Por Mauro Aranciaga Rolando y Ana Paola Moreno Rodríguez Emplazada en el Alto Valle de Río Negro, al sur de Argentina, se encuentra General Roca rodeada de chacras, sembradíos y cultivos. El resultado es un paisaje donde predomina lo verde. Sin embargo, este valle está rodeado por la estepa patagónica la cual es principalmente gris […]

Por Mauro Aranciaga Rolando y Ana Paola Moreno Rodríguez

Emplazada en el Alto Valle de Río Negro, al sur de Argentina, se encuentra General Roca rodeada de chacras, sembradíos y cultivos. El resultado es un paisaje donde predomina lo verde. Sin embargo, este valle está rodeado por la estepa patagónica la cual es principalmente gris y de colores pardos, lo que hace que Roca parezca realmente un oasis dedicado al cultivo de frutas y la fabricación de vinos.

Esa estepa gris que rodea la ciudad posee incontables riquezas que muchas veces pasan desapercibidas, como su fauna y flora única, su gente amable y generosa o sus cerros y hondonadas llenos de fósiles. Y es por esta última razón que llegamos a este lugar, con una meta clara pero de alguna manera incierta.  

Once integrantes del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los vertebrados (LACEV) recorrimos en tres vehículos 1100 kilómetros, desde el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” en Ciudad Autónoma de Buenos Aires hasta el Museo Patagónico de Ciencias Naturales de General Roca donde pasamos la primera noche durmiendo a los pies de reconstrucciones de dinosaurios en vida. Eran justamente los dinosaurios el motivo de nuestro viaje, exploraríamos ciertas capas de rocas que datan de unos 70 Millones de años, es decir, de la última parte de la “Era de los Dinosaurios”.

El campo Arriagada, zona fosilífera. © Marcelo Isasi.

A la mañana siguiente nos abastecimos con alimentos frescos y otros insumos que necesitaríamos en el campo y así emprendimos la última parte del recorrido: unos 70 kilómetros. Poco después de salir de Roca, la ruta se vuelve un camino rural de tierra con poco mantenimiento y difícil de transitar. Mientras más nos alejábamos de la ciudad, la vía se volvía más agreste, más angosta y llena de pozos. Al llegar al campo de la familia Arriagada pasamos por su casa y luego de una afectuosa bienvenida, Diego (uno de los 5 hijos de Alberto “Beto” Arriagada) nos indicó a caballo el mejor camino para llegar a la zona fosilífera o Cerro Matadero como le llaman ellos a esta área.

Quizás ustedes se pregunten ¿Cómo hicieron para saber de ese yacimiento en un lugar tan recóndito y grande como Patagonia? Lo que nos llevó a este lugar específico fue el trabajo previo del paleontólogo Fernando Novas y el técnico Marcelo “Chelo” Isasi. Ellos, en 2010, durante un corto viaje buscando nuevas zonas con potencial fosilífero, se propusieron ir de tranquera en tranquera preguntando a la gente si sabían de la presencia de fósiles en sus estancias. Después de mucho preguntar dieron con el campo de los Arriagada. Según Fernando y Chelo, todos los lugareños comentaban la gran cantidad de fósiles que había “en lo de Beto”. Tan pronto como llegaron, sus ojos comprobaron que, en efecto, la zona estaba repleta de fósiles. Con esta “promesa” en mente continuamos nuestro camino.

Una vez que Diego nos indicó el camino, ya sólo nos separaban 10 kilómetros de los fósiles y de nuestro destino. Sin embargo este tramo nos iba a tomar dos días enteros y múltiples viajes, ya que surgió un gran obstáculo: después de unos 50 años de desuso, este camino había sido tomado por la naturaleza. Plantas espinosas (alpatacos), cárcavas y enormes pozos cubrían lo que ahora era una débil huella. Por esta razón, sólo pudimos usar la pick-up 4×4 mientras los otros dos vehículos tuvieron que quedar abandonados durante 10 días. Cargamos la camioneta con una montaña de cosas, y Chelo empezó a conducirla lentamente entre enormes arbustos espinosos, cárcavas y zanjones, mientras los demás abríamos camino rápidamente con palas y picos. Desmalezamos y alisamos el camino durante todo el día, con esfuerzo, bajo el sol patagónico abríamos paso a la camioneta que terminaba desplazándose unos pocos metros y continuamos así hasta que cayó la noche. Bajo el cielo estrellado y muchísimo frío tuvimos que improvisar un campamento, compartir carpas, hacer fuego y cocinar. 

