El jardín botánico de Quinta Normal: imaginarios yuxtapuestos para pensar el futuro

Las ruinas del Jardín botánico de la Quinta Normal son hoy un lugar mágico casi romántico que sostiene promesas oxidadas de cultura y ciencia. Lo que fuera antes el invernadero se emplaza al costado sur-poniente del Museo de Historia Natural. Ambas arquitecturas hacen juego con toda la inmobiliaria victoriana de estilo francés que componen este parque. Detrás de una reja llena de hierbas que crecen errantes sobre los fierros descascarados, se asoma el cuerpo alargado de lo que queda de esta estructura: en su centro descansa el corazón-cúpula desde donde se desprenden dos extremidades absolutamente simétricas. Lo único que sobrevive es su esqueleto metálico, mas ningún vidrio ni planta exótica se puede apreciar hoy. El único ser que lo habita es una buganvilia fucsia que crece caótica entremedio del hierro oxidado cercano a la cúpula, como un suspiro de último aliento. 

Interior del invernadero del parque Quinta Normal, Otoño del 2019 © Constanza López

Este panorama se me presenta como una oportunidad para hablar sobre lo que significa la figura del jardín botánico y el invernadero* en Chile. Así, este texto es una invitación a repasar el origen del Jardín Botánico de la Quinta Normal como el ejemplo más importante en el territorio nacional de este tipo de construcciones; una invitación a cuestionarnos bajo qué lógicas fue pensado y qué formas de concebir el mundo lo atraviesan. También es una instancia de discusión de las nuevas lecturas que deberíamos darle a estos lugares a futuro y entender qué buscamos con ellos desde nuestra posición en el globo. Quizás la figura del invernadero es una de las tantas instituciones que nos puedan ayudar a pensar un nuevo Chile, el terreno que nos permita enraizar buenas hierbas para nuestro futuro.

De Jardín Botánico Meiggs a Jardín Botánico Nacional

El invernadero de Quinta Normal no siempre estuvo en ese lugar. Sus orígenes se remontan al siglo XIX cuando Henry Meiggs —aristócrata y empresario estadounidense de origen inglés vinculado a la construcción de ferrocarriles de Chile y Perú— solicitó al arquitecto Jeese L. Wetmore la adquisición del jardín para su quinta familiar. La estructura de fierro y vidrio llegó finalmente en 1866 desde Francia y fue instalado en las cercanías de lo que hoy conocemos como Parque Almagro. Este encargo no era un hecho aislado, sino más bien una tendencia que hasta ese entonces solo estaba al alcance de los grupos históricamente dominantes o agentes colonizadores.  

La quinta Normal de Agricultura hacia 1901 © Memoria Chilena

En 1890, el invernadero de la familia Meiggs pasó a manos del Estado de Chile. De esta forma, se convierte en parte del inmobiliario de la Quinta Normal de Agricultura, antiguo nombre de lo que hoy conocemos como Parque Quinta Normal. El diseño de este recinto respondía a los cánones propios del siglo XIX que consideraban la arquitectura victoriana francesa como símbolo de belleza, sofisticación y cultura. Así entonces, la Quinta Normal de Agricultura se diseñó inspirada en el Bois de Boulogne de París, del mismo modo que el invernadero se asemejó a otros recintos europeos como la Palm House de los Kew Gardens en Londres (1844-1848) o el Jardin des Serres d’Auteuil en Paris (1834-1836). El proyecto nacional de contar con un parque educacional de agricultura se configuraba en base a las arquitecturas coloniales, es decir, respondía a intereses culturales europeos. 

En la imagen la Palm House of the Kew Gardens en Londres. Una arquitectura muy similar a la del invernadero de Quinta Normal © Kew Gardens

Si bien el responsable del jardín botánico emplazado en la Quinta Normal de Agricultura fue Rudolph Amandus Philippi naturalista alemán radicado en Chile desde tiempos de la inmigración alemana selectiva del siglo XIX, el responsable del diseño de la Quinta Normal de Agricultura fue Claudio Gay. La figura de Gay es importante no solo porque es considerado uno de los pioneros científicos de Chile, sino porque representa a la perfección lo que fueron los naturalistas de los siglos XVIII y XIX. Este historiador natural de origen francés había llegado a Chile el año 1828 atraído por la posibilidad de descubrir la flora y fauna de un territorio casi desconocido. El descubrimiento de especies botánicas era sin duda una de las características principales de la figura del naturalista. Sin embargo, estos sujetos representan algo más que un interés científico.

