Habitar una roca

Un ensayo poema que nos recuerda que la memoria familiar acumula recuerdos como rocas sedimentarias, fragmentándose para volver a cobrar sentido cuando emergen en el presente concreto.

Las palabras huyen de mí en fragmentos dispersos, busco una roca donde sostenerme para hablar un hábitat. Todo es fragmento / polvo del sentido / de las piedras1.

Las rocas son lo comprimido2; en su estructura no hay cabida para mí y mis palabras. Pero también demarcan un origen: en el mar solo encuentras dispersión3; donde aparece algo quieto, los organismos que lo circundan en feliz desorden pueden sostenerse y formar ecosistemas.

La quietud de una piedra es aparente. Se mueven o son movidas, colapsan o las destruyen. Tienen agujeros hechos por las olas donde chungungos construyen madrigueras. Sus irregularidades permiten que caracoles diminutos se refugien del mar y de los depredadores.

Mi abuelo y yo visitábamos los roqueríos de El Tabo cuando era una niña. Nos gustaba buscar y mirar los caracoles rayados, las lapas, los picorocos, los potos de mar. Él atrapaba pequeños cangrejos de colores para mí y, en un balde rosado, intentaba replicar su hábitat. Morían a los pocos días.

Enlaces, colisiones, magma, cristalización. El nacimiento de un cuerpo rocoso es predecible y lo obliga a su único cometido: la forma. Las rocas son fundamentalmente «colecciones» de diferentes minerales en forma sólida aunque algunas se componen de un solo mineral4. Según su composición, hay tres tipos de rocas: sedimentarias, ígneas y metamórficas5.

Siempre se escribe desde una ausencia6. Romper una roca vacía el espacio necesario para habitarlo con uno o más significados.

Vivir en una roca es aproximarse a nuestros orígenes, a nuestros ancestros fosilizados. Si ellos escribieran, hablarían del cansancio. De estar apretados. De fundirse con los límites. De la eternidad. De buscar piedras preciosas y minerales en la playa.

Frank Critzer, minero y exmiembro de la Marina Mercante, decidió vivir bajo una roca de siete pisos llamada Giant Rock en 1931. En las fotos, una habitación con luz tenue y paredes de piedra, sillas y sillones de distintos estilos perfilan la irregularidad del espacio.

Si las rocas ayudan al anclaje de los cuerpos, la memoria tiene pequeños roqueríos donde brotan ecosistemas. Los minerales de la superficie de la Tierra protegen, organizan y templan. La vida y las rocas evolucionaron juntas.

A veces siento que esos roqueríos se hunden en arenas movedizas. Imágenes que antes me parecían claras, ahora son una descripción emborronada que pude haber leído en otro libro, indefinidas como un sueño. Suelo tener que preguntarles a mis abuelos si lo que recuerdo es verdadero, y me asusta pensar en el día en que ellos no sepan responder.

Mi abuelo y yo buscábamos ágatas en las playas de arena de piedra cerca de Yupehue; según él, eran las piedrecillas semitransparentes y anaranjadas. Así nos manteníamos entretenidos por horas, no era fácil encontrarlas. Cuando las piedritas, en mis manos, perdían toda la humedad, dejaban de ser bellas y brillantes.

¿Alguien más mojará las piedras que colecciona para verlas saturadas como en la orilla del mar?

Lanzada al mundo con el peso de contener, los sedimentos de una roca albergan la narrativa de su hábitat. Su inmortalidad y estoicismo nos llenan de certeza. Pero la incertidumbre es el principio básico de la existencia: el desplazamiento de una roca puede ser, muchas veces, imperceptible. Las palabras también viajan si no tienen un ecosistema en el que asentarse. Construyen un lugar para que nazcan y crezcan oraciones, grandes arrecifes donde una buzo pueda leer su historia.

Frank Critzer, minero, falso inmigrante alemán y radioaficionado, sabía sobre explosivos: dinamitó un agujero que sería la entrada a su casa de piedra. Cerca de la cueva artificial, instaló una antena y un radiorreceptor.

Mi abuelo, orgulloso de mis pasatiempos, me ha pedido que le regale dibujos desde hace más de dos décadas. No sé cómo explicarle que nunca he logrado dibujar un ecosistema; siempre se destruyen, como los cangrejos de colores que luchaban en mi balde hasta la muerte. Si tuviera un superpoder, me gustaría decirle, sería el de la pólvora.

Palabras. Palabras que son un piedrazo. Palabras que se rompen. Palabras que te muestro con el anhelo de que te gusten. Una playa de letras. Nosotras en la playa. Nosotros en el mar. Palabras oscuras en las profundidades. Palabras que escondo. Piedras que jamás te lanzaría. Arrecifes que no quisiste oír. Un mundo fragmentario que perdimos. Un jardín de líquenes sobre las piedras7 que no creció.

«Mis abuelos son rocas sedimentarias que acumulan narrativas. Mi memoria es una roca ígnea que busca y funde sedimentos para darles coherencia». © Constanza Barrios

No importa cuánto dinamites una roca, siempre se forman y permanecen los fragmentos.

