas, le parece que los huesos de ese bicho muerto pesan más que la carne de uno vivo.

– Tres huesos más y termino- piensa.

Ángela se pregunta qué hora es, dónde está. El laboratorio, o la cueva, como diría su jefe, en leve tono de broma, mientras recorre el suelo con la mirada. Está cubierto con diarios, sobre los diarios hay plumas, rotas e incompletas, restos de pelo, fibras, todo lo demás son huesos: tibias y fémures, vértebras y cráneos, aletas, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. A muchas personas les incomodaría hacer ese trabajo, pero a mí no, piensa ella. Desde que llegó al subsuelo de esa antigua industria ovejera que transformaron para hacer el primer museo de historia natural de la región, se ha dado cuenta de que en esos restos irreconocibles encuentra algo que le asienta; una inusitada tranquilidad.

Se quita los guantes de látex, huele sus manos y se da cuenta de que debe detenerse, que debe tomar aire y descansar. A veces es una alerta más física que mental. La pesadez sobre los hombros, el evidente mareo tras la exposición al formol, el rugido en el vientre, la luz celeste, grumosa, que entra por la puerta cuando la interrumpen.

– Así que decidiste volver a los murciélagos. Supongo que es inevitable. Los dos lo llevaban en la sangre.

Alza los ojos y ve al director del museo entrar en su laboratorio. Lo conoce desde niña, es un viejo amigo de su padre de la época en que ambos eran compañeros. Hay días en que hace esas cosas, revisar a última hora cómo sigue con el catálogo de especies. A ella eso le incomoda, no porque sea su jefe, sino porque cuando se sienta sobre la mesa él le mira las manos y pasa a llevar el orden que ha logrado instalar en la bandeja de metal. Como la orfebrería, la taxidermia es un oficio que requiere de horas ininterrumpidas de concentración. Concentración, repite en voz baja. Un lujo que no tenía desde que llegó a trabajar al museo. Será el aislamiento, piensa, o el invierno cada vez más cerca. Quizás por eso se ha aferrado a ese trabajo como si fuera el borde de un acantilado del que depende la continuación de su existencia. Al menos, es lo que siente cuando arma las especies; aunque a ratos, también, cuando escucha el ulular del viento, piensa que la intención de darle una aparente idea de vida a algo inerte, esa supuesta idea de movimiento, es un trabajo carente de sentido.

– Mírele los dientes, esas puntas. Seguro que es un depredador –le dice él.

– Son inofensivos. Comen insectos y néctar, nada más.

– Me avergüenza decirlo, pero la sola idea de entrar a una cueva y sentir una jauría de esos chillando encima de mí me causa terror. Su padre decía que los murciélagos eran los animales más injustamente maltratados del mundo. Creía en ellos de la misma forma que en sus ideales. Insistía que estos bichos daban servicios fundamentales al ecosistema y que por eso había que protegerlos, cuidar de sus cuevas. Estaría orgulloso de verla aquí. ¿Necesita algo, linda?

– No. Un poco más y termino.

Ángela se pregunta por qué su jefe ha dicho “jauría” y no “colonia” para referirse al grupo de murciélagos. Piensa en preguntar, pero finalmente decide continuar, o hacer como que sigue concentrada, porque de alguna forma ha perdido el hilo de su trabajo. Le preocupa que la encuentre desprevenida, deambulando por ahí, sin nada que hacer, como cuando se distrae en la lejana perspectiva del horizonte, ese punto en que el mundo se acaba y comienza el cielo.

Esa tarde, cuando abra el cerrojo de la casa se sentirá tan confundida que deseará con todas sus fuerzas saber qué posee y qué no. Habrá deseado no tener que comprar comida ni cocinar. Ni siquiera elegirla. Que toda posibilidad de elección quede eliminada. Si alguien le ofrece llevarla, dirá que no. Sobre todo si es él. En el paradero no querrá toparse con nadie. Buscará el asiento en la última hilera del bus y se sentará junto a la ventana, otra vez, en silencio, con la vista fija en el mar; allá en la isla del frente, el más austral de los campos de prisioneros, el mismo en que su padre y muchos otros desaparecieron en ese archipiélago.

