Extinción y reinvención de la vida

En las estribaciones del Monte Kenya, en medio de las praderas de África del Este, se escuchan gruñidos lejanos. Son Najin y Fatu, las dos últimas rinocerontes blancas del norte, recorriendo su territorio cercado y protegido las 24 horas del día. Aquí, entre la rica vegetación y protección de la Conservación Ol Pejeta, existen los dos últimos ejemplares de esta especie, ambas hembras (Ol Pejeta, 2022).
En las estribaciones del Monte Kenya, en medio de las praderas de África del Este, viven Najin y Fatu, las dos últimas rinocerontes blancas del norte. © Ol Pejeta.

Al último animal de una especie se le conoce como endling. La palabra –en inglés– fue acuñada por dos doctores Robert M. Webster y Bruce Erickson, en una carta enviada a la revista Nature en 1996. Buscaban darle significado al último individuo de un linaje (Yong, 2019). Cuando un endling muere, la especie se declara extinta. La palabra representa finalidad, pero al mismo tiempo ternura y soledad: son individuos que aún existen y representan a su especie, pero ya no tendrán permanencia. Nos hacen conscientes de una realidad llena de remordimiento. Los endlings son símbolos de una gran pérdida: no sólo por la muerte de un organismo, sino por la muerte de una historia, de una especie, de un código que sólo podía pasar entre esos individuos.

Los endlings son símbolos de una gran pérdida: no sólo por la muerte de un organismo, sino por la muerte de una historia, de una especie, de un código que sólo podía pasar entre esos individuos.

Aunque un endling siga vivo, el hecho de que ya sea un endling declara a la especie funcionalmente extinta. No nombramos las cosas que queremos olvidar, y por su parte, esta palabra le da nombre a algo que tiene valor: el último de una especie. Usamos el lenguaje para honrar una ausencia. Es parte de reconocer nuestro papel dentro del luto ecológico y despedirnos de aquellas especies que ya no tendrán una recuperación poblacional.

¿Qué dice de nosotros, que seamos las generaciones que experimentan muchos endlings, simultáneamente?

Puntos en el Mapa

En medio de la sexta extinción masiva, estos animales encarnan la crisis que enfrenta la biodiversidad (Wake & Vredenburg, 2008). El final de una especie la clasifica como extinta. Y consecuente a ello, nuestro fracaso por evitarlo. Para ser extinciones que suceden frente a nuestros ojos, pareciera que estamos ciegos a ellas. ¿Cómo decimos adiós a las especies que por nuestra causa han desaparecido?

En medio de la sexta extinción masiva, estos animales encarnan la crisis que enfrenta la biodiversidad. © Jo Anne McArthur.

En un mundo en el cual vamos marcando extinciones como puntos en un mapa, hay ausencias que se sienten. Nos puede doler la pérdida de una especie porque es una criatura menos en la Tierra. Un animal, una planta, un hongo– con el cual ya no compartimos el mundo. Si pudiéramos trazar un mapa de todos las especies que hemos perdido, ¿cómo se vería ese mapa? Algunos puntos los marcamos en el momento, otros hasta mucho después. Los endlings son puntos que sabemos que tendremos que marcar, pero aún no lo hacemos. 

Cuando desaparece una especie, normalmente sucede en vida salvaje. No todas mueren en cautiverio. Es hasta después, cuando es buscada intensamente y no aparece en muestreos, que los científicos concluyen que puede estar extinta (IUCN, 2021). Partes completas del mundo natural están desapareciendo. No sólo las especies carismáticas que nos gusta ver como: los rinocerontes, las jirafas, las ballenas; sino que la vida entera en la Tierra como la conocemos. Según un reporte de la ONU publicado en el 2019, un millón de especies están en peligro de extinción, y alrededor de un 20% han sido eliminadas de sus hábitats (United Nations, 2019). La devastación a esta escala va más allá de lo que podemos imaginar. La muerte de un solo animal nos afecta, ¿qué pasaría con un millón de especies?

Cambios que vemos, cambios que sentimos

En la punta de la costa sudeste de Groenlandia, una madre oso polar camina con sus crías. Sus patas pisan hielo que cada año se vuelve más delgado, más susceptible a las aguas que día a día se calientan en el círculo ártico. Aquí, viven y cazan los osos polares que pertenecen a la única subpoblación –de las 19 que existen– con potencial de sobrevivir. En este hábitat tienen posibilidad de perseverar porque los osos dependen menos del congelamiento anual del hielo ártico teniendo acceso a más territorio en la costa de Groenlandia (Laidre et al., 2022). Aún así, serán la única subpoblación que sobrevivirá a un mundo en el cual no habrá lugar para osos polares.

Los osos polares, uno de los carnívoros más grandes de la Tierra, esta hoy en peligro de extinción. © Montserrat Anaya y Natalia Sánchez.

