A mediado de los 80′, el reportero y activista ambiental Jay Westerveld acuño el término «greenwashing» para denunciar cómo las empresas buscan abaratar costos disfrazando sus medidas como “ecológicas”. Hoy en día, esta herramienta se ha masificado en diversas industrias que buscan la aprobación de la sociedad. El ‘lavado verde’ es una forma de marketing que ha cobrado […]

A mediado de los 80′, el reportero y activista ambiental Jay Westerveld acuño el término «greenwashing» para denunciar cómo las empresas buscan abaratar costos disfrazando sus medidas como “ecológicas”. Hoy en día, esta herramienta se ha masificado en diversas industrias que buscan la aprobación de la sociedad.

El ‘lavado verde’ es una forma de marketing que ha cobrado fuerza desde que el cuidado del ambiente y la biodiversidad comenzó a ser un tema central para los ciudadanos. Indudablemente, este cambio se debe a la creciente conciencia en torno al tema, lo cual ha impulsado al mercado a adaptarse a las necesidades que su público demanda.

Sin embargo, muchas veces nos encontramos con productos que se comercializan con sellos ecológicos, aún cuando sus políticas de producción realmente no tengan nada de ‘verde’. Un ejemplo es la imagen de “amigables con el ambiente” que adoptan algunos productos cuando tan solo reducen el tamaño de su envase.

En 1986, el estadounidense Jay Westerveld, reportero y activista ambiental, se percató de esta situación cuando visitó un hotel donde se indicaba que las toallas podían ser utilizadas varias veces, antes de ser lavadas. Con tal acción -promocionaba el servicio hotelero- el hotel contribuía a la protección del ambiente. Desde entonces, Wasterveld acuñó el término greenwashing para referirse a las estrategias de comunicación y publicidad «verde» que una empresa ocupa para diferenciarse de su competencia, atrayendo a un consumidor que está preocupado por la crisis ambiental actual. El activista estadounidense denunció que esta práctica servía para que los empresas parecieran preocupadas por la reducción de su propio impacto ambiental, pero que su interés real era —simplemente— ahorrar costos y convencer a los consumidores que eligieran sus productos.

Bio, eco, orgánico, natural, entre otros, son algunos de los tantos prefijos y adjetivos que utiliza el greenwashing ©Munch Crunch Organics

El poder de la publicidad

La mercadotecnia es un conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento de la demanda de un producto (Real Academia Española, s/f). Estas prácticas se hacen necesarias para la comercialización hoy en día, pues vivimos en un mundo competitivo donde se utilizan todas las herramientas posibles para ganar la atención del consumidor. Estas herramientas combinan el uso de las tecnologías, la imagen y la comunicación en general, pues lo visual está teniendo mayor repercusión en la sociedad.

Según el sociólogo español Manuel Castells, vivimos en plena “era de la información”, un mundo donde, debido al uso de las tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), todo transcurre virtualmente y de manera acelerada. Estamos expuestos constantemente a millones de estímulos que nos transmiten una determinada impresión del mundo. Por lo mismo, buscamos un nicho cultural donde sentirnos identificados.

Afortunadamente, la conciencia ambiental cobra cada día más relevancia en nuestra sociedad. Así es como observamos los esfuerzos que las empresas hacen para cambiar sus hábitos de producción, o cómo los mismos gobiernos locales se lo exigen. Sin embargo, el problema viene cuando las organizaciones hacen uso excesivo de la mercadotecnia, cayendo en el peligroso lavado verde.

Chile, por su parte, es un país en el cual gran parte de la economía se basa en la exportación de materia prima, comúnmente produciendo un escenario de grandes niveles de explotación del territorio, y sin la adecuada fiscalización que puede llevar a grandes desastres ambientales.

©Pavel Constantin para Cartoon Movemement

Cómo identificar a «lavadores verdes»

Para saber si estamos frente a un caso de lavado verde o no, podemos utilizar diversos criterios. A continuación te presentamos los siete “pecados” del lavado verde, definidos por UL Environment —organización estadounidense internacional que genera estudios sobre el greenwashing.

