Mi perro Toribio: afectos interespecie

"Hablar con mascotas abre una conversación con interdimensionales del más allá de nuestra galaxia, a quienes no nombraríamos seres, a quienes percibimos con vibración; pregúntale a tu perro sobre esto".

A Treatise on Stars, Mei-mei Berssenbrugge.

1. 

Me miran sus ojos cafés. Tiene unos ojos bellos, redondos y grandes. Me mira intensamente. 

—¿Qué tienes? Le pregunto.

Es la madrugada y está inquieto. Apenas se distingue en la negrura de la recámara. Da vueltas por la casa. Escucho sus pisadas entrar a cada habitación, bajar las escaleras, entrar a la cocina, volver a subir, rodear el cuarto y llegar a mi lado de la cama. Me mira con sus ojos redondos, con su juguete en la boca y moviendo la cola de un lado a otro. Acerca despacio su nariz y su boca a mi cara, en un movimiento suficiente para apenas tocarme. Me sorprende su capacidad de medir su fuerza; quiere que me levante. Salimos al jardín bajo el cielo que apenas toma tonos más brillantes y sale corriendo a su esquina a hacer popó. Se sentía mal y me lo comunicó. 

2. 

Escucho sus patas en el pasillo de madera, entra a mi estudio y se sienta junto a mí. Sentado muy derechito, me ve y me pone su cabeza en la pierna. Le acaricio su frente tan suave, peluda y negra. Lo ignoro de nuevo y regreso a mi computadora. Vuelvo a escuchar sus patas en el pasillo de madera —no me di cuenta que salió de nuevo— y entra a mi estudio con un zapato en la boca. Quiere jugar y me da risa. Le digo con emoción “¿qué agarró Toribio?” y él mueve sus orejitas hacia atrás y baila la cola de un lado al otro. Se acerca dando vueltas alrededor de mí, como un tiburón, con mi zapato en su boca. Lo entrega en mis manos y regreso al teclado de mi computadora. Vuelvo a escuchar sus patas en el pasillo de madera —no me di cuenta, de nuevo, que había salido— y entra a mi estudio a embestirme con un nuevo zapato en la boca. Es un travieso y sé que se ríe mientras le canto: “¡ay, ahora, qué robó Toribio!” 

Los perritos experimentan emoción y alegría en las situaciones en las que nosotras también lo haríamos, en el juego, estando en familia, comiendo. Y sufren en las situaciones en las que nosotras también lo haríamos, amarradas en la azotea bajo el calor intenso, vagabundeando las calles sin comida y protección, escuchando los disparos y las bombas en la guerra. 

3. 

En el jardín escucho sus patas trotar hasta los arbustos. 

Me ve desde lejos como para asegurarse de que sigo aquí. Me pregunto si los perros tienen un lenguaje realmente o si yo he aprendido a interpretar su comportamiento. Me mira a los ojos desde lejos y nos entendemos. 

Regresa corriendo y entramos a casa. 

Toribio. ©Andrea Reed-Leal

4. 

Abrazo a Toribio, le acaricio sus mejillas peludas, le masajeo su frente. Se acuesta en el piso con sus ojos cerrados. Ha sido un día largo. A partir de las ocho de la noche se deja caer y no hay quién lo mueva. Es un perro de unos 40 kilos; en verdad no hay cómo despertarlo. Le inspecciono sus cojinetes, le reviso los dientes. “A ver tus dientes”, le digo. Se queda quieto y me ve de reojo. Abre tantito sus ojos, pero se le van de lado muy pronto. Tiene sueño. Hoy fue un día difícil con Toribio. Es un perro inquieto, muy enérgico y tiene problemas de agresión con desconocidas/os. 

En México y muchos otros países, hay personas que envenenan a los perros por ladrar mucho o para entrar a robar a las casas; hay otros a quienes les abren la puerta para que se vayan y se pierdan. Una mujer, no hace tanto, me contó que para que no regresara su perro, se lo llevó en camión a otro pueblo y lo dejó ahí. El perro regresó a casa, no sabe cómo, pero seguro pensando que había sido por error que había perdido a su “cuidadora” –esta palabra para no usar “dueña” o “ama”–. Debió olfatear con mucho esfuerzo el rastro que habrá dejado por calles transitadas y llenas de peligros. Los perros encuentran su camino a través del olfato y son conscientes de los olores de sus compañeros dentro de la manada. Para la antropóloga Deborah Bird Rose la metáfora de la pérdida del olfato en los perros nos ayuda a entender el sentido de soledad y separación que atravesamos los humanos en la modernidad. 

Le digo al guía local que me muestra Chichicastenango, Guatemala, que hay muchos perros hambrientos y sin casa en la calle. Estamos cerca del lago Atitlán en este pueblo muy visitado por turistas. Dos veces a la semana se pone un mercado de alimentos y objetos y bajan las personas de otros pueblos a vender sus productos. El guía me contesta que es porque las personas traen cachorros de los montes y que si no los pueden vender los sueltan aquí. A dos calles, veo a unas mujeres cargando costales y escucho a los pollos cacarear adentro. Jalan con una cuerda a tres cachorros de su cuello. Deben tener apenas 1 mes de nacidos. Tienen sus orejas pequeñitas, su hocico redondo y sus patitas se mueven con dificultad. ¿Cuánto cuestan? Les pregunto. 50 quetzales. 2 veces más que un mamey. Menos que un café. 

5. 