La camioneta entre la vegetación sobre la que tuvimos que abrirnos camino. © Sebastián Rozadilla

A la mañana siguiente desayunamos temprano y continuamos haciéndonos camino entre el terreno salvaje. Al tercer día de expedición después de hacer 10 kilómetros a pico y pala, varios viajes para traer todos los insumos desde los demás vehículos y unas horas de organizar, el campamento quedó finalmente armado. 

¡Por fin empezaba la búsqueda de fósiles! Todos los días caminábamos un kilómetro hasta el Cerro Matadero. Una vez allí, pactábamos una hora para el almuerzo y dejábamos las mochilas partiendo a explorar o extraer fósiles dependiendo de las tareas de cada uno. Para el almuerzo nos juntábamos todos y descansábamos bajo alguna sombra —si teníamos la suerte de encontrar una— y contábamos sobre los hallazgos hechos hasta el momento. Al finalizar la jornada, emprendíamos la vuelta al campamento. Allí, entre mates y snacks, compartíamos anécdotas y disfrutábamos de los hermosos atardeceres de la zona. Más a la noche, con una fogata de por medio, cocinábamos, catalogábamos los fósiles y charlábamos.

Los primeros días fueron despejados y cálidos, muy cálidos (mientras estaba el sol) y desde el comienzo los restos fósiles fueron abundantes aunque muy fragmentarios, en general pertenecientes a plantas, hadrosáurios (dinosaurios herbívoros con hocico parecido al de los patos) y saurópodos. Poco a poco fueron apareciendo restos más completos y pudimos rescatar una gran variedad y cantidad de dinosaurios herbívoros, siendo al menos 4 tipos distintos; lo que nos mostró que, al igual que algunos ambientes actuales como la sabana africana, varias especies de herbívoros convivían en un mismo espacio.

La forma en la que realizamos la recolección de fósiles depende del caso y sobre todo de las características y el estado de preservación de los restos, así como también del lugar donde nos encontremos. Sin embargo, el método más usado es el de “bochón”.

Un bochón es una carcasa de yeso en la que se envuelve el material. Para esto, primero se cava alrededor del fósil un pozo o zanja, la cual se va profundizando hasta que el mismo sólo se sostenga por un pequeño pedestal generando una forma similar a un hongo. Este “hongo” se envuelve con papel higiénico para evitar que el yeso penetre en grietas y fracture el hueso. Luego, se aplica la primera capa de yeso, se embebe tela arpillera en yeso y se envuelve el fósil con la misma para darle rigidez a la carcasa, y se aplica una segunda capa de yeso. Para terminar, cuidadosamente se quiebra el pedestal de roca que sostiene al fósil. Luego se le da vuelta y se desbasta la roca para alivianar peso. Finalmente, se cubre con yeso esta parte cerrando el bochón y queda listo para transportar hasta el museo.

Ocaso patagónico. © Julia Soledad D’angelo.

En medio de un día de extracción el cielo empezó a nublarse rápidamente, fue impresionante ver cómo se acercaban enormes nubes oscuras sobre un cielo que podíamos ver sin interrupción alguna. Pensamos que en cualquier momento se desataría una fuerte tormenta, pero cayeron sólo algunas gotas antes de que volviéramos al campamento. A este episodio le siguieron dos días de lluvia y frío, en los cuales tuvimos que limitarnos a quedarnos en la carpa comedor a tomar mates, hacer tortas fritas, jugar a las cartas y contar historias.

Después de los días de lluvia vino uno de espesa niebla en el que salimos a continuar con la extracción de materiales que ya habíamos encontrado y en búsqueda de nuevos hallazgos. Fue así como caminando, con la vista atenta en el suelo, en el tope de un barranco a unos 30 metros de altura, logramos ver algunos fragmentos que llamaron nuestra atención. Seguimos estos restos hacia arriba de la lomada y aparecieron huesos más completos cuyo color café oscuro y textura brillosa contrastaban con el ambiente gris y opacado por la niebla. Si bien el material ya era interesarte en ese momento, sólo la preparación (limpieza) en el laboratorio permitió hallar bajo el sedimento rocoso parte de un cráneo de dinosaurio hermosamente preservado y ornamentado.

Al día siguiente regresamos al lugar para terminar de extraer huesos de este animal (parte de la cintura pectoral), que permitirían caracterizarlo como un dinosaurio carnívoro de unos 4,5 metros. Pariente de Carnotaurus y Skorpiovenator, es el más pequeño de los abelisaurios conocidos, un adulto según lo indican los estudios de sus tejidos. Este pequeño y bellísimo ejemplar fue llamado Niebla antiqua¹.