I. Pecado del intercambio oculto: Hacer una afirmación sugiriendo que un producto es “verde” basada en un conjunto limitado de atributos, sin prestar atención a otros asuntos ambientales importantes. El papel, por ejemplo, no es necesariamente amigable con el ambiente, solo porque tiene un sello ecológico (además, Chile no es el caso de plantaciones amigables precisamente). Otros aspectos ambientales importantes en el proceso de producción del papel, como las emisiones de gases de efecto invernadero o el uso de cloro en el blanqueado, tienen un impacto que muchas veces no es considerado.

II. Pecado de la falta de pruebas: Este caso ocurre cuando una afirmación no puede ser justificada por datos o por la certificación de un tercer ente confiable (como las incipientes prácticas de Comercio Justo en Chile, para lo cual aún no existe un organismo confiable que fiscalice el proceso).

III. Pecado de la imprecisión: Una afirmación que es tan amplia o pobremente definida, que su significado real puede malinterpretarse por el consumidor. “Todo Natural” es un ejemplo. El arsénico, uranio, mercurio y el formaldehído son todos de origen natural, y venenosos. “Todo natural” no es necesariamente bueno.

IV. Pecado de adorar etiquetas falsas: Un producto que, ya sea a través de palabras o imágenes, da la impresión de poseer la aprobación de terceros que lo califican como «verde», cuando en  realidad tal aprobación no existe.

V. Pecado de la irrelevancia: Cuando una afirmación ambiental puede ser verdadera, pero no necesariamente relevante o útil para consumidores que buscan productos responsables con el ambiente. En Chile un ejemplo sería promover un producto «sin asbesto», a pesar de que el uso de este material ya esté prohibido.

VI. Pecado del menor de los males: Una afirmación que puede ser verdadera dentro de la categoría del producto, pero que distrae al consumidor de los impactos ambientales de la categoría como un todo. Un ejemplo es la reciente campaña de las nuevas botellas ecoflex de Agua Vital en Chile, que argumenta tener menos plástico en su producción, sin embargo el mayor mal es la botella en sí.

VII. Pecado de mentir: Afirmaciones ambientales que, simplemente, son falsas. Un ejemplo son las bolsas TNT (tela no tejida) que venden en los supermercados, las cuales se denominan ecológicas, sin embargo están hechas de un tipo de plástico prensado que no está siendo reciclado en Chile. Además, al ser demasiado débiles sus costuras, su durabilidad es menor, por lo que tampoco deberían ser valorizadas como realmente reutilizables.

Portada del libro «Die Grüne Luge» (La mentira verde) de Kathrin Hartmann

Casos industriales de lavado verde en Chile

Minera Dominga ha estado usando el lavado verde como recurso de propaganda, para que se acepte la construcción de sus instalaciones en la comuna de La Higuera (Región de Coquimbo), además de un terminal de embarque (MEGA Puerto) en el sector de Totoralillo Norte, ambos a pocos kilómetros de las reservas marinas Choros-Damas e Isla Chañaral.

Observamos que la instalación de una minera en una zona de altos estándares de biodiversidad no es bajo ningún criterio sustentable, debido a todo el daño que causaría a la flora y fauna que allí habita. En este aspecto, cae en el pecado de la mentira; dos, la minería en sí es una industria altamente destructiva y poco sostenible en el tiempo, pues hace uso excesivo del agua disponible en una zona, además de contaminar con los residuos que deja en su paso. Es decir, también cae en el pecado del “intercambio oculto”

Su propuesta ambiental promueve una “Nueva Minería” que considera, por ejemplo, un área de navegación marítima, que reconoce como zonas de exclusión los hábitats de importancia ecológica de la región. Sin embargo, los barcos circularán a escasos metros de ellas, afectando claramente la salud de la fauna. Además, hay que tener en cuenta que existen especies migratorias y que el sonidos de los barcos bajo el agua puede alterar sus recorridos, ya que se sabe que la contaminación acústica es letal para estas especies.