Cuando se enoja Toribio se transforma. Es una fiera. No puede ver a desconocidos ni a otros perros porque se eriza y quiere morder. Hemos consultado a especialistas, una entrenadora de comportamiento positivo y a una que trabaja con perros agresivos. Cuando Toribio se pone así me agarra en curva y no puedo entender cómo es que cambia tan radicalmente su expresión. Ahora lo sabemos y entonces le decimos que lo cuidaremos más. Sigo los consejos de Mary Oliver y le leo poesía a mis perros. ¿Será que somos nosotras quienes asumimos que disfrutan de la lectura? A Toribio se le cierran los ojos con su cabeza del tamaño de una pelota de fútbol sobre mis rodillas. Y así tan tranquilo de noche, ¿quién diría que es inquieto? 

“Ya no le ladres a la gente”, le digo acariciando sus orejitas. Me ve con sus ojitos entreabiertos; confía en mí, por eso se deja agarrar las orejas, abrir la boca, inspeccionar sus ronchas de la piel con los ojos cerrados. Es un buen chico. Verlo aquí tranquilo en mis rodillas siento alegría genuina. Recuerdo lo que alguna vez leí de Mary Oliver: Because of the dog’s joyfulness, our own is increased. It is no small gift. It is not the least reason why we should honor as well as love the dog of our own life, and the dog down the street, and all the dogs not yet born. “Cuando te beso a ti, beso a todos los perros que han vivido, viven y vivirán”, le susurro. 

6.

Rodolfo Corazón, un perrito sin hogar, fue asesinado en abril de 2021 a machetazos por un hombre y su novia en los Mochis, Sinaloa. Son incontables las muertes de perros en México. 7 de cada 10 perros sufren maltrato, viven en las calles, azoteas o patios sin ser alimentados, bajo el sol y la lluvia, amarrados, asesinados en las perreras y por personas violentas.  

En México, la brutalidad  también atormenta a los animales. 

7. 

Mi infancia estuvo rodeada de animales “domésticos” y “exóticos”. Mi madre cuidaba a jaguares, monos y guacamayas bebés durante las noches. Mi hermana sacaba a sus pollitos a pasear todos los días en una carretilla. Mi hermano tenía huevos de faisán en su cuarto y los tenía en una incubadora especial que había conseguido de Estados Unidos después de ahorrar durante meses. Caballos, perros y canguros vivían a lado de nuestra casa. Mis padres iniciaron un proyecto de criadero de animales en peligro de extinción hace más de veinte años, por eso crecí en una familia que cohabitaba con animales. Recuerdo que dormíamos con nuestros perros en la cama —cuando crecí aprendí que esto se ve como una “falta de higiene”—; también, a una venadita que entraba por la ventana del comedor a saludarnos mientras comíamos y a kika en el jardín, una Guacamaya que la rechazaron sus hermanas y vivía adentro con nosotros. 

Aunque tuve una niñez muy cercana a los animales, siempre les tuve respeto. Me acercaba a ellos con mis emociones; aprendí a preguntarme el porqué estaban ahí y no en la selva, los bosques o las praderas desérticas; a reconocerlos como seres sintientes e inteligentes; y también a cuestionar las instituciones, individuos privados y organizaciones que tienen animales en cautiverio. 

8. 

Llegó Toribio de su entrenamiento positivo. No le gusta. Lo pone nervioso porque huele a los otros perros. Llega y se deja caer en mis piernas y se duerme. Está exhausto. Le leo entonces un poquito y le digo que lo hizo bien. Ha mejorado su temperamento con otras personas, pero aún de pronto se dispara. Tener un perrito con un problema así es muy difícil y frustrante, pero también me llena de ternura porque se esfuerza por entender nuestro lenguaje y sé que sabe –así la dialéctica entre animal (él) y animal (yo)– que es un mal comportamiento. Tener un perro es una responsabilidad absoluta, por eso lo protegemos para que nunca vaya a lastimar a alguien y para que en consecuencia no lo lastimen a él. 

Existe evidencia arqueológica de que los perros fueron los primeros animales que comenzaron a acompañar a humanos en espacios domésticos hace más de 30 mil años. Una pieza de barro del Altiplano Norte de Guatemala representa a una anciana que tiene amarrado a un perro en su rebozo. Solo se puede notar el rostro y la pierna del perro asomarse junto a su cuidadora. Esta pieza retrata quizá a una mujer que vivió con su acompañante más fiel. En otras culturas, como los mexicas del centro de México, los perros se sacrificaban para ofrendas y para acompañar a los difuntos, pues se consideraba que eran protectores y compañeros aún después de la muerte. 

Anciana con perro, Altiplano Norte, Guatemala, Clásico tardío. Museo del Popol Vuh. 
Fotografía de la autora.

Hemos establecido relaciones afectivas y comunicativas entre humanos y perros desde hace miles de años. Por eso no me sorprende que mis perros sean capaces de comprender un extenso vocabulario. Toribio sabe la diferencia entre jardín, pelota, caminadora, comer, sit, patas, stay, aquí, a dormir, a tu cama, vamos a ver si ya se despertó, qué te robas, toribio, y muchas palabras más. 

9. 

Me parece muy bello que Isabel Zapata se pregunte en In Vitro por las emociones que siente su perra por ella, quien la acompañó durante su embarazo. En este libro se refiere a la relación que tiene con su perrita como una forma de maternidad: “¿No somos mi perra y yo, desde hace años, una familia?” Y yo me pregunto: ¿Cómo será el tener cachorra humana y animal? ¿Cómo compartirían ellas ese espacio familiar? ¿Es verdad que al final se ama a uno más que al otro?

Toribio me recibe cada vez que vuelvo a casa en la puerta. No es ya descifrar si mi perro es capaz de amar o no, si tiene un lenguaje o no, sino cuánto amor real siento yo por él y la forma que hemos aprendido a comunicarnos. Aunque quizá este amor que le tengo, como dice Isabel, es egoísta, porque me llena saber que siempre me espera alguien al llegar a casa. 

Imagen de portada: ©Michael Kucharski