Inteligencia ecológica: una habilidad en vías de desarrollo

La palabra inteligencia viene  del latín interllegere, compuesto de inter ‘entre’ y legereescoger, leer’, sentando en sus bases la idea de una habilidad para escoger la mejor opción posible. Esta capacidad por comprender y resolver problemas asociadas al raciocinio y a la lógica es mucho más amplia de lo que conocemos, y así como existe este concepto de inteligencia existen también las inteligencias múltiples.

 

En 1983 el psicólogo estadounidense Howard Gardner amplía el panorama proponiendo que no existe una sola inteligencia sino más bien ocho de estas, las que pueden trabajar tanto en conjunto o de manera semi-autónoma; y que se desarrollan en menor o mayor medida según elementos como la personalidad del individuo o la cultura en la cual se encuentra inserto. Un ejemplo de éstas son la inteligencia visual-espacial, la inteligencia musical, la inteligencia corporal-kinestésica, y la inteligencia ecológica, entre otras.

 

Esta última planteada por Daniel Goleman, el año 2009,; es una inteligencia nueva . Esto parece irónico, ya que nos costó mucho tiempo entender el  vínculo innato que tenemos con la naturaleza que nos sustenta.

Goleman define la inteligencia ecológica: como la capacidad de vivir causando el menor impacto ecológico posible. Y de manera optimista sostiene que desarrollar esta inteligencia es una consecuencia lógica y natural para el ser humano, ya que estamos hablando de una adaptación necesaria a un medio que se está viendo perjudicado por nuestra propia incapacidad de realizar este salto de conciencia

 

Desde una concepción Darwiniana, el desarrollo de inteligencia ecológica seguiría las pautas de la selección natural: “En un ambiente en crisis, el mejor adaptado es aquel que logra vivir causando el menor desequilibrio posible”. Claro está que no es algo que se perciba hoy, los poderes políticos y económicos siguen explotando “recursos” en desmedro del bienestar ambiental. Sin embargo Goleman afirma que esto se debe al poco tiempo que ha transcurrido desde la revolución industrial (comparativamente a la historia de la humanidad). De cierta manera, nos encontraríamos aún en un periodo de transición y por tanto el desarrollo de nuestra inteligencia ecológica aún no se completa de manera global, aún tenemos tiempo.

¿Cómo podemos desarrollarnos para acelerar este importantísimo cambio? Desarrollando nuestra inteligencia ecológica. Lo que se traduce a pensar en el alcance de nuestras acciones al interactuar con este mundo. Si pensamos a nivel mercado o cada vez que realizamos una compra se gatilla una extensa cadena de acciones que se proyectan hacia el futuro pero también hacia el pasado. Para que un objeto llegue a una tienda, tuvieron lugar una gran cantidad de prácticas sobre las cuales nos podemos preguntar: ¿Cómo y de dónde se obtuvo la materia prima?¿Quienes la obtuvieron? ¿Cuáles fueron las condiciones en las que trabajaron estas personas, animales? ¿Cómo afectó su entorno? ¿Cómo llegó a nosotros? etc. Luego está el futuro del objeto, acerca de esto nos podemos preguntar: ¿Cuánto tiempo estará en mi poder?  ¿Cuáles son las piezas que lo componen? (incluyendo su envoltorio). ¿Qué sucederá con cada una de estas piezas una vez que las deje de usar?.

 

En su libro Inteligencia ecológica, Goleman hace especial hincapié en utilizar el mercado como un lugar de transformación. Sostiene que al comprar los consumidores estamos votando y validando prácticas, por lo que cuando se vota es necesario estar muy bien informado. He aquí la importancia de lo que denomina la “transparencia radical”, que implica que cada producto identifique todos sus impactos sustanciales (desde su fabricación hasta su desintegración), en detalle y a la vez en un lenguaje y una presentación fácil de entender para el consumidor. 

 

De esta manera queda a la vista el precio oculto que muchas veces subyace a aquello bueno bonito y barato, lugar clave para que la moral alcance un lugar más predominante en las dinámicas de consumo. Así las decisiones no estarían solo guiadas por el precio y la calidad, si no que también entrarían en juego las virtudes ecológicas y sociales de lo que estamos consumiendo. Como consecuencia, las empresas que observen buenas prácticas debieran verse recompensadas con un aumento de sus ventas, lideres en un mercado que necesita un cambio profundo y que aquellas empresas que no cumplan con estos requisitos estén destinadas a desaparecer. 

 

Es evidente que debemos reflexionar ante este consumismo exacerbado y el extractivismo que de ninguna manera es una práctica beneficiosa ni a corto ni largo plazo; incluso para aquellos pocos que creen beneficiarse el panorama es peor aún ya que la contaminación es circular, ésta se mueve a través de los elementos. 

 

Cobra sentido entonces el postulado de Goleman: que estamos en transición, y aún estamos desarrollando nuestra inteligencia ecológica. Reflexión y movimiento, somos uno con el entorno, y en desarrollo a la vez, palabras claves que nos ayudarán a entender que finalmente invertir en el bienestar del planeta es invertir en nuestro propio bienestar.

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