Desde los microplásticos hacia lo micropolítico, un testimonio autobiográfico

Por Valeria Hidalgo Ruz

El presente relato es testimonial. En él narro, a partir de la trayectoria profesional y personal, el tránsito desde un trabajo en el contexto académico en ciencias naturales, hacia el trabajo de base en un colegio de sistema tradicional de escolarización. El hilo conductor de dicho proceso ha sido el pulso político por materializar ideales de un mundo ecosocial distinto, lo cual resuena hoy con más sentido desde lo micropolítico. Con este ejercicio relevo el valor de la autobiografía. Aquello que puede desmerecerse por ser únicamente anecdótico, considero que también es un ejercicio reflexivo interesante y necesario. Así también, el afán por visualizar, desde lo personal, aquellos patrones sociales que perpetuamos, y que a escala reflejan sus estructuras de base. Todo ello es sólo posible evidenciar a través de un lente político crítico. 

Valeria Hidalgo en el humedal de Batuco, año 2020. © Amanda Valdés Rosas.

Soy bióloga marina de profesión. Desde muy pequeña, alrededor de los 12 años, tuve la idea, casi por generación espontánea, de estudiar esta carrera. Cuando estaba en el momento de elegir un tema de tesis, llegó a mis manos la oportunidad de estudiar algo que en aquella época era desconocido y menos aún, estudiado: la presencia, acumulación y efectos de los microplásticos en el mar. Mi carrera se basó básicamente en la escritura de papers. Primero fue un artículo de revisión, un paper review, sobre las metodologías con las cuales se puede cuantificar este contaminante. La conclusión de este estudio fue que las cantidades que se reportan dependen directamente de cómo se muestrean, y que nos es muy difícil comparar datos si no estandarizamos. Este paper fue un hito importantísimo que me permitió hacer grandes cosas: viajar a congresos, compartir y colaborar con colegas de distintas partes del mundo y tener una línea de investigación propia, en la cual mi nombre significaba algo.

Microplásticos de playa Ovahe, Rapa Nui, del muestreo nacional de microplásticos año 2011. © Valeria Hidalgo Ruz.

Luego continué con la ciencia ciudadana. Esta es una nueva forma de ver la ciencia desde la óptica de la democratización del conocimiento. Es decir, ya no solo interesa comunicar los hallazgos científicos hechos por personas dedicadas profesionalmente a la ciencia, sino el proceso de cómo se hace ciencia: con personas comunes y corrientes que sí pueden aportar desde el simple ejercicio ciudadano de pensar analíticamente y tener la voluntad de cooperar. Desde ese momento percibí mi ejercicio profesional no tal solo como un camino intelectual, sino también como una trinchera política en la cual podía manifestar tres grandes certezas en un mar de incertezas sociales y personales. La primera de ellas: el problema no son los plásticos en el mar únicamente, sino el sistema económico social en el cual vivimos, que nos hace extraer ciegamente, consumir afanosamente y, por ende, desechar en escalas insostenibles y grotescas. La segunda: la ciencia debe salir de los laboratorios y debiese ser considerada patrimonio nacional, arraigada en sociedades en que todas las personas puedan acceder a ella, tanto en su producto final como en su proceso. La tercera de ellas quizás estuvo más intrincada y me costó un poco más de tiempo averiguar: Existe un ejercicio de poder y de ego en la Academia. 

El haber logrado un camino importante en la vida académica a tan temprana edad puede llevarte a pensar las cosas desde la superioridad intelectual-moral y la sobredimensión del imaginario social de ser científica/o. Esto lo planteo tanto desde la visión propia, como a través de lo que vi en colegas de rango superior al mío. Desde los proyectos de ciencia ciudadana pude evidenciar gestos de displicencia o de directo rechazo ante la idea de que ciudadanas/os de a pie pudiesen generar ciencia y tomar datos ¿Cómo era posible eso?, ¿dónde quedaría entonces lo relevante del profesional de las ciencias? La solución parsimoniosa a esa duda legítima, pero soberbia en algunos casos, es que no hace falta eliminar ninguno de los dos escenarios y que no son excluyentes. Podemos hacer ciencia con la gente y para la gente, respondiendo preguntas relevantes para las comunidades en las cuales nos desempeñamos.

El problema no son los plásticos en el mar únicamente, sino el sistema económico social en el cual vivimos, que nos hace extraer ciegamente, consumir afanosamente y, por ende, desechar en escalas insostenibles y grotescas.

De la academia al colegio

Dichas inquietudes ya hacían bastante eco en mi cabeza cuando llegó el momento de decidir por el siguiente paso evidente dentro de cualquier carrera académica. Hacer o no un doctorado. En ese momento también habitaba en mí la duda de si quería seguir investigando sobre un tema en particular, los microplásticos y la basura marina, o daba un paso atrás para evaluar, desde la gran panorámica, si quería también aprender o aportar desde otros lugares. A pesar de haber trabajado en ciencia ciudadana y divulgación científica, es curioso cómo a medida que avanza la especialización, también se reduce el nicho de impacto sobre el cual tu trabajo se desarrolla. Te mueves un paso al costado y eres un desconocido en un mar de nuevos expertos.

Muestreando microplásticos con estudiantes de Coquimbo, año 2011. © Científicos de la Basura.

La reflexión es mejor en el calor del hogar, por lo que me vine de vuelta a Santiago para tomar una decisión tranquila, en una especie de año sabático. Parte importante de mi vocación familiar es la educación. Mis padres fundaron un colegio en la comuna de Quilicura, comuna en la que nací y viví hasta salir del colegio, y mi hermano es profesor de arte. En aquel mismo colegio donde yo estudié la enseñanza media, me acogieron de vuelta para desarrollar un proyecto que llamamos: Proyecto Mapa. Esta iniciativa persigue mapear el tan manoseado concepto de la educación integral, y propone una puesta en práctica de ello en la escuela. 