La Tierra nace de desperdicios. Cuerpos errantes cargados de material orgánico colisionan hasta formar un caldo. Mis palabras, mis unidades de sentido, chocan entre ellas, se desarman, sílabas que intentan reordenarse para tomar una forma inteligible.

Frank Critzer murió debajo de Giant Rock. La antena que sobresalía de una roca cercana y la injustificada sospecha que lo ubicaba como un inmigrante alemán y, en consecuencia, un espía Nazi, fueron razones suficientes para ser investigado por el FBI a finales de los años 30. 

No se sabe muy bien qué sucedió. Dicen que, mientras unos policías entraban a la roca, la dinamita que Critzer almacenaba explotó misteriosamente. Uno de los policías resultó herido, y el exmarino murió de forma instantánea, sin dejar rastro alguno para esclarecer lo ocurrido.

Para una tarea de Ciencias Naturales mi abuelo llevó minerales y piedras a nuestra casa. La pirita era mi preferida, porque en mis manos era mucho más pesada de lo que su tamaño aparentaba. También me gustaba su brillo de oro. Mi abuela nos adornaba las orejas con argollas doradas a mi tía Paloma y a mí.

El oro es sinónimo de opulencia, delicadeza y elegancia. La Paloma y yo éramos orgullosas «Juanitas tres cocos». Ella, experta en escalar árboles y en pelear a golpes con sus compañeras. Yo, que quería ser un caballero de la Mesa Redonda, usaba palos de escoba para combatir con mis amigos.

No sé si esos recuerdos son verdaderos, aunque en las fotos aparecemos con jumpers, argollas y miradas duras.

Se cree que Giant Rock había sido, antes de convertirse en una vivienda, un terreno sagrado para algunas tribus aborígenes de Norteamérica. Peregrinaban hacia ella y marcaban sus paredes asimétricas con pintura. Frank Critzer fue solo una de sus vidas, un amante pasajero, ínfimo entre todas las narrativas.

El cansancio de darle volumen a las palabras, de unirlas y modelarlas. Se acumulan unas sobre otras, aparentemente informes: aquí tienes esta roca, ábrela, rómpela, fragméntala. A veces su interior se parece a su exterior; en otras, puedes encontrar minerales tornasolados dedicados a ti.

Mis abuelos son rocas sedimentarias que acumulan narrativas. Mi memoria es una roca ígnea que busca y funde sedimentos para darles coherencia.

Meteoritos solitarios orbitan o vagan hasta chocar contra un cuerpo diferente. Las piedras se buscan, unas a otras. Como nuestro lenguaje, cobran sentido al acompañarse.

«No importa cuánto dinamites una roca, siempre se forman y permanecen los fragmentos». © Constanza Barrios

En la obra Untitled (Portrait of Ross in L. A.) de Félix González-Torres, cada espectador coge un dulce y, mientras la obra es consumida y desaparece, ese objeto viaja en nuestros bolsillos a distintos lugares del mundo para cumplir otra misión. Una misión de suvenir y, a la vez, de escombro, de sedimento que se expande y se resiste a desaparecer.

Una piedra puede ser un suvenir. Mi mensaje es un recuerdo de una persona que ya no soy. Ella formó un cuerpo que permanece en el viento, una onda muda que viajará hasta el hartazgo. Alguien podrá leerla, leerme, en la estática de un televisor sin señal. En tu cabeza se moverán, cobrarán vida; una vida que no pensé para ella. ¿Qué mineral o piedra será para ti? ¿Oro, obsidiana, basalto, lapislázuli, cuarzo, ágata, caliza o carbón?

La piedra

al fin la noche
me alivia
de la responsabilidad
de la forma8

En las noches, las palabras nos cambian; soñamos con una gramática, pero sus paisajes son imposibles, coherentes solo en ese mundo zigzagueante. Una roca enorme que se desprende de un barranco y flota, ignorando la gravedad, nos explica cómo ser ella, nos habla sobre la simplicidad del descanso.

Giant Rock, la roca de siete pisos, se rompió a principios del siglo XXI, mostrándonos su interior de granito blanco9. Nace una nueva ausencia.

En sueños alcanzas a imaginar el ecosistema. Te gusta. Duermes en el fondo marino sujeto a una roca que comienza a desprenderse de tu tacto.

Por la mañana no lo recuerdas, pero es un grano de arena que llevas contigo como un suvenir, y piensas en la idea de peregrinar a Giant Rock creyendo, inocentemente, que se te ocurrió a ti.

«Aquí tienes esta roca, ábrela, rómpela, fragméntala». © Wikimedia Commons

Imagen de portada: © Maira Troncoso @casimaria

  1. La bestia ser, Susana Villalba
  2. Conversación con Julieta Marchant, editora y poeta
  3. Conversación con María Paulina Godoy, buzo y profesora
  4. Minerales y rocas: breve guía de estudio e identificación, Basil Booth
  5. Íbid.
  6.  Vivir entre lenguas, Sylvia Molloy
  7. Error geográfico, Marília García
  8. La bestia ser, Susana Villalba
  9. Toda la información referente a Giant Rock fue recopilada de los sitios Atlas Obscura y The Mojave Project. La composición de granito blanco es descrita en su entrada de Wikipedia en español.

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