Dominga posee una estrategia comunicacional fuerte, que no sólo se materializa en lo virtual, pues también tiene gran presencia e influencia en el territorio que busca explotar. Con el tiempo, ha comprendido la importancia de mostrarse “verde” ante la comunidad y la institucionalidad nacional, pero por su búsqueda de conseguir la aprobación. Claramente, su propuesta no es ecológica ni sostenible en el tiempo, ya que, si lo fuera, hubiera tenido que partir buscado otra ubicación donde emplazarse, y no ubicarse al lado de una de las reservas marinas más importantes e icónicas para Chile.

Otro ejemplo de lavado verde en Chile incluyen a Celulosa ARAUCO, empresa  responsable de la contaminación y destrucción del Santuario de la Naturaleza Carlos Anwandter, en Valdivia. Sin embargo, a través de la creación de áreas protegidas privadas (parque Oncol y parque Coyanmahuida), la empresa lava su imagen, posicionándose como una entidad privada a la que sí le interesa la conservación de la naturaleza, especialmente del bosque nativo. Tanto así, que la empresa tiene una sección en su web llamada «Medioambiente y Biodiversidad» donde declaran, «protegemos el medioambiente y la biodiversidad», exclamación que cae en el pecado de la mentira.

Es importante aclarar que esta es es una de las empresas responsables de la expansión de la industria forestal en la cordillera de Nahuelbuta, industria que ha llevado a la región a perder la mayoría de sus bosques nativos y por ende una disminución irrevertible de la biodiversidad de la región. Este ejemplo cae en el pecado del intercambio oculto, pues que Arauco tenga áreas protegidas, no significa que sus procesos respeten el medioambiente.

Casos de Lavado Verde a nivel Internacional

Debido a la creciente tendencia que llama a respetar la naturaleza, el greenwashing cada día se hace más común en nuestra sociedad. Por lo mismo, es frecuente observar que se utiliza en la promoción de productos que usamos cotidianamente para trasmitir una preocupación con el tema, aun cuando no se alteren profundamente las políticas de producción de ellos.  Las bolsas plásticas que entregan en los supermercados llevan estampada una frase que dice que son biodegradables, cuando en realidad, pueden tardar hasta unos 150 años en desaparecer de la faz de la tierra. Este ejemplo, claramente, cae en el pecado de mentir.

Otra industria de consumo que hoy está generando un impacto negativo al entorno es la moda. Marcas de renombre producen prendas en países como China, Bangladesh e India, donde las regulaciones laborales y ambientales son bajas o escasas, produciendo graves daños al explotar a las personas, contaminar sus ríos y generar grandes cantidades de basura sin reciclar.

Por esta razón, para que una empresa de este rubro se declare verde, debe cambiar drásticamente sus formas de producir. Y que una industria masiva decida hacerlo, no es tan simple. Un ejemplo es lo que hace H&M cuando declara producir una línea «consciente» de ropa sustentable, basada en el reciclaje de prendas de vestir viejas usadas para producir nuevas ropas. Sin embargo, esta campaña genera un mensaje engañoso de lo que significa ser sostenible, ya que según el informe de sostenibilidad de 2016 de la misma compañía, tan solo el 0,7% por ciento de los materiales utilizados en la producción total de H&M son originados a partir del reciclaje. Además, según The Guardian, H&M tardaría 12 años en reutilizar 1.000 toneladas de residuos textiles, siendo que esa misma cantidad de residuos las produce la empresa en tan solo 48 horas.

Hacer la diferencia

La única forma de reducir el impacto del lavado verde, es dejar de consumir los productos que no sean totalmente verdes, cuando se promocionan por este motivo. Si aumenta su demanda, estos pecados seguirán repitiéndose y no habrá un cambio verdadero. Es necesario incentivar a los privados a hacerse cargo del impacto que generan en el entorno, y no alentar a que disfracen sus prácticas cuando no cumplen con los estándares establecidos, ni con lo que están publicitando.