Parte de la extracción del Niebla antiqua. Recolección de fósil por medio de la técnica del bolchón. © Julia Soledad D’angelo.

Gracias a campañas paleontológicas como esta (que son sólo una fracción del proceso científico), podemos recolectar evidencias de la vida que existió en la antigüedad, para posteriormente interpretarlas y así reconstruir el pasado remoto, aquello que ninguno de nosotros (los humanos) pudimos presenciar pero que, a pesar de su abrumadora lejanía, puede ser rastreado a través de y gracias a las rocas que han resguardado, de manera borrosa, la “memoria” física de la vida. La paleontología y la geología se dan la mano para dar sentido cronológico, biológico y ecológico a los seres antiguos y los ambientes que habitaron, así, por ejemplo, podemos saber que aquel paraje patagónico de clima extremo y vegetación arbustiva donde hallamos a Niebla contrasta con el paisaje que caminó junto a sus coetáneos, con climas mucho más cálidos y húmedos, con ríos caudalosos y predominio de bosques con árboles de gran porte. 

La paleontología y la geología se dan la mano para dar sentido cronológico, biológico y ecológico a los seres antiguos y los ambientes que habitaron.

Al cabo de los días de esta campaña se sumó un integrante al equipo, celebramos un cumpleaños doble, hicimos un asado, torta y arepas, nos reímos a carcajadas y nos tomaron por sorpresa escorpiones, una viuda negra (Latrodectus mactans) y una yarará (Bothrops ammodytoides), a la par que encontrábamos fósiles de tortugas, peces, aves y cocodrilos, los seres que habitaron la región 70 millones de años atrás.

Con estos materiales emprendimos el regreso en una pick-up llena de fósiles y personas. Dos viajes fueron necesarios para que todos llegáramos con nuestras mochilas, carpas y herramientas al lugar donde quedaron los dos vehículos abandonados. Así regresamos al Museo de Roca donde pudimos por fin darnos una merecida y muy necesaria ducha y descansar bajo techo. 

 Reconstrucción del Niebla en su hábitat. © Sebastián Rozadilla.

Si visitan el Museo Argentino de Ciencias Naturales, seguramente nos encontrarán preparando fósiles, analizando tomografías, comparando materiales con huesos de animales actuales o de otros dinosaurios, o discutiendo con nuestros colegas para desentrañar los misterios de estos animales y plantas que han viajado en el tiempo para darnos una idea de cómo era el mundo. Atravesando la vastedad de la existencia, la paleontología nos permite reconstruir aquello que sólo podemos ver desdibujado por la niebla del tiempo.

Gracias a campañas paleontológicas como esta, se puede recolectar evidencias de la vida que existió en la antigüedad, para posteriormente interpretarlas y así reconstruir el pasado remoto. © Lucas George.

 

Sobre los autores:

Alexis Mauro Aranciaga Rolando es Biólogo orientado en Paleontología en la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente esta haciendo su doctorado en un grupo en particular de dinosaurios carnívoros de Patagonia: Los Megaraptóres. Aún así, su interés va más allá y también ha realizado investigaciones en anfibios y serpientes fósiles. Su mayor pasión es realizar expediciones a Patagonia para extraer nuevas especies fósiles pero también estar en contacto con la naturaleza, vivir nuevas experiencias y conocer historias. Su meta como científico es desentramar varios aspectos aún desconocidos sobre la vida de los dinosaurios e inspirar nuevas generaciones de científicos a lanzarse a la naturaleza a entender sus misterios.

Ana Paola Moreno es colombiana viviendo en Argentina, pedagoga infantil de la Universidad Distrital. Técnica en paleontología en el Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (LACEV).  Le gustan las papas fritas, los tetrápodos basales y escribir de vez en cuando. Tiene un blog de paleontología para todo público donde pueden encontrar publicaciones similares a ésta.

 

¹ Aranciaga Rolando, et al. 2020. A new medium-sized abelisaurid (Theropoda, Dinosauria) from the late cretaceous (Maastrichtian) Allen Formation of Northern Patagonia, Argentina. Journal of South American Earth Sciences.

Foto de portada: © Boukaih KeIj.

