Alianza Gato Andino: una mirada desde la Educación Ambiental

Por María José Merino y Mauro Lucherini, Alianza Gato Andino (AGA)

Mi nombre es María José, pero todos me conocen como Marijo. Trabajo como docente de Biología, y llevo en el alma la Educación Ambiental, tarea que he desarrollado principalmente como miembro de la Alianza Gato Andino (AGA), una red multinacional e interdisciplinaria que se encuentra conformada por miembros de los cuatro países, donde habita la especie: Argentina, Bolivia, Chile y Perú. Todas mis campañas educativas sobre el gato andino las hice en compañía de Mauro, mi marido, quien también es miembro de AGA. Por esta razón, cuando decidí escribir esta nota, lo primero que se me ocurrió fue preguntarnos ¿qué es lo primero que nos viene a la mente, cuando pensamos en esos viajes?

Una captura nocturna del gato de los pajonales (Leopardus colocolo), el que co-habita con el gato andino (Leopardus jacobita). © AGA.

Siento que el corazón late más fuerte pensando en el día que comencé a visitar los lugares donde vive el gato andino (Leopardus jacobita) y compartí mis primeras experiencias con las personas que viven en esos lugares tan hermosos e inhóspitos al mismo tiempo. Lo primero que recuerdo son esas miradas de los niños y niñas atentos y curiosos, con oídos «más grandes» por su gran deseo de aprender y escuchar sobre este animal. Y lo que nunca olvidaré son sus sonrisas simples y sinceras que nos llenaron el alma!

Mauro, por su parte, recuerda “todos esos kilómetros recorridos en vehículos precarios sobre caminos de tierra para llegar a pueblitos minúsculos, donde la escuela es el edificio más grande e importante, apenas visibles en la inmensidad de los paisajes de la Puna argentina”. Al igual que yo, destaca “la sorpresa en los ojos de los chicos y chicas al vernos llegar y al descubrir que íbamos a pasar unas horas con ellos. Siento como si fuera real en mi piel y mis ojos la fuerza de los rayos del sol que la atmósfera sutil de los 4000 metros de altura no logra filtrar eficazmente. Uno de los momentos que no puedo olvidar es cuando uno de esos jóvenes de ojos y pelo de un color negro tan oscuro como un pozo se me sentó al lado y después de un rato se animó a tocar mi pelo, para ver cómo se sentía un cabello más claro y tan raro!, lo que confirmó la necesidad vital de saber construir pacientemente puentes que permitan superar las aparentes distancias culturales que nos separan de las comunidades locales de las zonas alto andinas».

Marijo y Mauro realizan educación ambiental como miembros de la AGA, una red multinacional e interdisciplinaria que se encuentra conformada por miembros de los cuatro países, donde habita la especie: Argentina, Bolivia, Chile y Perú. © AGA

Hacer Educación para la conservación en estas escuelas rurales de tiene principalmente que ver con las ganas de compartir, de intercambiar experiencias vivenciadas y de libros. ¡Esta es la lección principal que nos llevamos! Nuestros materiales y estrategias educativas son importantes, por supuesto. Los estudiantes de esas escuelas y sus docentes estaban fascinados cuando recibían nuestros coloridos libritos contando la historia de Almita la Gata Andina. Los juegos como la red alimentaria, las obras de teatro y títeres, en las plazas o patios de las escuelas, nos permitieron llegar a esas mentes curiosas y despertar el interés acerca no sólo de los aspectos biológicos de nuestro gato andino, sino también de los sentimientos que afloran acerca de la naturaleza y de nuestras actitudes frente a ella. 

Sin embargo, de inmediato comprendimos que ir a entregar material educativo –por más atractivo que fuera- y dar una charla de una hora no tenía sentido, si realmente queríamos dejar una huella. Estamos convencidos que si algo quedó en las mentes y corazones de estos niñas y niños fue que los hicimos sonreír, los escuchamos, intercambiamos aromas y sabores de sus sencillos platos típicos, estuvimos durmiendo en las mismas cuchetas donde ellos pasan esas largas noches en las que la temperatura desciende todo el año por debajo de los cero grados. 