*Imagen de portada: ©Dennis Wunsch

Green Washing: Como Parecer Verde ©Ana Yael
La empresa chilena Biobiogenera, asociada con la eléctrica francesa EDF y el exportador de Gas Natural Licuado (GNL) estadounidense Cheniere, han propuesto construir el proyecto GNL Penco- Lirquén o más conocido como Octopus. Su proceso de aprobación ha sido lento y confuso, gracias a la resistencia ofrecida por la ciudadanía de la Región del Bíobío, […]

La empresa chilena Biobiogenera, asociada con la eléctrica francesa EDF y el exportador de Gas Natural Licuado (GNL) estadounidense Cheniere, han propuesto construir el proyecto GNL Penco- Lirquén o más conocido como Octopus. Su proceso de aprobación ha sido lento y confuso, gracias a la resistencia ofrecida por la ciudadanía de la Región del Bíobío, que teme a los impactos de este nuevo proyecto industrial .

“Octopus” es el nombre de una especie de pulpo, y también el nombre con el que identificamos al proyecto que amenaza con destruir la bahía del Gran Concepción. Un megaproyecto que tiene el objetivo de expandir el Gas Natural Licuado (GNL) que viene de países extranjeros, para darle vida a otras industrias que están desarrollándose en la región del Bíobío.

Octopus Spa, ahora denominado Terminal GNL Penco, se presentó en abril del 2013, proponiendo instalar “la infraestructura portuaria necesaria y eficiente para realizar la descarga, almacenamiento y de GNL procedente de diversos orígenes” (SEA, 2014).

Este servicio se tornaría necesario ante el avance del Gran Concepción, una ciudad que se enfrenta a los problemas propios del desarrollo de una metrópoli. En 2015 el gobierno de Chile la declaró como “Zona Saturada”,  debido a los altos estándares de contaminación atmosférica que posee, y que se le adjudican al uso de la calefacción a leña.  

Sin embargo, esta saturación es el resultado combinado de la actividad energética, petroquímica, metal-mecánica, forestal y pesquera, la cual -sumada a la explosión de la población que, a su vez, usa la calefacción a leña en épocas de frío- genera una ventaja para desplegar la industria del gas licuado como un “combustible menos contaminante”.

Sin embargo, el GNL que ingrese por medio de este nuevo proyecto no sólo será de uso residencial, pues, más bien, será un servicio para el resto de industrias que necesitan de este material para sobreexplotar la “capital energética del país” (Bíobío).

Sobre el cambio de imagen:

El nombre oficial del Terminal Octopus se transformó en uno más técnico luego de ver la resistencia que su propuesta generaba en la Región. Su primer paso fue retirar el Estudio de Impacto Ambiental presentado en 2013, y luego replantear su imagen ante la comunidad.

Con ello, Australis Power -nombre original de la empresa impulsora del proyecto- pasó a llamarse Biobiogenera, manteniendo las intenciones de construir dos proyectos interdependientes entre sí: el terminal marítimo (Terminal GNL Penco-Lirquén) en Penco y una central termoeléctrica (El Campesino) en Bulnes, que funcionará con el gas natural que llegará en buques hasta el puerto para ser regasificado. Este segundo proyecto ya se encuentra aprobado por el Servicio de Evaluación Ambiental (SEIA).

Por su parte, el Terminal tendrá la capacidad para atracar dos naves, una de ellas del tipo FSRU (sigla en inglés que significa “Unidad Flotante de Almacenamiento y Regasificación”), la que estará permanentemente en la bahía, y una nave de transporte o “carrier” que suministrará GNL a la nave FSRU, y que procederá desde Corea. La idea es que el gas llegue hasta el terminal, donde será comprimido y luego transportado por un ducto submarino y terrestre de 2,5 kilómetros de extensión hasta la red de gasoductos existente para abastecer al Bíobío. Para todas sus obras, GNL Penco considera la conexión con el Gasoducto del Pacífico, el cual se emplaza entre la provincia de Neuquén (Argentina) y la Región del Biobío.