Reservorios naturales de la rabia: cinco casos aislados de murciélagos en el cono austral”. Ángela lee en voz alta el título de un viejo cuaderno que encontró en la biblioteca. Continua: “De hábitos nocturnos, se orientan por pulsos ultrasónicos reflejados por objetos; pero estos no son percibidos por el hombre. No suelen cambiar sus conductas, por lo que si son vistos de día en un sitio que no suelen visitar, se vuelven sospechosos. Pueden presentar desplazamientos erráticos, dificultad para volar, cojera, chocar contra las paredes o caer al suelo”.

Cierra el libro de golpe. Es que a ratos le resulta inquietante explicarse en qué momento tomó la decisión de volver, reencontrarse con todo ese conocimiento sepultado. Pero es un pensamiento breve, como esas rachas de viento que surgen impredecibles y no queda más que aferrarse a lo primero que luce firme a la vista. Después, se repite en voz baja que era lo más lógico. La oferta de formar parte del equipo del primer museo de historia natural era un camino coherente, un lugar donde con paciencia podría sentar bases sólidas de investigación. El único problema serían los recuerdos, pensó, los cabos sueltos, pero al menos, tendría a su disposición todos esos huesos para clasificar y armar el futuro montaje. Era una tarea titánica e importante y, además, le daría la oportunidad de vivir por su cuenta. Tiempo para estar sola, después de ese tiempo agotador.

Cuatro años atrás, Ángela estaba convencida de que las cosas serían de manera distinta. Aunque lo lógico hubiera sido quedarse en Punta Arenas, le parecía improbable encontrar motivos suficientes para emprender, algún día, el fatigoso retorno al sur. No había razones para regresar a ese exilio. Por eso, cuando llegó el momento de elegir dónde estudiar biología, lo primero que hizo fue buscar alternativas en Santiago. Podría vivir con sus tíos, y más adelante, si se esforzaba, transformarse en eso que se le había metido en la cabeza desde que abrió por primera vez una enciclopedia de dinosaurios: ser una investigadora de animales extintos del fin del mundo.

– Imagínate. Darles vida a todos esos huesos rotos –le había dicho el nuevo director del museo por teléfono. Era el proyecto pendiente que dejó su padre en el centro de investigación, y ahora, se habían animado a retomarlo con el propósito de hacer un catastro de las especies en peligro de la región.

Ángela piensa en eso y se da cuenta de que está cansada, quisiera que alguien cargara su mochila, que le dijera adónde ir; un eco en la reverberación de esas últimas palabras permanece entre los muros como el aleteo de una mariposa, en esa sala que a ratos siente tan propia como ajena, un lugar donde las cosas se han unido de forma inesperada, un sitio intermedio entre una vida antigua y la que está por venir. Algo parecido a como la hacían sentir de niña cuando escuchaba en la calle a personas que cuestionaban las conductas de su padre. Después, vinieron las amenazas. En esa época, a sus doce años, ella no se sentía en peligro; solo tenía una sensación de urgencia, una imperiosa necesidad.

***

Muchas personas temen entrar a los refugios de murciélagos. Pero en esa cueva remota, Ángela hallaba una energía atávica que le generaba una misteriosa tranquilidad. Una especie de útero negro que más tarde asoció a la misma fascinación que de niña le provocaban los armarios, esconderse debajo de la cama o los pozos profundos. En ese entonces, su padre la llevaba a recolectar ramitas, insectos y peces ciegos que encontraban en las cuevas para las investigaciones. Era también, el refugio de decenas de murciélagos. Había tres especies diferentes. Le llamaron la atención los de orejas gigantes y dientes delicados, pero aún más los que mostraban una trompa larga y fina para capturar el néctar. Aprendió que si permanecía quieta y en silencio, podía escuchar el aleteo breve de ellos, tan rápido y ágil como el de un colibrí. Más tarde, alguien le habló de los murciélagos vampiro, esos que atacaban y chupaban la sangre. Su padre la tranquilizó. No había especies carnívoras en ese lugar. Nada de qué preocuparse. En el fin del mundo, no existía esa clase de depredadores.

