Hambre y desperdicio: la llamada urgente de un cambio

Si la comida que se desperdicia fuera un país, sería el tercer productor mundial de gases de efecto invernadero, por detrás de Estados Unidos y China

FAO

El decenio 2020-2030 ¿inició en enero o arranca a finales de este 2020? Esa es la gran incógnita que mueve al mundo en vísperas del fin de año. Para algunas personas, por la catástrofe social, sanitaria, económica, laboral y ecológica que ha significado el COVID-19, la cuenta regresiva hacia el 2030 debería empezar el 1 de enero del 2021. Tal vez tengan razón. 

Sin embargo, en términos de acuerdos internacionales para cuidar el Planeta, sus recursos y su gente, como es la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, la cuenta regresiva inicia el 12 de diciembre. La fecha es en conmemoración a la firma y difusión mundial de dichos acuerdos, hace ya cinco años en la famosa COP21 en París, Francia.

La revisión viene a cuento porque este decenio el mundo entra en cuenta regresiva y el panorama mundial no es muy halagüeño en ninguna de las 169 metas de la Agenda 2030 ni de los 17 objetivos sostenibles.

El informe ‘Seguimiento de los indicadores relativos a los ODS relacionados con la alimentación y la agricultura’ indica que el mundo no alcanzará la mayoría de las metas de los ODS relacionadas con la alimentación y la agricultura para 2030.

En materia de seguridad alimentaria, en el reciente informe Seguimiento de los indicadores relativos a los ODS relacionados con la alimentación y la agricultura, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) denuncia los progresos insuficientes en este sector y alerta que de seguir así el mundo no alcanzará las metas para el 2030. Apenas el mes pasado, el Director General de la FAO, el Sr. QU Dongyu, anunció la urgencia de poner en marcha medidas humanitarias para evitar el riesgo de hambruna ya existente en África. 

La pareja imposible: hambre y desperdicio

Del informe se destaca que a la fecha, casi el 10% de la población mundial padece hambre (700 millones de personas), mientras que el 26% padece inseguridad alimentaria grave (2 mil millones).  En el caso de la región de América Latina y el Caribe se registra un aumento a un ritmo mayor en inseguridad alimentaria, en comparación con el resto del mundo. Así, pasó del 23% en 2014 a 32% en 2019. Una enorme diferencia hacia el peor escenario de salud. Actualmente existen 9 millones de latinoamericanos con hambre. 

Paradójicamente, estas cifras contrastan con el hecho de que a nivel mundial un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano son desperdiciados (1,300 millones de toneladas al año). Ya sea por una ineficiente cadena de suministro (transporte, empaquetado, refrigeración), por su aspecto o simplemente porque ya fueron cocinados y no consumidos.

Materiales gráficos que desde el 2012 ya alertaban a la población sobre el desperdicio de alimentos, elaborados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura © FAO

Para poner fin a tanto derroche, desde hace unos años han surgido varias iniciativas ciudadanas de gran éxito que buscan reducir la cantidad de alimentos desperdiciados y crear conciencia en la población sobre la relación entre alimentos y el cuidado de los recursos naturales (agua, suelo, mares, océanos, biodiversidad, etc.). Muchas de ellas tienen su origen en los países europeos, pero ya se han expandido a otras regiones del mundo. Ejemplo de ello son el movimiento Slow Food, las tiendas We Food, los eventos Disco Sopa o el Freeganismo, éste último nació en Estados Unidos, pero se fortaleció en Europa. 

Posiblemente, gran parte del éxito de estas iniciativas se deba a que desde hace al menos diez años, la ONU emprendió una serie de actividades que buscaban erradicar este problema creciente, ya fuera a través de políticas públicas con gobiernos o con apoyo de la sociedad civil.