Toda aquella actividad ha sido posicionada por la empresa como una opción necesaria, pues potencia el uso de la energía limpia en la región, omitiendo los importantes impactos ambientales que tiene el uso de un combustible fósil como es el gas. Esos efectos son: liberación de gas metano a la atmósfera, consecuencias territoriales mediante de la extracción de este combustible (fracking), el costo ambiental y social de la extracción a cada vez mayores profundidades tanto en continentes como océanos, y la fuerte dependencia política con potencias energéticas exportadoras.

El Estado de Chile, precisamente, busca impulsar la dependencia importadora de combustibles basados en gas natural con el objetivo de reemplazar el petróleo en generación eléctrica por el GNL. En junio de 2014, Máximo Pacheco, ex Ministro de Energía, firmó el Acuerdo Bilateral de Cooperación Energética con el ex Secretario de Energía Norteamericano, Ernest Moniz. Así, el país se inclinó por el uso de este recurso, que a nivel de mercados globales es una ventaja por ser más económico, y que  para Chile representa una oportunidad para explotar los recursos que quedan en la Región de Magallanes.

 

Resistencia ciudadana:

Si bien la empresa señala que la regasificación de GNL es compatible con la pesca y turismo de la Bahía de Concepción, pues sostiene que sus gasoductos serán diseñados con exigentes medidas de seguridad y altos estándares medioambientales -que mantendrán la calidad del aire y agua- una creciente resistencia ciudadana se ha sostenido desde que Octopus se planteó frente a la región.

El gas natural licuado (GNL) es el combustible fósil más limpio, pero un combustible fósil al fin y al cabo. De hecho, el proceso de producción de este material se realiza por medio del fracking o fracturación hidráulica, que genera un exponencial riesgo para los recursos hídricos. “En la mayoría de las veces se usa agua para hacer la fractura hidráulica, que sería la traducción del fracking o aero-fracking en inglés. Esa fractura hidráulica, conlleva gran cantidad de agua, cada pozo puede consumir hasta 30 millones a un litro de por fractura y, a eso se le agrega una sopa de químicos contaminantes que pueden llegar a ser uno o dos por ciento de esos 30 millones de litros”, señaló Giulio Ohaluer, integrante de la Asamblea Permanente del Comahue por el Agua y autor del libro “Fracking, No es No”, a Radio Universidad de Chile.

Además, el Terminal GNL Penco representa una irrupción en el territorio penquista, que pone en riesgo la limpieza de sus aguas, la disposición de peces aprovechados por la pesca artesanal, además de la contaminación atmosférica que significaría la instalación de su proyecto asociado que es la termoeléctrica “El Campesino”.

Por lo mismo, asociaciones de pescadores, estudiantes, indígenas, entre otras, han protestado cada vez que se acerca una discusión sobre el proyecto desde 2013.

La última de sus intervenciones la realizaron este 31 de enero, cuando el SEA cerró abruptamente el proceso de consulta indígena sobre Octopus. Allí, la Asociación Indígena Koñintu Lafkenmapu Penco pidió un recurso de protección invocando el Convenio 169 de la OIT, que obliga al Servicio de Evaluación Ambiental a realizar la consulta indígena a la comunidad lafkenche afectada.

Este recurso fue acogido por la Corte Suprema, revocando la resolución de calificación ambiental (RCA) del proyecto, y obligando a Biobiogenera a detener los trabajos de la Central El Campesino.

Además, con esta decisión la empresa entró en ciertos aprietos en sus contratos con la multinacional noruega Höegh LNG, que es la que proporcionará el FSRU del terminal, y que trabaja de la mano con la industria del GNL en el globo. La multinacional le reasignará a GNL Penco otro proyecto que será puesto en marcha para 2018, lo que retrasará todas sus obras, en caso de efectuarse.

Si bien la resistencia ciudadana ha sido permanente, la empresa tiene la seguridad de la viabilidad de su industria en la zona, y se mantiene a la espera del término del proceso de consulta indígena para volver a la carga con sus planes de progreso industrial. Sin duda alguna,  un patrón de desarrollo que se repite constantemente en todas las actividades económicas del país.