Anillos de Crecimiento: Árboles y Paleontología

Por: Ana Paola Moreno Rodríguez Así como antes de tocar un árbol le pido permiso, antes de hablar de ellos, les hago una reverencia – al menos lo intento- con este pequeño texto: Revolución Tipuánica Un día los tipuana se tomarán la cuidad. Hastiados del ruido, la polución, los perros que les mean las patas […]

Por: Ana Paola Moreno Rodríguez

Así como antes de tocar un árbol le pido permiso, antes de hablar de ellos, les hago una reverencia – al menos lo intento- con este pequeño texto:

Revolución Tipuánica

Un día los tipuana se tomarán la cuidad. Hastiados del ruido, la polución, los perros que les mean las patas y las mutilaciones que sufren cada invierno, dejarán de inclinarse hacia la calle y entrarán por las ventanas, dejarán de temerse unos a otros y se entrelazarán por sus ramas floreciendo de amarillo; entonces las mujeres y los hombres al levantar sus rostros verán solo raíces, al entrar a sus cocinas a calentar agua, encontrarán raíces floradas dentro de sus pavas y al dirigirse a sus camas, serán las raíces superiores de los tipuana su colchón y su manta. A ellos se unirán los sindicatos de jacarandás, ombúes, paloborrachos e incluso los solitarios ginkgos, y continuarán así, en su pacífica protesta hasta que algún porteño decida leer todas sus hojas.

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Paleodendrocronología y paleodendroclimatología, qué palabras más largas, pero maravillosas al ser pronunciadas. Ya verán que no es tan complicado.

Paleo: antiguo
Dendron: árbol
Cronos: tiempo
Logos: estudio
Clima: conjunto de condiciones atmosféricas que caracterizan una región (temperatura, precipitaciones, humedad, viento, presión atmosférica, nubosidad e insolación)*.

Es bien sabido que los troncos de los árboles en corte transversal poseen anillos que indican sus años de vida, estos se forman debido a su mecanismo de crecimiento. Todas las plantas tienen un crecimiento primario: su altura aumenta gracias a la producción de células en el extremo superior, así, si clavamos un cartel en un árbol, cuando este crezca, el cartel permanecerá a la misma altura siempre, porque el crecimiento se da sólo en las puntas del tronco y las ramas.

Paleodendrocronología y paleodendroclimatología, que palabras más largas, pero maravillosas al ser pronunciadas. Ya verán que no es tan complicado.

Algunas plantas, tienen además un crecimiento secundario, que produce el aumento del grosor del tallo, formando así un leño. Este crecimiento es radial, debido a la producción de células que conducen los productos necesarios para la realización de la fotosíntesis (proceso por el cual las plantas se nutren), este tipo de crecimiento hace que si clavamos un cartel, al cabo de unos años, el árbol se lo irá “tragando”. Seguramente alguna vez han visto árboles que parecen haber absorbido alambres, rejas o tutores que fueron puestos para contener o mantener erguida a la planta.

Fotografía y planta “comecables” Crédito: Daniel Pérez Quintana.

El crecimiento secundario o radial varía a través de las estaciones. En la primavera los árboles tienen su mayor crecimiento (leño temprano), con la producción de células que mueren dejando cavidades, a manera de tubos, por las que circula el agua; este crecimiento se va reduciendo paulatinamente, produciendo en el verano células con espacios más chicos (leño tardío). Durante el otoño los árboles pierden las hojas –lugar donde sucede la fotosíntesis- y duermen tranquilos hasta la próxima primavera. Esta sucesión de células, con sus diferencias de tamaño y cantidad, generan un leño temprano amplio y claro, y un leño tardío menos espaciado y más oscuro; este cambio es gradual, pero es más drástico entre el final de un leño tardío y el comienzo del nuevo leño temprano, es decir, entre el fin de un verano y el comienzo de la próxima primavera, este límite neto es lo que puede observarse a simple vista como anillos concéntricos.

Anillos de crecimiento, aspecto general. Crédito: Rojas-Badilla et al. 2017.
Anillos de crecimiento bajo el microscopio. Observen cómo disminuye el tamaño de las células en la secuencia. Crédito: Rojas-Badilla et al. 2017.

Así, cuando un tronco es cortado, podemos saber cuántos años tenía. Pero ¿qué más pueden decirnos estos anillos?

Dendroclimatología

El estudio de los anillos de crecimiento permite reconstruir el clima de un lugar determinado con el fin de analizar, por ejemplo, sus cambios a través del tiempo y establecer modelos predictivos.

Los anillos varían en su forma y tamaño por las condiciones ambientales en las que se originan. Si las condiciones son favorables, el leño temprano se desarrollará óptimamente, mientras que, por ejemplo, en épocas de sequía el leño temprano será más breve. La sucesión de varios anillos nos hablará de las variaciones, o estabilidad, del clima a través de los años. Si los anillos resultan muy similares entre sí, estaríamos frente a un clima que conserva sus condiciones periódicamente, mientras que si los anillos son muy dispares, el clima en los diferentes años fue muy cambiante1.