La campaña ‘Piensa. Aliméntate. Reduce tu huella alimentaria’ (Think.Eat.Save. Reduce You Foodprint) vinculó el tema alimentario con el derroche de recursos naturales (agua, suelo, energía, biodiversidad).  © FAO

Del trabajo con gobiernos, el resultado fue que Francia e Italia ya tienen una legislación que obliga a los supermercados a donar la comida sobrante a organizaciones benéficas y bancos de alimentos. Con ello se evita que la tiren a la basura, y quien lo haga deberá pagar una multa de hasta 75 mil euros. La ley también prohíbe destruir deliberadamente los alimentos, tal como lo hacían antes en algunos restaurantes y supermercados que bloqueaban contenedores o vertían cloro sobre los alimentos para evitar que la gente los aprovechara. El resto de los países de la Unión Europea, como Alemania, España o Reino Unido, evitaron legislar sobre el tema y optaron por implementar programas de gobierno para reducir el desperdicio.

Francia fue el primer país en emitir una ley que prohíbe a supermercados y restaurantes tirar alimentos, en su lugar deben donarlos a instituciones benéficas. En América Latina, región que desperdicia el 34% de sus alimentos, Colombia y Perú ya tienen sus propias leyes © Edith González Cruz

En el panorama latinoamericano, también es posible observar algunas medidas. Países como Colombia y Perú aprobaron en el 2016 sus propias leyes contra las pérdidas y desperdicios de alimentos, mientras que Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Guatemala, Honduras y Uruguay están impulsando leyes similares. 

En Chile, desde hace cinco años existe en el Senado un proyecto que busca regular el desperdicio de alimentos en establecimientos comerciales. Este 2020, en el contexto de la pandemia por la COVID-19, los senadores Guido Girardi y Francisco Chahuán han revivido la iniciativa para obligar a los supermercados y empresas de retail a donar a instituciones sin fines de lucro los alimentos próximos a ser desechados (Proyecto de Ley No. 10198-11). Sin embargo, este aún permanece en discusión en la Comisión de Salud. Esperamos que al calor de la ola de cambios sociales que se vive en el país, por fin se apruebe.

Fue en la década de los años sesenta, en Arizona Estados Unidos, cuando se registró la primer iniciativa para la recolección de víveres desechados. Esta acción dio paso al primer banco de alimentos: el St. Mary’s Food Bank. Desde entonces existen bancos de alimentos en prácticamente todo el mundo. En la foto los fundadores John van Hengel y Kenny Ramsey © Mary’s Food Bank

Volviendo a las iniciativas ciudadanas para reducir el desperdicio de alimentos, cabe señalar que mucho antes de las leyes que prohíben tirar los alimentos, ya existía –y sigue existiendo-, la donación de alimentos, pero de manera voluntaria. Muchos bancos de alimentos alrededor del mundo han contribuido a paliar el hambre mediante las alianzas que han establecido desde hace décadas con el sector agroalimentario. En Chile, desde el 2003 existe la Red de Alimentos (RdA) que distribuye alimentos donados a cientos de organizaciones sin fines de lucro en todo el país.  

De las iniciativas ciudadanas antes mencionadas, vale la pena revisar sus fines y alcances, ya que la mayoría vinculan el tema del desperdicio de alimentos con el impacto ecológico, el derroche de recursos y el cambio climático. Además que tienen presencia y éxito en Chile desde hace años. 

El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), estima que entre el 8% y el 10% de los gases de efecto invernadero producidos por el sistema alimentario a nivel mundial se vinculan directamente a las pérdidas y desperdicios de alimentos. La FAO, en el informe El Estado Mundial de la Agricultura y la Alimentación 2019, destaca que para atender los impactos que en el medio ambiente tiene la producción de alimentos, antes de debe identificar el tipo de recurso natural que se desea proteger.

A favor de los alimentos locales y el patrimonio gastronómico

El nexo entre gastronomía y cuidado del planeta es la esencia del movimiento internacional Slow Food. Fundado en Italia en 1989 bajo la premisa de defender la biodiversidad, el patrimonio alimentario local, apoyar los sistemas de producción agroecológica, estrechar la relación entre productor-consumidor y promover la educación alimentaria. Su postura está claramente en oposición a la ‘fast food’, símbolo de la alimentación industrial, basada en un exceso de productos procesados, químicos y dañinos tanto para la salud como para el planeta.

El Merkén, un tipo de ají, se produce en las comunidades mapuches del territorio Nagche (en la Araucanía). Esta planta es símbolo de identidad y componente esencial en ritos y festivales tradicionales © Slow Food Chile. 

