«Caminar el agua»: Camila Kuncar y su cruzada por recuperar los ríos de la ciudad

El origen de toda ciudad tiene en su corazón un río. Podemos quizás recordar el relato del profesor de historia de cómo las antiguas civilizaciones fueron fundadas siempre alrededor de grandes cauces: Egipto y el Nilo, Mesopotamia y los ríos Tigris y Euphrates, India y el Ganges, Roma y el Tiber, la antigua China entre los río Amarillo y Azul. El agua es la fuente de la vida, y no podemos existir si no tenemos acceso a una fuente de agua dulce. Es lógico pensar entonces que cuidar el agua y nuestra relación con ella es una tarea fundamental. Sin embargo, si uno mira las ciudades modernas, pareciera que muchas de ellas no reconocen la importancia del río que las nutre. Las trataron casi como un estorbo, canalizando o soterrando las fuentes de agua, limitando su espacio para fluir. 

Bajo esta reflexión, y la convicción de que solo podrá gestarse un cambio desde una comprensión generalizada de la importancia de los ríos, es que nace Caminar El Agua, un proyecto creado por la Chilena Camila Kuncar y la italiana Lucia De Stefano, que tiene su base en la ciudad de Madrid. El objetivo de este proyecto es construir conocimiento en torno a los ríos y acercarlo a los ciudadanos, esto mediante rutas guiadas por expertos de diferentes áreas que vuelvan cercana la experiencia de interactuar con el río a través del caminar.

Endémico web conversó con una de sus fundadoras, Camila Kuncar, quien actualmente reside en Madrid.

Lucia De Stefano y Camila Kuncar, fundadoras de Caminar El Agua en el río Manzanares de Madrid. © Álvaro Aulló.

Endémico: ¿Cómo nace este caminar el agua? 

C.K: Todo comenzó con un curso de urbanismo táctico que realicé durante el año que estuve viviendo en Roma. El urbanismo táctico es aquel que se estudia mediante la interacción directa con el territorio y sus transformaciones. Te saca de las aulas para salir a recorrer la ciudad a pie. En ese curso realizamos diversas caminatas, y me gustó tanto esta manera de conocer, que cuando volví a Chile quise importar el modelo, y propuse a la FAU un curso optativo llamado Exploraciones urbanas. Este fue aceptado y lo realicé, junto a un equipo interdisciplinar de geógrafos, arquitectos y artistas, durante 5 semestres.

El río Manzanares en la zona sur de Madrid, Explicación del proceso de depuración de aguas en el sur del río Manzanares. © Álvaro Aulló. 

Cuando me mudé a Madrid tomé un curso impartido por la Fundación Botín sobre conflictos del agua, que dictaba la geóloga Lucia De Stefano. Era un tema que me interesaba mucho, porque en la última versión de Exploraciones Urbanas estuvimos recorriendo el Mapocho y estudiando su relación con la ciudad de Santiago. Entonces me acerqué a Lucia y le conté de la experiencia que tenía en Chile y le propuse hacer algo similar. Le encantó la idea y así fue como nació Caminar El Agua.

La colaboración entre ambas ha sido súper enriquecedora para el proyecto, porque venimos de disciplinas distintas, con bagajes y experiencias que sumar en cada una de las áreas. Y además estamos muy unidas por nuestro interés en devolverle a la ciudadanía su relación con el agua y por una pasión compartida muy fuerte por el caminar.

¿Cómo se planifica una expedición de caminar el agua?

Siempre de manera holística. Lo planteamos como una invitación a irse de viaje dentro de tu ciudad, entonces hacemos el símil como cuando viajas que te pasan muchas cosas, conoces a muchas personas, te mueves en diferentes ámbitos, etc. Por lo mismo, buscamos entregar información y experiencias diversas, y trabajamos con una gran red de colaboradores para lograrlo: expertos en urbanismo, ecología, biología, química, performers, músicos, etc. Todas las rutas son un poco diferentes, siempre nos centramos en las potencialidades del segmento del río que toca recorrer para esa ruta, y así evaluamos a quien invitar y cómo enriquecer al máximo la experiencia. 

Concierto junto a la banda Club del Río en el arroyo Meaques de la Casa de Campo de Madrid. © Álvaro Aulló.

¿Cómo han sentido la recepción?

Ha sido mágico, nos encanta el entusiasmo que hemos visto en torno al proyecto. La ruta piloto la lanzamos durante la Semana de la Ciencia de Madrid, donde los gestores de ese evento manejan una página web que ofrece unos 300 eventos abiertos a la comunidad. Tras la primera hora de la publicación de nuestra ruta ya teníamos a 150 personas inscritas, y desde esa apertura inicial hemos ido creciendo. Siempre tenemos lista de espera cuando publicamos un evento, claro que ahora debido al COVID, hemos estado actuando más desde el internet y las redes sociales, organizando charlas y conversatorios respecto al tema que nos convoca.