Los estudiantes y sus docentes recibiendo los coloridos libritos contando la historia de Almita la Gata Andina. © AGA

Por años, cuando podíamos recabar un tiempo en nuestras actividades laborales, fuimos a muchos de esos lugares remotos con el objetivo de ayudar a conservar a este gato amenazado de extinción y al resto de las especies que comparten con él los ecosistemas alto-andinos. Nuestra intención era contribuir a hacer del mundo un lugar mejor, queríamos “cambiar las cosas”. Sin embargo, fue el gato andino, los niños y las niñas que comparten su “hogar” con él que nos cambiaron a nosotros. Sentimos que fue mucho más lo que aprendimos que lo que enseñamos.

Para nosotros el gato andino, aunque no deja que lo observemos a menudo, es el alma de los Andes, de esos paisajes duros y grandiosos, de la biodiversidad que se encuentra únicamente ahí (rica en especies endémicas), pero sobre todo es el alma de esos pequeños pueblos y sus comunidades, personas que no saben de tiempo, que conocen los sonidos más puros y respiran la verdadera pureza de la vida. 

El gato andino tiene adaptaciones morfológicas especiales a estos ambientes únicos. Su cola larguísima y gruesa, por ejemplo, le permite mantener el equilibrio durante las locas persecuciones de los chinchillones (su presa principal) entre roquedales y paredes rocosas y le ayuda a recuperarse del frío de las noches. Su pelaje gris con estrías marrones lo mimetiza perfectamente en los hábitats casi sin vegetación en los que se mueve sigiloso. De forma parecida, las comunidades de las regiones puneñas han desarrollado tradiciones y formas de vida que les han permitido vivir y desarrollar una rica cultura a pesar de los desafíos de un medio ambiente caracterizado por mucha aridez, escasa productividad y condiciones casi extremas.

El gato andino tiene adaptaciones morfológicas especiales a estos ambientes únicos. Su cola larguísima y gruesa, lo que le permite mantener el equilibrio durante las locas persecuciones de los chinchillones. © AGA

Compartir con los alumnos y alumnas, los profesores y profesoras, el personal no docente esos días y esas noches nos enseñó a dejar de sentir a la Puna como un lugar hostil y lejano y a empezar a formar parte de él, como un gran entramado de relaciones únicas. Si pudimos llegar con vehículos precarios y entre caminos sin señales a esos lugares lejanos…. ¡esa era la señal! Algunos de estos jóvenes, inspirados por nuestras actividades, tomarán la decisión, una vez adultos, de buscar alternativas de desarrollo más compatibles con la conservación de la naturaleza, y así nuestros esfuerzos habrán sido recompensados.

Compartimos una gran diversidad de recursos (algunos disponibles en formato papel y otros audiovisuales), pero muchos otros aprendizajes sólo quedaron grabados en nuestras mentes y en nuestros corazones. Abrimos la puerta a las emociones en cada una de nuestras actividades porque cada niño o niña pudo expresarse desde la lectura, la pintura, las actividades lúdicas; compartimos el conocimiento científico sobre esta especie tan maravillosa y su entorno y aprendimos a involucrarnos con el equilibrio del entorno. Hasta un herbario nos fue regalado en una oportunidad con las plantas de uso medicinal y a las cuáles recurrimos cuando tuvimos dolor de cabeza, tos o resfrío y hasta náuseas.

Ahora, si tratamos de imaginar cuando será la próxima vez que volvamos a reencontrarnos, nos damos cuenta que, si bien cada visita es única, lo que sabemos es que siempre hay algo que estará: son esos oídos y ojos tranquilos y profundos, esas sonrisas tímidas y sinceras, y el deseo, mutuo, de compartir!

Marijo compartiendo y enseñando sobre el gato andino. © AGA

Encuentra todo el material didáctico y la información en www.gatoandino.org

Sobre los Autores:

María José Merino y Mauro Lucherini son investigadores y educadores ambientales y miembros de Alianza Gato Andino (AGA). Además conforman el Grupo de Ecología Comportamental de Mamíferos – INBIOSUR – CONICET y la Universidad Nacional del Sur, Argentina. 

Foto de portada: Gato andino. © Galería AGA.

 

 

 

 

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