Todos los años que pasé por la investigación me sirvieron para desarrollar un pensamiento analítico lo suficientemente capaz de identificar y combinar la estructura de funcionamiento de distintos sistemas, sea un sistema marino o un sistema escolar. Dicho proyecto me abrió las puertas para reconocer en la educación algo completamente distinto a lo que yo conocía. Así, me desarrollé en diversos intereses, trabajé con equipos y en ideas multidisciplinarias. Fue por ello que mi periodo “sabático” de las ciencias se transformó en una renuncia a dicho camino, y una vuelta de motores completa para enfocar mis intereses en la educación. De esta forma, entré a un programa de pedagogía para licenciados y me sumé de forma estable en el proyecto escolar de mi familia, que hoy es territorio-receptáculo de los modelos de extracción, la cultura del desecho y las zonas de sacrificio. Esto para mí tampoco es casual. 

Enseñando a escolares de la región de Coquimbo sobre microplásticos, año 2014. © Científicos de la Basura.

Renunciar a la vida cerca del mar para llegar de vuelta a Quilicura fue un proceso de adaptación, pero de profundo entendimiento que el impacto social de las ciencias y de cualquier disciplina se hace conociendo el territorio en el cual ejerces tu trabajo. Esto también era parte de mis objetivos anteriores, cuando trabajaba como científica, sin embargo, se hace mucho más latente y palpable cuando trabajas directamente con una comunidad. Así fue que abandoné el camino rimbombante del catalogarme como investigadora, conveniente por su alto grado de aprobación intelectual, por uno de mucho menor valoración social: el de profesora

El impacto social de las ciencias —y de cualquier disciplina— se hace conociendo el territorio en el cual ejerces tu trabajo. Lo que se hace mucho mas latente y palpable cuando trabajas directamente con una comunidad. 

Este cambio también hacía relación con las tres grandes conclusiones a las que había llegado tiempo atrás: Hay que atacar el modelo extractivista desde su origen, la ciencia es para todas/os, hay que cuidarse de que el ego te invada. Justamente esto representa la figura de ser profesora para mí, poder ocupar los espacios formales de divulgación científica en este caso la clase de ciencias para desde allí accionar hacia otras formas de visualización del trabajo y el proceso científico. Además, desde este lugar también se pueden generar espacios de reflexión sobre las formas de vida y las estructuras sociales que las permiten y fomentan. Curiosamente, en la pedagogía ocurre algo muy interesante pero ingrato. La educación pareciese ser la solución a todos los males sociales, pero al mismo tiempo es el campo laboral en el que no se dignifica ni se aprecia la labor de los profesionales que la llevan a cabo. 

Investigar sobre el ejercicio de educar

La vuelta interesante de todo esto es que hoy en día estoy pensando en volver a la investigación, pero desde la educación propiamente tal: investigar sobre el educar. Esto porque, aun cuando aquí he manifestado mis reparos con el sistema académico, mi idea no es menoscabar a quienes hacen política y accionan desde allí. En dicho espacio yo encontré grandes propósitos y pasiones, desarrollé herramientas que hoy forjan mi carácter y mi trabajo. Sin embargo, es uno más y debe articularse en el complejo entramado social, situarse en su territorio y permear fuera de la esfera jerárquica de quienes lo componen. 

Estudiantes del Colegio San Adrián junto al profesor Benjamín Castro. Indagan sobre especies de aves en humedal Küla Kura (O’Higgins) de la comuna de Quilicura, año 2019. © Valeria Hidalgo Ruz.

Mi propósito es evidenciar que en una sola vida se pueden activar procesos desde distintas veredas, y que todas las miradas suman a la construcción general de un mundo para el buen vivir de todas/os las/os seres. Por tanto, desde las decisiones personales, podemos buscar espacios para cuestionar los modelos de desarrollo, y explicitar la urgencia por sumar todas nuestras capacidades intelectuales y pasionales en generar propuestas. En mi caso particular, haciéndome cargo en términos concretos de aquella idea-lugar común de que “mejorando la educación, mejora la sociedad” e invirtiendo todos mis recursos intelectuales en materializar dicho propósito. 

Este devenir ha sido un camino de deconstrucción, aprendizaje permanente y no libre de miedos. Cada persona puede encontrar la o las veredas desde donde construir y articular colectivamente, mirando con ojo crítico los espacios tradicionales del poder hegemónico intelectual. Mientras tanto, idealmente encontrándose con textos y personas que también estén en búsquedas y caminos similares. En mi caso, desde los microplásticos, ahora procuro activar desde lo micropolítico, para que muchas microacciones terminen por cambiar el modelo a macroescala. 

La ciencia debe salir de los laboratorios y debiese ser considerada patrimonio nacional, arraigada en sociedades en que todas las personas puedan acceder a ella, tanto en su producto final como en su proceso.

Sobre la autora:

Valeria Hidalgo-Ruz es oficialmente bióloga marina, profesora de biología y magíster en ciencias del mar. Sin embargo, se considera a sí misma una naturalista del siglo XXI (amante de paisajes y de internet) y una aprendiz constante de sus estudiantes y colegas. Persigue entender la dinámica naturaleza-sociedad y su complejidad, la que ha abordado desde la educación, la ciencia ciudadana y la divulgación eco-científica. Tiene principal experiencia en investigación ecológica (sobre basura plástica marina) y en educación escolar (docencia y gestión de proyectos de innovación).

 

Imagen de portada: microplásticos © phys.org

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