De este modo, podemos analizar el clima de un lugar determinado. Será necesaria una gran cantidad de cortes de árboles para confrontar y corroborar la información (existe un banco de datos). Si bien los árboles pueden tener edades diferentes, los patrones de los años compartidos serán similares. Cuando se solape esta información podrá representarse cronológicamente la información obtenida de esta manera. Este solapamiento se realiza con base en mediciones de cantidad y diámetro de las células, grosor de las paredes celulares y la transición entre los anillos2, datos que son analizados estadísticamente con el fin de estudiar sus patrones y traducirlos en las condiciones ambientales en las que se formaron.

Estos estudios son útiles para analizar el cambio climático. Gracias a la longevidad de los árboles podemos llegar a obtener información climática de épocas de las que no tenemos registros de la temperatura y corroborar o calibrar la información respecto a las mediciones sobre las cuales sí hay registro.

El estudio de los anillos de crecimiento permite reconstruir el clima de un lugar determinado y analizar sus cambios a través del tiempo.

Estudios en anillos de  crecimiento y otros análisis basados en diversas fuentes de información (corales, sedimentos marinos, depósitos minerales en cuevas [espeleotemas], entre otros) son coincidentes y han llevado a que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) concluyan que ha habido un aumento de temperatura atípico a partir del siglo XX, en comparación con siglos fríos como el XVII y comienzos del XIX, y cálidos como el XI y comienzos de XV3.

Uno de los objetivos de la paleontología es poder conocer los ambientes del pasado, no sólo los seres vivos en sí mismos, sino sus formas de vida e interacciones con el medio en el que habitaban, para tener una imagen lo más completa posible de “los mundos antiguos”. Para ello, la paleodendrocronología puede ayudarnos: estudiando los anillos de crecimiento de los troncos fósiles es posible corroborar o confrontar información obtenida por otras fuentes, haciendo más precisa la reconstrucción que se hace de determinado ambiente.

Así se observan los anillos de crecimiento en un tronco fósil. Conífera del Cretácico Tardío. Grupo Neuquén, Argentina. Crédito: Ezequiel Vera.

Como ejemplo, para la cuenca Araripe (Brasil), durante el Cretácico se había considerado, entre otras cosas debido al tipo de rocas presentes, un clima seco y cálido sin mayores variaciones estacionales; sin embargo, el estudio de los troncos fósiles permitió darle más precisión a la reconstrucción ambiental interpretándolo como un lugar de clima inestable con alternancia entre periodos secos y húmedos típicos de zonas tropicales4.

Si bien, hay condiciones, como incendios, patógenos, congelamiento5 u otras situaciones estresantes, que pueden afectar el crecimiento de los árboles y alterar el desarrollo de los anillos, los troncos (tanto actuales como fósiles) poseen un registro invaluable, una huella digital compartida con sus vecinos, que la dendrocronología ha utilizado acertadamente al tiempo que ha perfeccionado sus métodos de estudio.

Como las gitanas leen las líneas de la mano,
larga vida
corto amor
bajo el microscopio los anillos de los árboles,
larga vida
largo amor.

Ardientes tipuanas de verano, 2014. Crédito: Ana Moreno.

Notas y Referencias

*Definición de Espasa, enciclopedia digital.

1Bradley, S. Raymond. Paleoclimatology: Reconstructing Climates of the Quaternary, Third Edition. 2015.

2Wheeler, E. et al. AWA List of Microcopie Features for Hardwood Identification.  IAWA journal. International Association of Wood Anatomists. January 1989.

3Sheppard, P. R. Dendroclimatology: extracting climate from trees. WIREs Clim Change. Volumen 1, (Mayo/Junio 2010) 343-352.

4Pires & Guerra-Sommer. Growth ring analysis of fossil coniferous woods from early cretaceous of Araripe Basin (Brazil). Anais da Academia Brasileira de Ciências 83(2): 409-423. 2011

5Rojas-Badilla et al. Anomalías anatómicas en anillos de crecimiento anuales de Austrocedrus chilensis (D. Don) Pic.-Serm. et Bizzarri en el norte de su rango de distribución. Gayana Bot. vol.74 no.2. 2017.

