Isabel I dejó de posar en retratos después de 1592. Uno de los factores sería la presencia de úlceras en su piel. Estas llagas serían provocadas por la cerusa, que a su vez propiciaba el uso de más polvo cosmético para disimular las lesiones. En efecto, los retratos de la reina Isabel I muestran a una mujer extremadamente pálida, “ni joven, ni vieja, sino siniestra” dice la ensayista Katy Kelleher en su libro La terrible Historia de las Cosas Bellas. Y continúa afirmando con cierto humor: “son retratos de una idea, no de una mujer”. Esta moda fue de largo aliento, la cerusa se continuó utilizando como cosmético hasta el siglo XIX.
Como podrán adivinar, el uso cosmético de blanco de plomo es perjudicial para el cuerpo humano y su uso daña el sistema nervioso y el digestivo, provoca pérdida de memoria y deterioro cognitivo. El plomo, como todos los metales pesados, persiste en el cuerpo durante décadas. En mujeres embarazadas es especialmente dañino y se ha asociado con abortos espontáneos e hipertensión. En cuanto a los signos físicos más evidentes del uso de cerusa estaban los daños a la piel, ya mencionados, y la pérdida de cabello. Por supuesto, este cosmético provoca envenenamiento y a largo plazo su uso puede llevar a la muerte.
Al parecer, la gente era plenamente consciente de la naturaleza venenosa de la cerusa. Sin embargo, esto no impidió que se siguiera usando, dice Gabriela Hernández en su libro Classic beauty: the history of makeup. Esto muestra una lógica bastante retorcida de los ideales de belleza. Aunque el uso de este pigmento era “autoimpuesto” por las damas de la época, no es menos cierto que su utilización responde a un constructo hegemónico social, que históricamente ha sido muy severo en particular con los cuerpos femeninos.
Incluso hoy en día, como señala Kelleher, un buen maquillaje puede marcar la diferencia entre conseguir un trabajo o no, lo que pone en entredicho la supuesta libertad de usarlo. El maquillaje, aunque a menudo se asocia con una valoración positiva vinculada al empoderamiento de las mujeres, sigue funcionando como un mecanismo de dominación. Sin ir más lejos, muchas páginas web de productos cosméticos advierten la presencia de trazas de plomo en sus productos. Así lo expresa el sitio de L’oreal: “los pigmentos y agentes colorantes de origen mineral, utilizados, por ejemplo, en rojos de labios, pueden contener naturalmente pequeñas trazas de plomo”. La información está allí, lo que no quita que merme su uso.
La FDA recomienda actualmente no superar los 10 μg/g (expresados en ppm) de plomo en cosméticos, siempre que esté presente únicamente “como impureza”. Es decir, la presencia de plomo en estos productos se tolera como contaminante, posiblemente porque se encuentra de manera natural en las mismas rocas a partir de las cuales se obtienen los colorantes minerales.
Aunque hoy está regulado en la mayoría de los países, esto no impide que en ocasiones se agregue plomo de forma intencional. Este metal pesado realza los colores de los cosméticos y ayuda a los productos a resistir la humedad. De hecho, durante 2022, un informe reveló que todavía hay presencia de plomo en productos cosméticos que se venden en el sureste asiático, sobre todo en el cosmético árabe llamado kohl (fino polvo negro utilizado como delineador de ojos por personas de todos los géneros), los pintalabios y los tintes de pelo (Environ Health Perspect).

El problema de tolerar trazas de plomo no radica únicamente en el uso frecuente y prolongado de cosméticos contaminados con este metal —que incrementa el riesgo de una exposición acumulativa—, sino también en la diversidad de contaminantes a los que nos vemos expuestas de manera constante (recalco el género de forma intencional). Parabenos, ftalatos (ocultos bajo la denominación genérica de “fragancias”), formaldehído, sulfatos (SLS/SLES) y BHA/BHT son algunos de los químicos tóxicos presentes en productos de skincare, bálsamos labiales, champús, cremas para peinar, esmaltes de uñas, entre otros. Nuestra exposición cotidiana a estas sustancias es altísima. Según Kelleher, se estima que una mujer promedio utiliza cada día 12 productos cosméticos que contienen alrededor de 160 ingredientes distintos.