Considerando las reacciones de los caminantes ¿hay algún comentario o reacción que te haya llamado especialmente la atención? 

No deja de impresionarme que en general las personas nunca han ido a lugares que están súper cerca de sus casas. Sitios donde casi no es necesario tomar transporte para acceder a ellos y son preciosos. Por ejemplo, una vez, una persona de 60 años, que ha vivido en Madrid toda su vida, nos comentó que no tenía idea de que existía esa parte de su ciudad. Y ahí te das cuenta que la gente se mueve en ciertas rutas y no sale de ellas, no se lanza a descubrir, porque hay muchos prejuicios: crees que la ciudad es de una forma, y al no salir a conocerla no los rompes.

El profesor urbanista Javier Malo de Molina explicando sobre la fundación de Madrid y su relación con el agua en el Mirador de la Huerta de la Partida. © Álvaro Aulló.

Otra actitud que se repite, y que me llama mucho la atención es que este río de Madrid (Manzanares), ha sido siempre despreciado por ser un río de poco caudal. Aunque en realidad esa es la naturaleza de este río, más bien la de un arroyo de montaña, ya que Madrid está ubicado en una altura – a unos 690 metros sobre el nivel del mar – y, entonces, el Manzanares no es como los ríos de las grandes capitales de Europa, que llevan más caudal porque se sitúan cerca de su desembocadura. Entonces ahí me doy cuenta que no somos capaces de querer lo que tenemos, siempre estamos comparando con algo que nos han dicho que es mejor. También puede ser bonito un río somero, pero es cosa de abrir un poco la perspectiva respecto a lo que consideramos bello o valioso.

¿Estarías de acuerdo en afirmar que el caminar es un acto político? ¿Y artístico? 

Absolutamente. Saber algo sobre tu ciudad y tu contexto es un acto político, porque al tener ese conocimiento puedes hacer algo con ello. Es por eso que en Caminar El Agua nos apasiona difundir el conocimiento, para contribuir en la generación de una masa crítica que tenga una opinión sobre cómo se diseña y planifica su ciudad, y pueda empujar cambios que involucren vivir en ciudades más amables con el medio ambiente. 

Explicando sobre el Tanque de Tormentas de Butarque en el río Manzanares en la zona sur. © Álvaro Aulló.

Apuntamos a que todo lo que entregamos permee la experiencia de las personas, para que luego se vayan con la sensación de que entienden algo  porque lo vieron, porque estuvieron allí y que nadie les pueda decir lo contrario. A mi parecer, lograr esa cercanía, esa identificación y comprensión de nuestro entorno es fundamental para generar cambios de verdad.

Y artístico también, porque es un tema de sensibilización. Me interesa mucho seguir desarrollando esa parte, ese lado más táctil y corporal que implica acercarse a la naturaleza y quererla tal como es. Caminar tiene un impacto profundo en nosotros y el contacto con la naturaleza es muy sanador.

Saber algo sobre tu ciudad y tu contexto es un acto político, porque al tener ese conocimiento puedes hacer algo con ello. Es por eso que en Caminar El Agua nos apasiona difundir el conocimiento, para contribuir en la generación de una masa crítica que tenga una opinión sobre cómo se diseña y planifica su ciudad, y pueda empujar cambios que involucren vivir en ciudades más amables con el medio ambiente.

En la mayoría de los países se ha tenido la política de: sepultar los ríos para levantar las ciudades. Respecto a ello dos preguntas ¿Qué se pierde cuando se pierde la posibilidad de interactuar con el río? y ¿Cuáles son los prejuicios que cargan las personas que tienen como consecuencia la pérdida de estos ríos? 

Durante el siglo XX se construyó la ciudad contemporánea de manera bastante bruta, privilegiando entramados hostiles como ferrovías, autopistas, pavimentos y construcciones de alta densidad, que limitaron y fragmentaron el paisaje natural, y consecuentemente nos desconectaron de éste. 

Al perder este contacto cotidiano con los ríos y la naturaleza en general, se pierde calidad de vida, ya que no existe barreras o filtros naturales ante la contaminación en sus múltiples facetas: atmosférica, acústica, visual, térmica, lumínica, etc. Lo que va en desmedro de nuestra salud física pero también mental. Por otro lado, impacta en el cariño que le tenemos a nuestro entorno, el conocimiento que tenemos de este y por lo mismo la identificación y las ganas de habitarlo que sentimos. No es casual que llegadas las vacaciones exista cierta desesperación por salir de la ciudad. Me parece que el futuro es volver a conectar esos espacios verdes, entre sí y con nuestro habitar cotidiano.

Respecto a los prejuicios, una de las cosas que se repite es la asociación del río con la suciedad. Históricamente y esto es algo que comparten Madrid y Santiago se comenzaron a utilizar los cauces de agua que abastecían a las ciudades para arrojar desechos, y se creó una cultura de lo insalubre en torno al agua. Por esta razón esos cauces fueron canalizados, soterrados y finalmente borrados de la memoria colectiva.  