El naturalista Claudio Gay © Museo Nacional de Historial Natural (Chile)

Naturalistas y el sistema natural: un discurso de poder

Los naturalistas europeos eran los encargados de sistematizar la naturaleza, es decir, catalogar y dar un orden, principalmente a las regiones y ecosistemas que no estaban bajo el dominio y conocimiento de los europeos. Según Mary Louise Pratt —Doctora en literatura y lenguas española y portuguesa, y especialista en literatura de viaje e imperialismo—  “el sistema de la naturaleza en sí, como paradigma descriptivo, era una apropiación del planeta totalmente benigna y abstracta. Como no pretendía poder transformador alguno, difería mucho de las articulaciones francamente imperiales de la conquista: conversión religiosa, apropiación territorial y esclavitud”. Esto quiere decir que, aunque aparentemente inocente, la sistematización de la naturaleza de la mano de los herbolarios y naturalistas amparados bajo la disciplina de la historia natural se convirtió en un discurso impuesto en todos los territorios colonizados tal como lo hicieron los misioneros con la religión. De hecho, el sistema natural pasó por alto todas las formas de adquirir conocimiento de las comunidades indígenas locales, estableciendo así un discurso totalizante del mundo natural. 

En este sentido, la figura del invernadero en términos generales se convertía en un cúmulo de imaginarios atravesados por un discurso colonizador en el que el naturalista europeo coleccionaba especies vegetales como tesoros de conquista e imponía disciplina. Con ello, impulsaba la idea de naturaleza salvaje y exuberante de los territorios colonizados como un objeto que debía seguir “un orden construido según un plan funcional” (Bonneuil, 2002). El jardín botánico de modo general se configuró como un lugar de artificio que intenta representar a la naturaleza, pero en su significado más amplio simboliza la necesidad de descubrir y transmitir el orden del cosmos, así como también la búsqueda del Paraíso Perdido. 

Interior del invernadero del Parque Quinta Normal en 1991 © René-François Le Feuvre

A pesar de que los jardines botánicos e invernaderos eran fruto del imaginario impuesto por el sistema natural, fueron vistos de formas distintas dependiendo de si estos se encontraban en el viejo continente o en los territorios colonizados. En los siglos XVIII y XIX, estos espacios eran un depositario de lo exótico, lo conquistado, símbolo de poder y riqueza en el viejo mundo, mientras que en las colonias, donde la naturaleza se presentaba “tenebrosa” y “hostil”, se convirtieron en lugares apacibles, de control y seguridad para los colonizadores, haciendo del territorio extranjero algo familiar y acogedor. De hecho, el propio Claudio Gay en la inauguración del proyecto de la Quinta Normal de Agricultura, un 22 de febrero de 1841 dice: 

“he creído un deber unir lo útil a lo agradable, y sin alejarme de su objeto, hacer de él un jardín público, un paseo de gusto […] para despertar de este modo en los hacendados aquel gusto por el adorno y por la grandeza campestre que contribuye tanto a la felicidad de la vida del campo. Este modo de hablarles así a la vista y al corazón, es el único que podría hacerles olvidar que las grandes haciendas no son puras máquinas de productos, sino también manantiales de placeres y felicidad, y capaces además de moralizar a los campesinos acostumbrándolos a la comodidad de la vida, y a aquel bienestar que ignora.”

El discurso de Claudio Gay no solo habla del jardín como un lugar acogedor, placentero y bello, también es un espacio moralizador. La Quinta Normal de Agricultura es un lugar, por una parte, destinado a adoctrinar bajo un estilo de vida europeo a los locales que parecen no saber de bienestar y, por otro, darle un sentido utilitario a la naturaleza. Así el naturalista se planteaba como “una autoridad urbana, culta y masculina […] que elaboraba una comprensión racionalizante, extractiva, disociadora y que ocultaba las relaciones funcionales y experimentales entre personas, plantas y animales” (Pratt, 2010).

Nuevas propuestas de recuperación 

Desde 1890 hasta 1920 en que el invernadero de la Quinta Normal fue un centro de investigación científica y agrícola, se llegaron a cultivar más de 2.196 especies de todo el mundo. Árboles como el tamarindo, el jengibre, el pistacho o el fresno de flor pudieron ser vistos en el recinto, así como muchas especies de suculentas y herbáceas, tanto extranjeras como chilenas. De esta forma, el invernadero nacional le daba acogida a los tesoros de los territorios conquistados y al imaginario de lo exótico. Posteriormente, en 1922, cesó sus funciones el último Director del Jardín Botánico Nacional: Juan Soehrens. Como consecuencia, el establecimiento pasó lentamente al olvido. Ante el desinterés de casi cien años, la colección botánica del invernadero se perdió en gran parte y el edificio quedó en total desuso y abandono.