Sobre la autora

Ana Paola Moreno Rodríguez: Colombiana viviendo en Argentina, pedagoga infantil de la Universidad Distrital. Ex-estudiante de Paleontología en la Universidad de Buenos Aires. Técnica en paleontología en el Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (LACEV).  Le gustan las papas fritas, los tetrápodos basales y escribir de vez en cuando. Tiene un blog de paleontología para todo público donde pueden encontrar publicaciones similares a ésta. https://fishapodpaleontologia.home.blog/

En busca de los dinosaurios del fin del mundo

Por Sebastián Rozadilla, Alexis M. Aranciaga-Rolando y Matías J. Motta Ilustración de portada: El paisaje perdido de Formación Chorrillo; un grupo de Isasicursor deambulando entre las patas de un colosal Nullotitan. A lo lejos, una bandada de Kookne vuela por el cielo. Dibujo por Sebastián Rozadilla. Siempre que se vuelve a un lugar donde uno trabajó […]

Por Sebastián Rozadilla, Alexis M. Aranciaga-Rolando y Matías J. Motta

Ilustración de portada: El paisaje perdido de Formación Chorrillo; un grupo de Isasicursor deambulando entre las patas de un colosal Nullotitan. A lo lejos, una bandada de Kookne vuela por el cielo. Dibujo por Sebastián Rozadilla.

Siempre que se vuelve a un lugar donde uno trabajó inmerso en la naturaleza, es un reencuentro especial, como si se tratase de un pariente o un gran amigo que vive lejos. Pero volver a un lugar que te pone a prueba de formas tan extremas y que te hace dejarlo todo, tiene un sabor a aventura, a odisea. Estos son los sitios a donde hay que ir para encontrar maravillas que están ocultas desde hace 70 millones de años. Es el caso de las sierras de Formación Chorrillo.

La Formación Chorrillo se extiende por varios kilómetros a lo largo de una serranía al sur de la ciudad de el Calafate. Es en este paisaje rocoso que el equipo de LACEV busca fósiles. Foto: Matías Motta.

Desde nuestro laboratorio (LACEV) en Buenos Aires son tres días de viaje en camioneta por rutas patagónicas para llegar a lo alto de los cerros que rodean el margen sur de El Calafate, en la Provincia de Santa Cruz, Argentina. Estas montañas lindantes con Chile, están formadas entre otras cosas por la Formación Chorrillo. Se trata de un paquete rocoso que tiene unos 70 millones de años de antigüedad, representando la última época en que los dinosaurios y otros animales extintos vagaban por la tierra. Muchos de los dinosaurios más conocidos vivieron en este tiempo: el tremendo Tyrannosaurus, luchando contra un gran Triceratops, o las grandes manadas de dinosaurios pico de pato deambulando junto a poderosos Ankylosaurus… Pero estas faunas son características del hemisferio norte. ¿Qué sucedía acá en el sur?

La verdad es que no sabemos tanto de este sur, que fue sur también a finales del Mesozoico. Patagonia nos ha dado innumerables pistas sobre el mundo de los dinosaurios pero las respuestas a ciertas incógnitas aún se nos escapan. Por eso, cuando encontramos un lugar donde las rocas contienen fósiles de este momento, nos emocionamos y vamos a por ellos.

Para llegar al sitio, las camionetas deben atravesar muchos obstáculos: valles, rocas y los temidos mallines, donde el vehículo puede estancarse fácilmente. Foto: Nicolás Chimento

* * *

El día comienza frío. El primer reto es salir de la bolsa de dormir pues, aunque es verano, las temperaturas llegan a bajo cero. El campamento de montaña se despierta temprano y desayuna bien, porque el día laboral nos espera con mucha caminata y viento. La Formación Chorrillo se expone como una cinta colorada que corre de norte a sur a lo largo de un gran valle de altura. Los restos de dinosaurios aparecen en muchos sitios, algunos en los llanos y quebradas, otros, montaña arriba, por lo que el grupo de 30 personas se divide para abarcar terreno.

De pronto, los ojos ven un destello azulado en la roca roja y uno se quita un guante. La mano que tiembla de frío se aproxima y aferra aquello que no es una simple roca. ¡Ahí está! ¡Un nuevo hallazgo! Como un rastro de migajas de pan dejados por la acción de la lluvia o la nieve, los restos de hueso nos guían cuesta arriba hasta encontrar el lugar de donde proceden. Son los restos in situ de un dinosaurio. Cuidadosamente, con piquetas, puntas, cinceles, cepillos, el sedimento se retira exponiendo el nuevo resto, lo que nos permite entender de qué se trata.

El campamento del LACEV. El más grande que el equipo hizo hasta la fecha. Aquí, sobre las nubes, el equipo se prepara para trabajar todas las mañanas, y relaja y come bien por las noches. Foto: Alexis Sosa.