En los 150 países donde tiene presencia este movimiento sociocultural busca garantizar que todo el mundo tenga acceso a una comida buena, limpia y justa, integrando en su causa a agricultores, consumidores, restauranteros, chefs y activistas.  En Chile tiene presencia desde hace una década y ya tiene sedes en seis regiones del país: Metropolitana, de Coquimbo, de Biobio, de los Ríos, de La Araucanía y Los Lagos. El movimiento apoya proyectos a pequeña escala de grupos de campesinos y pequeños productores familiares, como son los Convivia, las Comunidades del alimento y Baluartes. 

La recuperación como un estilo de vida

El freeganismo es un movimiento anticonsumo surgido a mediados de la década de los noventa y, por extraño que parezca, surgió en la nación más híper consumista, Estados Unidos. Sus voluntarios promueven el vivir de manera alternativa, reducir el consumo de recursos y evitar en lo posible el uso del dinero. La idea central es el boicot al sistema económico capitalista y derrochador, de tal forma, es común ver a sus adeptos recolectando residuos -preferentemente alimentos- en la basura de supermercados, restaurantes y tiendas. No son vagabundos, porque sí tienen un hogar y trabajo, simplemente proponen una forma de vida alternativa. El símil en América Latina serían los recicladores o cartoneros, quienes recogen no solo cartón o plásticos, sino alimentos, juguetes y cacharros de todo tipo. 

Una versión moderna -y un tanto limitada-,  es el  « Schnippel Disko », mejor conocido como el Disco Sopa, una iniciativa surgida en el 2012 en Berlín, Alemania, que se suma a las campañas a favor del Cero desperdicio de alimentos. Reunidos en eventos anuales, los voluntarios de un Disco Sopa recogen alimentos desechados de mercados, centrales de abastos, ferias y supermercados locales. Posteriormente se reúnen en espacios abiertos como parques, previa convocatoria pública, para entre todos, voluntarios y población en general, cocinar los alimentos recolectados. Al calor de la música se comparte gratuitamente la comida en una gran verbena. El Disco Sopa ya tiene presencia en más de 40 países.

WeFood se inauguró en el 2016 y desde entonces todos lo días la población local hace largas filas para aprovechar los alimentos que son entre un 30 y 50 por ciento más bajos que en los supermercados regulares.  

Otra iniciativa que promueve la recuperación, el mínimo derroche y un menor consumo, es la promovida por la organización danesa Dan Church Aid, una caridad religiosa que trabaja para erradicar la pobreza y ayudar a las naciones en vías de desarrollo como las de África. Su genial idea fue abrir una tienda que vendiera lo que los supermercados no querían, como alimentos maltratados, muy maduros o a punto de expirar, así como otros artículos cuyo empaque estuviera dañado o mal etiquetado, pero que en general fueran seguros para la población. El éxito fue inmediato y ya cuentan con cinco tiendas. 

Lo más revolucionario es comer menos carne… o dejar de hacerlo

Aunque ahorrativa y noble, recuperar alimentos de la basura no es tarea fácil. Los olores y lixiviados (percolado) hacen dudar a más de una persona, y eso que en su mayoría lo que se rescata son verduras, frutas y hortalizas. La carne no se recupera, no sólo por principio ético, sino porque conlleva más riesgo a la salud, ello a pesar de que la producción de carne es la que consume la mayor cantidad de recursos y la que presenta una huella ecológica por encima de cualquier otro alimento. 

© FAO

Para contrarrestar el elevado consumo de carne a nivel mundial y con ello mejorar la salud humana y del planeta, en el 2009 Sir Paul McCartney, un vegano histórico, lanzó la campaña Lunes sin Carne (Meat Free Mondays). A la fecha, la campaña está presente en 50 países y muchos activistas han presionado a sus gobiernos locales para introducir políticas públicas para que escuelas y restaurantes se sumen a esta campaña. 