Desde ese entonces, aparecieron algunas iniciativas que tenían como objetivo recuperar este espacio. Esta vez, la intención original iba tomando otras formas. Hasta principios del siglo XIX los jardines botánicos eran de uso exclusivo de la aristocracia. Recién a finales de este período, estos lugares adquieren un doble rol: como espacio público —abierto a todos los ciudadanos— y como centros de investigación científica. Solo a mediados del siglo XX se comienza a tratar el jardín botánico como un establecimiento que tiene como fin último la conservación de especies vegetales, al mismo tiempo que se comienza a hablar de cambio climático y degradación ambiental.

En este sentido, durante los años 1990 y 1995, el invernadero de Quinta Normal fue nuevamente puesto en uso gracias a los fondos de la fundación Caritas Chile, la Municipalidad de Santiago y el Museo Nacional de Historia Natural. El recinto abrió sus puertas nuevamente, esta vez con el nombre de Conservatorio de Plantas Medicinales. El proyecto orientó su labor al ámbito educacional y contempló visitas y talleres para sensibilizar a la comunidad con el mundo vegetal. Lamentablemente el proyecto no prosperó. 

En el año 2008 se desarrolló un estudio para establecer un diagnóstico de la construcción y una propuesta para su uso. Consecuentemente, durante el año siguiente el invernadero fue declarado Monumento Nacional y al año subsiguiente el Municipio de Santiago, patrocinador de los estudios anteriores, decidió restaurar el invernadero. Este proyecto —hoy estancado— propuso una colección ex situ, definida de acuerdo con criterios que involucren: endemismo, singularidad, amenaza, belleza y utilidad. Es destacable que entre los criterios más importantes para la selección de plantas aparezca el endemismo y la amenaza, ya que son objetivos que se alejan de las lógicas coloniales como el exotismo, la belleza y el beneficio antropocéntrico. 

Las iniciativas no han sido solo de organizaciones privadas y gubernamentales. En los últimos años han surgido también impulsos ciudadanos. En este marco, se realizaron durante el 2016 las jornadas voluntarias de plantación organizadas por la agrupación EcoBarrio Yungay. En ese entonces se hizo una toma simbólica del invernadero en donde se llamó a lanzar “bombas de semillas” cuyo fin era crear un huerto urbano comunitario. La intervención dio frutos y motivó a la Subdirección de Medio Ambiente de la Municipalidad de Santiago a entregar compost y almácigos. La falta de recursos y constancia hizo que el proyecto no continuara. Hoy, sin embargo, existe una nueva iniciativa de la mano de “Vive Vivero” y “Amo Santiago”, que hasta la fecha se encuentran recolectando firmas ya van más de 15.000 con el fin de presionar a las autoridades a poner en funcionamiento nuevamente esta estructura. 

 

¿Cómo repensar el Invernadero del Parque Quinta Normal? Debe ser una de las preguntas claves para abordar la reapertura de este establecimiento © Constanza López

Las nuevas iniciativas tienen un carácter social. Ahora es la ciudadanía quien está motivando la restauración y conservación medioambiental, así como también son estos los actores sociales que están motivando el uso y apropiación de los espacios públicos. En este sentido, se abre una gran oportunidad de cuestionarnos la dirección a la que queremos apuntar con la apertura de este invernadero. Debemos preguntarnos ¿qué enfoque queremos darle? ¿cuáles son las razones para abrir y proteger una construcción originalmente colonial? ¿Qué queremos rescatar? ¿cómo reinventamos este recinto? Si tenemos el mensaje claro, la visibilización y motivación para las autoridades y privados podría ser mucho más efectiva.  

Aproximación al territorio

Actualmente, la mayoría de los jardines botánicos del mundo declaran dentro de sus objetivos un compromiso con la conservación de la diversidad vegetal y restauración ecológica. Estos establecimientos han reconocido los problemas medioambientales, la extinción y pérdida de biodiversidad y el cambio climático, cuestión que contrasta con los orígenes de estos espacios. El jardín botánico era una institución que nació para imponer un dominio sobre el paisaje, un actante propiciador de un estilo de vida eurocéntrico/antropocéntrico —en el que solo el hombre obtiene beneficios— y, en consecuencia, es profundamente extractivista. 