De esta forma, a lo largo de tres campañas hemos descubierto las criaturas de este lugar. Nadie había trabajado previamente aquí enfocándose en los vertebrados fósiles, por lo que muchas de estas criaturas representan nuevas especies para la ciencia, cada una de las cuales nos permite ver un poco más del mundo donde éstas vivían. Hasta el día de hoy, hemos bautizado dos nuevas especies de dinosaurios, cada una representando uno de los grandes grupos de dinosaurios herbívoros: Saurópodos y Ornitiquios.

Nullotitan glaciaris fue el primer dinosaurio descubierto en el lugar. En los años 80, el geólogo Francisco Nullo exploraba la zona describiendo su geología y divisó las grandes vértebras de la cola de este animal. Más de 30 años después, gracias al asesoramiento de Nullo, los miembros del LACEV pudimos reencontrar este gran dinosaurio. Nullotitan es un saurópodo, es decir, un dinosaurio de cuello largo. ¡Y sí que era grande! Con una longitud estimada de 28 metros, era uno de los mayores dinosaurios de su época. Este tremendo animal pertenecía al grupo denominado Colossosauria, dado su tamaño descomunal. Este grupo se conoce únicamente en el Cretácico Superior de Sudamérica, y estaba constituido por casi una decena de especies. Nullotitan era un titánico animal herbívoro que se alimentaba de las copas de los árboles. ¿Pero quién comía las plantas que crecían entre sus pies?

El Paleontólogo Matías Motta usa una cortadora de roca para extraer los restos de un dinosaurio megaraptórido, uno de los mayores predadores del lugar hace 70 millones de años. Foto: Matías Motta.

Más tarde, luego de redescubrir los restos del Nullotitan, nos disponíamos a volver al campamento, después de una agotadora jornada. Pero un nuevo dinosaurio nos impediría un regreso próximo. Bueno, mejor dicho, una manada de estos. Fue el Técnico Marcelo Isasi, el primero en ver los restos que cubrían la ladera de una montaña. Muchos individuos de diversas edades; adultos, jóvenes y crías estaban acumulados en el sedimento. Este fue el hallazgo del Isasicursor santacrucensis, un animal que pertenecía al gran grupo de los Ornitisquios, dinosaurios herbívoros que alcanzaron diversas formas y tamaños alrededor del mundo. Entre los Ornitisquios, Isasicursor era un ornitópodo, un ágil dinosaurio corredor que se valía de su gran velocidad para escapar de sus predadores. Isasicursor era un animal mediano para su grupo, alcanzando los 5 metros de largo, pero sus crías no eran más grandes que un gato. El hallazgo de este grupo familiar nos permite algo inusual en la paleontología. Conocer la biología de un animal que desapareció hace tanto tiempo. Gracias a Isasicursor, sabemos que estos dinosaurios vivían en grandes manadas y que seguramente confiaban en sus grandes números para protegerse a sí mismos y a sus crías, como lo hacen los antílopes en la sabana africana hoy en día. Más aun, Isasicursor pertenece a un grupo de Ornitópodos muy especial: los Elasmaria. Estos son nuestros ornitópodos, pues sus restos se conocen solo en los continentes gondwánicos (Sudamérica, Antártida, Australia y África), siendo Sudamérica el lugar donde estos muestran su mayor diversidad. Estos animales presentaban rasgos especiales que los diferenciaban de los ornitópodos del hemisferio norte: su cuello era notoriamente largo, su tórax estaba reforzado por placas internas, y sus pies eran esbeltos y fuertes, lo que le permitiría correr especialmente rápido.

Ahora bien, estos mansos ramoneadores no estaban solos en su mundo, y no todo les era color de rosa. En nuestra segunda excursión a las sierras de la Formación Chorrillo, aparecieron los restos de otros dinosaurios. Dinosaurios que le complicaban la vida a Nullotitan e Isasicursor: los temidos Terópodos.

El equipo protege los restos de un dinosaurio de cuello largo con una cubierta de arpillera y yeso, la cual permitirá su extracción y transporte sin lastimarlo. Foto: Alexis Sosa.

Dientes, garras, vertebras… restos humildes pero informativos que nos dan el indicio de los grupos de dinosaurios carnívoros que habitaron el lugar. Quizás uno de los más temibles cazadores, a los que se debieron enfrentan Nullotitan e Isasicursor, fueron los megaraptores. Estos cazadores que habitaban los continentes gondwánicos alcanzaban los 10 metros de largo y tenían enormes y poderosas garras en sus manos con las que derribaban a sus presas. Como si fuese poco con los megaraptores, Isasicursor habría sufrido temibles persecuciones con manadas de unenlágidos, veloces dinosaurios carnívoros (parientes sureños del Velociraptor), cuyos restos de afiladas garras también fueron halladas en el sitio.