A la fecha, en escuelas y algunos hospitales públicos de Los Ángeles y Nueva York, Estados Unidos; Sao Paulo, Brasil y Medellín, Colombia ya se implementan los lunes sin carne y recientemente, en España, el Partido Podemos promovió una iniciativa para que los colegios y restaurantes no ofrezcan carne en sus menús. En Chile, la campaña es liderada desde el 2012 por la organización Vegetarianos Hoy y en el 2018 el Ministerio de Medio Ambiente se convirtió en la primera institución pública en adherirse a los lunes sin carne. 

Sin duda, empezar por un día sin carne es un inicio para transformar la dieta diaria. Sin embargo urgen políticas públicas de mayor impacto para reducir su consumo ya que la producción de carne a nivel global, va en aumento. En Chile, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) reportados en el Informe Ferias y Mataderos para el trimestre abril-junio de este año, la producción de carnes en general aumentó respecto al año anterior. En bovinos el aumento fue del 2,7%, porcinos 3,6%, ovinos 4,9% y pollos 3,0%.

Un plato de comida es más que un plato de comida

Por si el desperdicio de alimentos, el exagerado consumo de recursos naturales (los cuales recordemos son finitos) y la contaminación generada en su producción no fueran suficiente razón para cambiar nuestros hábitos alimenticios, pensemos en la esclavitud laboral que en el sector agrícola padecen millones de personas en todo el mundo. En el reporte ‘Estimaciones mundiales sobre la esclavitud moderna’ publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2017), se indica que de los 25 millones de personas atrapadas en el trabajo forzoso, 16 millones son explotadas en el sector privado y de esta cifra el 12% corresponde a la agricultura, incluida la pesca y la industria forestal. 

Lamentablemente la esclavitud laboral juega un papel fundamental en las cadenas de suministro de muchos de los alimentos. Lo anterior se suma a los demás problemas asociados a la producción de alimentos, lo cual nos obliga a pensar en lo que comemos y, cómo desde nuestro plato, podemos hacer un cambio, en beneficio de nuestra salud, de nuestras familias, regiones y planeta. Ya sea por necesidad o convicción es un hecho que entre todos debemos reducir el desperdicio de alimentos. Podemos empezar comiendo menos carne, consumiendo productos locales, comprando vegetales y frutas en cantidades pequeñas y no necesariamente ‘bonitas y perfectas’. Al final de cuentas, para comer todo sirve, ya sea crudo o cocinado, siempre hay forma de no desperdiciar.

El 29 de septiembre de este año se celebró por primera vez en la historia el Día Internacional de la Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos © FAO

Bibliografía

FAO. (2020). Seguimiento de los indicadores relativos a los ODS relacionados con la alimentación y la agricultura. 18 septiembre 2020. Sitio web: http://www.fao.org/sdg-progress-report/es/ 

FAO. (2019). El estado mundial de la agricultura y la alimentación. Progresos en la lucha contra la pérdida y el desperdicio de alimentos. 20 septiembre 2020, Roma. Sitio web: http://www.fao.org/3/ca6030es/ca6030es.pdf

FAO. (2017). Pérdidas y desperdicios de alimentos en América Latina y el Caribe. Alianzas e institucionalidad para construir mejores políticas. 20 septiembre 2020. Sitio web: http://www.fao.org/3/a-i7248s.pdf

OIT. (2017).  Estimaciones mundiales sobre la esclavitud moderna: Trabajo forzoso y matrimonio forzoso. 21 septiembre 2020, Ginebra. Sitio web: https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—dcomm/documents/publication/wcms_651915.pdf 

FAO. Plataforma técnica sobre la medición y la reducción de las pérdidas y el desperdicio de alimentos. Disponible en: http://www.fao.org/platform-food-loss-waste/es/ 

Imagen de portada: La palabra ‘freegan’ es una combinación de las palabras free (libre) y vegan (vegano), ya que siendo un movimiento con raíces en el movimiento ecologista, promueve el respeto por todas las especies. Es decir, no al maltrato animal © Edith González Cruz

Sobre la autora

Edith González Cruz es periodista ambiental con más de 10 años de experiencia. Tiene una maestría en Estudios Latinoamericanos. Su amor por la naturaleza la llevó a cursar la carrera de biología, la cual espera terminar algún día. Se inspira pedaleando en un día soleado.

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