Tal vez por eso, cuando una tarde de otoño le explicaron que alguien le había hecho daño a su padre, Ángela no se preocupó. No de inmediato, que digamos. Primero pensó que como ella, sabría exactamente qué hacer si percibía un peligro: encontrar una cueva y esconderse. Ángela caminó al refugio de los murciélagos y esperó. Solo cuando pasaron las horas y los muros de roca se inundaron de un negro líquido, denso, le sobrevino una incomodidad. Algo creciente en el pecho. Quizás, todo lo que había escuchado sobre esos animales extintos, podía ser verdad.

Que los hacían desaparecer.

***

Esa tarde la dedica a reconstruir el esqueleto de un Histiotus Magellanicus. Lo hace con detalle y abnegación, como si fuera su único objeto de dominio en ese territorio. Para ella, es un privilegio reencontrarse con la colección de especies que habitan esa zona. Cajas y cajas con huesos de bestias terrestres y aladas, también del universo submarino del archipiélago; esa franja de tierra que su padre describía como el lugar en que su país se destruye a pedazos. Por eso debe ser que, a pesar del precipitado retorno al sur, una parte de ella mantiene la certeza de que componer esos huesos es la tarea que debe ocupar su mente ahora. Eso pendiente por resolver.

Pues ya no es como antes, piensa. Ya no es lo mismo.

Y al día siguiente, deambula por la galería entre los móviles de hueso que cuelgan con hilos invisibles desde el techo. La luz accede oblicua por los ventanales que enfrentan el océano; son como flechas que enhebran sombras amorfas y repetitivas en cada una de las especies que ha colgado. De un montón de huesos rotos y dispersos en la arena ha restaurado el movimiento a eso que permanecía irreconocible. Eslabones encadenados, secundándose unos a otros hasta llegar a la pelvis. ¿Sostenía algo, todo eso?

Mira el horizonte y le sobreviene la sensación de que el invierno está más cerca. Otro más, piensa. Creía haberlo olvidado. El largo invierno austral. No podría decir cuántas veces ha estado ahí las últimas semanas, sin embargo, no los ha visto de esa nueva forma, con esa luz diáfana del atardecer.

Entonces siente un poco el viento que entra por el ventanal y se da cuenta de que el ala de una garza se mece, o respira, algo milimétrico, algo que sólo ella podría notar en esa breve distancia. Pareciera que cortará los hilos para emprender el vuelo y desaparecer en la isla del frente. Un calor recorre sus brazos; una confianza inusual. Y entonces se le ocurre algo: que todos los esqueletos guardan un resplandor heroico por la carne que han llevado en la vida.

De pronto, afuera, algo la desconcentra. Un azote en la ventana. ¿Es la lluvia que choca contra el mar? ¿O es otra cosa? Ahora se acerca. Las ve, las gotas desplazándose en velos serpenteantes a lo largo del fiordo, empapar las islas que se asoman sobre el horizonte. Y como quien recupera la confianza tras haber presenciado lo mismo demasiadas veces, piensa:

Algún día, armaré un animal extinto.

Fragmento de libro de cuentos «Animales extintos»

Autora: Paula López Wood

Editorial Cuarto Propio, 2019.

Imagen de casona y árbol: Cristian Donoso Christie

Imagen de portada y muelle: Paula López W.

Disponible en Buscalibre y Amazon Kindle.

 

 

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