Sin embargo, el paisaje representado en Formación Chorrillo no solo estaba habitado por dinosaurios. Pequeños animales pululaban más cerca del suelo. En los cuerpos de agua dulce moraban caracoles, peces y tortugas. Mientras que en el suelo pululaban serpientes y mamíferos.

La cola de un enorme dinosaurio de cuello largo es extraída por el trabajo en conjunto de los miembros del LACEV. Foto: Sebastián Rozadilla.

Mientras que todos esos animales vagaban por la tierra, sobre sus cabezas volaba Kookne yeutensis. Kookne es el nombre del cisne amigo y cabalgadura del héroe Tehuelche, Elal y en su honor nombramos a esta ave mesozoica que está relacionada a los patos. Los restos de este animal son pocos, pero nos cuentan que aves de los grupos actuales ya existían entre los últimos dinosaurios. Kookne tenía el tamaño de un pato mediano, por ejemplo, un pato silbón (Dendrocygna sp). El hallazgo de Kookne en el sur del continente nos permite fortalecer la idea de que las aves modernas habitaron cerca de los polos durante el Mesozoico, mientras que zonas más tropicales estaban dominadas por aves dentadas. Luego de la gran extinción de los dinosaurios incluidas las aves con dientes, las aves modernas conquistaron el mundo y explotaron en diversidad.

El hallazgo de todos estos animales, así como también los restos de polen que se encuentran en los sedimentos carbonosos que rodean los huesos, nos cuenta que la biota del sur del continente presentaba un ensamble típicamente gondwánico. Mundos similares podían encontrarse en Antártida, Australia, África e India.

Con las camionetas cargadas del equipo y los hallazgos, la despedida del lugar siempre es emocionante. Foto: Nicolás Chimento.

* * *

Estamos ahora en nuestra tercera exploración en la montaña. Volvemos al campamento después del primer día de exploración… y ya hay sonrisas en todas las caras. Los miembros del LACEV se van reuniendo en la vuelta y al oír las novedades de cada grupito de exploración, surgen festejos y abrazos. Un nuevo saurópodo, más restos de dinosaurios carnívoros, cáscaras de huevos, nuevos dinosaurios herbívoros… ¡y el viaje recién comienza!

El frío, la lluvia, la nieve, el cansancio, el trabajo pesado, de pronto todo vale la pena. Siempre supimos que lo valía. Mientras uno palea o martillea el cincel, extrae un dinosaurio entre el polvo y la tierra, cada tanto alza la vista y observa: el glaciar Perito Moreno a lo lejos, el Chaltén asomándose entre las montañas, los cóndores planeando sobre nuestras cabezas. Qué lindo que es hacer Paleontología…

Sobre los Autores

Sebastián Rozadilla

Nacido en La Plata, desde pequeño simepre tuvo fascinación por la naturaleza. Comenzó sus estudios en la Universidad Nacional de La Plata y pronto comenzó a trabajar en el Museo Argentino de Ciencias Naturales «Bernardino Rivadavia» estudiando dinosaurios hervíboros. Ahora se encuentra realizando su tesis doctoral en evolución de las Aves. Sus mayores intereses son investigar la evolución de los grupos menos estudiados de dinosaurios, así como explorar y viajar por el continente en busca de nuevos restos fósiles. Además disfruta de dibujar estos mundos perdidos y dar a conocer las criaturas extintas a través de sus dibujos.

Alexis M. Aranciaga-Rolando

Mauro Aranciaga Rolando es Biólogo orientado en Paleontología en la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente esta haciendo su doctorado en un grupo en particular de dinosaurios carnívoros de Patagonia: Los Megaraptóres. Aún así, su interés va más hallá y también ha realizado investigaciones en anfibios y serpientes fósiles. Su mayor pasión es realizar expediciones a Patagonia para extraer nuevas especies fósiles pero también estar en contacto con la naturaleza, vivir nuevas experiencias y conocer historias. Su meta como científico es desentramar varios aspectos aún desconocidos sobre la vida de los dinosaurios e inspirar nuevas generaciones de científicos a lanzarse a la naturaleza a entender sus misterios.

Matias J. Motta

Matías Motta es Biólogo con orientación en Paleontología y actualmente es becario doctoral CONICET con lugar de trabajo en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”. Su línea de investigación abarca el estudio de los unenlágidos, dinosaurios carnívoros que vivieron en Sudamérica durante el período Cretácico. Siendo integrante del LACEV, participó de numerosas exploraciones paleontológicas en distintas partes de Argentina y a su vez formó parte del estudio de varias especies nuevas de dinosaurios.