Lamentablemente prevalece aún ese prejuicio de que el río en la ciudad es algo sucio y feo. En Chile por ejemplo, algo que me llama mucho la atención, es que la gente piensa que el río Mapocho está sucio, y el Mapocho lleva limpio como 20 años. El otro día vi un video de Rodrigo Gendelmann en short metiéndose al río, y encontré que era una manera muy clara de derribar esos prejuicios, porque en realidad su pigmentación café se debe a que trae sedimentos y minerales de la cordillera, no a que esté sucio. Es necesario difundir este tipo de conocimiento para que los ciudadanos puedan apreciar y defender su río antes que seguir denostándolo. 

El paisaje del agua en Santiago de 1600 según el croquis de Tomás Thayer Ojeda.

Para hacernos reflexionar, nos ilustrarías con algunas de las calles de Santiago por las que solía correr el agua.

 Santiago era un valle abundante de agua. El río Mapocho, por lo que he visto en cartografías antiguas, era un río de unos 300 metros de ancho aproximadamente, lo que equivale a unas tres cuadras, era muy grande pero no tan caudaloso. Y el casco histórico de ese primer Santiago se delimitó por estos cuatro cauces: el actual río Mapocho, uno de sus brazos que bajaba por la Alameda; y sus afluentes, uno que bajaba por la avenida Brasil y otro que rodeaba el Santa Lucía. De hecho he visto mapas donde el cerro Santa Lucía era como una isla rodeada por agua. 

Algo que me alucina es que para abastecerse de agua entre medio de estos cuatro afluentes sacaron acequias que atravesaban las manzanas del casco histórico, y éstas configuraron el diseño de la ciudad, cómo se distribuían las manzanas, dónde se ponían las casas, etc. Incluso por el centro de la plaza de armas discurría una de estas acequias. Además, había un montón de pozos subterráneos asociados a este sistema de acequias. En una investigación que realicé descubrí que varios de los edificios del centro de Santiago, aún se abastecen de agua con estos pozos profundos.

¿En qué medida crees que es posible integrar los ríos a la orgánica de la ciudad? 

Veo un potencial enorme en los ríos, así como en otros accidentes geográficos naturales para trabajar la movilidad sostenible dentro de la ciudad. El concepto de Mapocho pedaleable por ejemplo, donde se utiliza el río como una figura que une varias comunas, para dar solución a un problema que en Santiago no está para nada resuelto que es el de la movilidad. Y que quizás no va a salir barato, es caro construir ciclovías, pero no tan caro como está siendo manejar el enorme problema de contaminación que está sufriendo la capital de Chile.

No solo utilizar el Mapocho, también los cerros ofrecen oportunidades muy interesantes en términos de movilidad. Así como también está la posibilidad de destapar alguno de estos arroyos que han sido soterrados y acompañarlos de sus respectivas ciclovías. Y esto no es algo tan hipotético, se ha hecho en varias ciudades. Finalmente es tomar la decisión de integrar la naturaleza y sus potencialidades para construir ciudades más amables.

La perspectiva del río Manzanares. © Álvaro Aulló.

En la entrevista para bestias del sur salvaje hablas de la ciudad como un hito que le ocurre al río en su extenso recorrido. Te atreverás a aventurar cuál podría ser la perspectiva del río de su relación con la ciudad.

Yo creo que el río piensa que la ciudad es su enemiga. Es lo único que puede pensar, si a lo largo del resto de su cauce fluye libre: con sus llanuras de inundación, con su biodiversidad. Y sin embargo, apenas entra a la ciudad, lo arrinconan, lo entuban, lo esconden, lo maltratan, le roban  su capacidad de nutrir la vida a su alrededor. Si yo fuera el río pensaría: “odio pasar por ese lugar”. 

Es una relación super conflictuada, y creo que ahora la lucha que hay que dar es por sanar esta relación, por eso la necesidad de generar conocimiento sobre el río y entenderlo, y co-crear una mejor manera de relacionarnos con él. Ahora se habla mucho, por lo menos aquí en Europa, de los derechos de los entes naturales como los ríos. Y parece ser fundamental lograr avances en estos temas, ya que es evidente todo el daño que le hemos generado a los ríos en todo el mundo. Y las repercusiones de este daño son super grandes, nos afectan directamente y ya las hemos comenzado a vivir. 

¿Se viene alguna ruta de caminar el agua en Chile?

Me encantaría, por ahora nada pero podríamos organizar algo. Quizás cuando pase un poco toda la situación covid. Es algo que siempre tengo en mente.

Imagen de portada: El paisaje del agua en Santiago de 1600 según el croquis de Tomás Thayer Ojeda.

 

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