Los jardines botánicos e invernaderos son yuxtaposiciones que conjugan “distintos elementos en un tiempo y espacio anacrónicos” (Rodríguez, 2017). Estos espacios son el reflejo de la paradoja embrionaria que parece caracterizar a nuestra especie

En general, los jardines botánicos occidentales tienen un carácter contradictorio no solo en cuanto a ser un gran símbolo de colonización y, al mismo tiempo, de conservación, biodiversidad vegetal, concientización y educación ambiental, sino también en cuanto conjugan el espacio privado y público, las actividades de ocio con las científicas, así como también la heterogeneidad de climas y ecosistemas. Así, en un invernadero puedes pasar de la aridez del desierto a la humedad de la selva. Los jardines botánicos e invernaderos son yuxtaposiciones que conjugan “distintos elementos en un tiempo y espacio anacrónicos” (Rodríguez, 2017). Estos espacios son el reflejo de la paradoja embrionaria que parece caracterizar a nuestra especie. 

En esta época de crisis ambiental, sanitaria, política y social resultaría arcaico pensar en estos espacios como reproductores de las formas imperialistas de ocupación, apropiación y dominación. Una nueva apertura y restauración del invernadero de Quinta Normal implica reformular los viejos modelos de aproximación al territorio. Se debe pensar la conservación no desde una colección de plantas exóticas o como podemos verlo aún en países europeos “trofeos de conquista”, que sería, además de obsoleto, ridículo en nuestro territorio. Más bien, se debería partir desde la restauración de los ecosistemas locales. Apostar por la apertura de un jardín botánico que esté orientado al conocimiento de la biodiversidad que nos rodea, que dé luces de una convivencia más tolerante con el resto del planeta y entre nosotros mismos, “reconociendo que no existen ‘dueños’ de la tierra, sino meros habitantes pasajeros” (Rodríguez, 2017).

 

*En este artículo usaré “jardín botánico” para referirme al espacio e institución pensada para el estudio de plantas ya sean endémicas o extranjeras; mientras que con “invernadero” me refiero específicamente a la construcción usada para aclimatar las plantas estudiadas en un “jardín botánico”. A veces ambas palabras se pueden usar indistintamente.

Bibliografía

Barros Castelblanco, María Magdalena. (2010). El renacer del invernadero de la Quinta Normal. Una historia ligada al antiguo jardín botánico. Revista Chagual Nº8, 49-54. Santiago, Chile. Rescatado: http://www.jardinbotanicochagual.cl/wp-content/themes/chagual-2013/pdf/revista-chagual-8.pdf

Bonneuil, Christophe y (Traducción Hinke, Nina). (2002). Los jardines botánicos coloniales y la construcción de lo tropical. Ciencias 68, octubre-diciembre, 46-51. Rescatado : https://www.revistacienciasunam.com/es/busqueda/autor/85-revistas/revista-ciencias-68/731-los-jardines-botanicos-coloniales-y-la-construccion-de-lo-tropical.html

Gay, Claudio (1841) “Proyecto de un jardín de aclimatación para Santiago”. El Agricultor Nº 15. 

Muñoz Rebolledo, María Dolores, & Isaza L., Juan Luis (2001). Naturaleza, jardín y ciudad en el Nuevo Mundo. Nature, garden and city in the NewWorld. Theoria, 10(1),9-25.[fecha de Consulta 26 de Diciembre de 2020]. ISSN: 0717-196X. Disponible en: https://www.redalyc.org/pdf/299/29901002.pdf

Pratt, M. (2010). Ojos imperiales: literatura de viajes y transculturación. México: Fondo de Cultura Económica. 

Rodríguez, M. (2017). Jardín botánico, heterotopía y ciudad. Anales de Investigación en Arquitectura Vol.7, 83-96. En línea: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6670984

Vovides, Andrew P., Iglesias, Carlos, Luna, Víctor, & Balcázar, Teodolinda. (2013). Los jardines botánicos y la crisis de la biodiversidad. Botanical Sciences, 91(3), 239-250. Recuperado en 28 de diciembre de 2020, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2007-42982013000300001&lng=es&tlng=es.

Imagen de portada: Invernadero del Parque Quinta Normal © Gerardo Pedraza / Vive Vivero

0

Tu Carrito