Lo primero que sentimos muchos cuando escuchamos semejantes noticias es la desesperación. El abrume de un futuro incierto. Volteamos a ver nuestras acciones: la prohibición de bolsas de plástico, la composta, los comedores de pájaros, actividades que parecen insignificantes. ¿De qué sirve plantar un árbol cuando sabemos que cada año se derriten más glaciares?

La pérdida de hábitat es la principal causa detrás de la extinción de muchas especies. El comercio, la agricultura, incluso la vivienda, son las amenazas más fuertes, seguida de la caza y pesca. Hay amenazas locales: contaminación en un río; la tala de árboles en un bosque; o el rompimiento de un corredor biológico. Y amenazas globales como el tráfico ilegal de especies, el cambio climático, las enfermedades entre otras (Tilman et al., 2017).

Si viviéramos en un momento ordinario en el cuál el tiempo pasa como en las pasadas extinciones masivas, sería imposible que una sola persona fuera testigo de la desaparición de una especie. Pero no vivimos en un tiempo ordinario. El meteorólogo Paul Crutzen remarca que los humanos “dominan los procesos biológicos, químicos y geológicos de la Tierra”. Somos capaces de cambios que repercuten de manera natural mucho más grande de lo que podemos imaginar. Crutzen, quién ganó el Premio Nobel de Química por su trabajo sobre la atmósfera, dio nombre a la era del humano: el Antropoceno (Crutzen & Schwägerl, 2011), concepto que intenta dar cuenta de este tiempo en el que el ser humano se ha convertido en una fuerza de transformación con alcance global y geológico.

La reinvención de la vida

Si nos basamos en las extinciones masivas pasadas, podríamos imaginar un futuro en el cuál la presión del cambio climático convertiría las extinciones del presente en un nuevo brote de biodiversidad. Sin embargo, los panoramas posibles muestran una repercusión de acciones mucho mayor que la que podemos pensar, alterando la vida de formas trascendentales.

Ahora, la diversidad de la vida no siempre ha dependido de extinciones masivas para la evolución. La vida nace, cambia, se transforma, cuando las especies trascienden los límites. Cuando las interacciones entre nuevas formas de vida empujan hacia un nuevo nicho ecológico. Habrá cambios inesperados cuándo ya no haya ciertas especies porque las placas tectónicas de la vida abren espacio para algo más. Vivimos en un tiempo extraordinario. Quizás, si reconocemos esto, podemos empezar a imaginar uno diferente, uno que protege y preserva lo más posible la completa diversidad de la vida. 

La diversidad de la vida no siempre ha dependido de extinciones masivas para la evolución. La vida nace, cambia, se transforma, cuando las especies trascienden los límites.

El tiempo de la vida nunca ha sido guía de una evolución lineal. Hay cambios asimétricos. Cambios que no tienen nombre o punto de inicio. Podemos marcar extinciones, pero la historia aún no termina ahí. Se abre un vacío, sí, pero los vacíos también existen para llenarse de algo más. Hay una coexistencia: extinción y vida.

Por último, más allá de un análisis biológico, el ser humano se mueve por emociones. Y hay un fenómeno interesante que va de la mano con la desesperación detrás de las extinciones. El anhelo por hacer más, por invertir en un futuro con micro acciones. Ese anhelo nos impulsa a depositar una semilla de esperanza. Y con ello, recordarnos continuamente, todos los días, que es mejor hacer algo pequeño que no hacer nada. Porque esas acciones, pueden hacer la diferencia entre un vacío y una presencia. 

© Montserrat Anaya y Natalia Sánchez.

Referencias

Black, R. (2021) This riotous life. Disponible en: https://aeon.co/essays/mass-extinctions-dont-drive-evolutionary-change-life-does
Crutzen, P. & Schwägerl, C. (2011) Yale Environment 360: Living in the Anthropocene: Toward a New Global Ethos. Disponible en: https://e360.yale.edu/features/living_in_the_anthropocene_toward_a_new_global_ethos
IUCN Red List. (2021) Assessment Process. Disponible en: https://www.iucnredlist.org/assessment/process
Laidre, K. L., Supple, M. A., Born, E. W., Regehr, E. V., Wiig, Ø., Ugarte, F., … & Shapiro, B. (2022). Glacial ice supports a distinct and undocumented polar bear subpopulation persisting in late 21st-century sea-ice conditions. Science, 376(6599), 1333-1338.
Ol Pejeta Conservancy. (2022) Our Story. Disponible en: https://www.olpejetaconservancy.org/about-us/our-story/
Tilman, D., Clark, M., Williams, D. et al. Future threats to biodiversity and pathways to their prevention. Nature 546, 73–81 (2017). https://doi.org/10.1038/nature22900

Imagen de Portada: © Hans Jurgen Mager.

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