«Se estima que una mujer promedio utiliza cada día 12 productos cosméticos que contienen alrededor de 160 ingredientes distintos».
El uso extendido de ingredientes tóxicos en la industria cosmética no solo tiene consecuencias sobre la salud humana, sino que también supone un problema serio de contaminación ambiental. Estas sustancias no desaparecen tras su uso, sino que terminan en el agua, el suelo y los ecosistemas a través de los desagües y los residuos industriales. Muchos de estos compuestos son persistentes, bioacumulables y tóxicos para organismos acuáticos, lo que contribuye a la degradación de los ecosistemas y a la alteración de las cadenas tróficas. De este modo, la cosmética basada en este tipo de ingredientes no solo produce cuerpos expuestos a una carga química constante, sino también entornos progresivamente contaminados. Es un ciclo infinito de uso, contaminación y exposición.
Este no es un llamado feminista a usar o dejar de usar productos cosméticos, sino una invitación a reflexionar sobre la belleza, la contaminación y la manera en que nuestros hábitos inciden en ambas. Pero, sobre todo, es una invitación a comprender que todo está interconectado: la salud de los ecosistemas, la salud humana, las lógicas de consumo y el sistema patriarcal que las sostiene. Quizás comprender esto sea un primer paso. Luego, por supuesto, está el de priorizar hábitos más saludables, como leer las etiquetas y elegir esos productos de cosmética natural, orgánica, vegana o también biocompatible, que nos aseguran el bienestar de nuestro cuerpo; productos que beneficien mercados locales y más pequeños. Como guía, hay algunas aplicaciones y páginas que nos pueden orientar a tomar decisiones más saludables como ewg.org/skindeep
Por último, me gustaría hacer énfasis en el ideal de la belleza como constructo cultural. Me sorprende ver cada día en redes sociales a personas cada vez más jóvenes usando muchos productos de skincare que, evidentemente, no necesitan. Me resulta preocupante que marcas como Rini, bajo el supuesto objetivo de “promover el cuidado saludable y fortalecer la confianza”, desarrollen productos cosméticos dirigidos a infantes. ¿Realmente una niña o niño necesita este tipo de productos para tener confianza en sí mismo? ¿O acaso estamos frente a un mensaje implícito que impone ciertos ideales de belleza desde edades cada vez más tempranas?
«Todo está interconectado: la salud de los ecosistemas, la salud humana, las lógicas de consumo y el sistema patriarcal que las sostiene. Quizás comprender esto sea un primer paso».
Estoy convencida de que existen formas mucho más sanas y profundas de construir la confianza en las infancias. Una de las más importantes es hacerles saber, desde temprano, que son suficientes tal como son. Fomentar el cuidado de sus cuerpos no pasa por estándares estéticos, sino por permitirles correr, jugar, ensuciarse, moverse libremente, estar en contacto con la naturaleza. Es en esa libertad, y no en el consumo, donde se construye una relación saludable con el propio cuerpo. Con esto además, estaremos contribuyendo al cuidado ambiental.
El caso del plomo es tan solo un ejemplo de los múltiples que condensan la continuidad de una lógica industrial que ha producido desastres tanto sanitarios como ambientales. El plomo en los cosméticos no es un residuo menor ni un problema aislado: es la expresión de un modelo de producción que normaliza la exposición crónica y convierte lo que se presenta como un riesgo mínimo en una forma sostenida de contaminación química del mundo que habitamos.

Referencias:
Hernández, G. (2017). Classic beauty: the history of makeup. Schiffer Publishing Ltd.
Kelleher, K. (2023). La terrible historia de las cosas bellas: ensayos sobre el deseo y el consumo. Alpha Decay.
Lewis, J. (2022). True Colors: Unmasking Hidden Lead in Cosmetics from Low- and Middle-Income Countries. Environ Health Perspect.
Imagen de Portada: ©Elisa Photography



