“Sudamérica, Chile, Sur, Patagonia, Aysén, Puerto Cisnes. Más que una ubicación, un punto dentro del globo con la potencia de atrapar experiencias desde el resistir, en tiempos donde la resistencia se encuentra templada y administrada por la vorágine de un sistema violentamente embaucador. Aquella resistencia, se encuentra instalada dentro de un paisaje modelado por el […]

“Sudamérica, Chile, Sur, Patagonia, Aysén, Puerto Cisnes. Más que una ubicación, un punto dentro del globo con la potencia de atrapar experiencias desde el resistir, en tiempos donde la resistencia se encuentra templada y administrada por la vorágine de un sistema violentamente embaucador. Aquella resistencia, se encuentra instalada dentro de un paisaje modelado por el agua y la erosión de milenios. Un paisaje modulado también por el desplazamiento de antiguos navegantes que registraron con su tránsito, un territorio afectado por sedimentos de toda índole y consecuencia”.

(Angie Saiz, artista visual, curadora y parte del equipo Trayectos territoriales, 2021).

«Microsistemas». Aguafuerte en cobre, 40 x 30 cm, de Víctor Cabrera Llancaqueo.

Los territorios y sus paisajes transitan sin cesar, a pesar de que nuestros ojos sean incapaces de capturar esos pausados movimientos en el momento exacto. Centímetros, metros o kilómetros que albergan distintos tipos de vida se mueven y cambian, a veces a su manera, otras por agentes externos. Las infinitas velocidades e intensidades de sus movimientos revelan la subjetividad del tiempo.

Al final, cada vida en la Tierra se mueve. Es la proyección de las células en el mundo material, de fuera de los cuerpos.

Actividad de mediación con elementos naturales de las exploraciones. © Angie Saiz

El recorrido, el camino, el viaje, el trayecto. En esa experiencia móvil es cuando podemos procesar, construir e interpretar el entorno a partir de la mirada y la comunicación. Pero, ¿podemos procesar información de un paisaje en estos tiempos arrasadores que se viven? ¿Cuándo y cómo comenzamos a construir una relación con el paisaje? ¿Son posibles otras formas de habitar y convivir con los ecosistemas?

Conversaciones en torno a estos temas surgieron en “Trayectos territoriales”, una residencia artística para seis agitadores culturales de la región de Aysén realizada en el pasado mes de octubre, organizada por Taller La Chalupa de Puerto Cisnes y que transitó, itinerantemente y durante diez días, por tres instancias: diálogo/juego, trayectos y práctica del grabado. Sus experiencias, reflexiones y obras gráficas, fueron publicadas en el libro “Trayectos Territoriales”.

Cual reunión en torno al calor de una fogata, la prensa de gran tamaño juntó las inquietudes, revelaciones y pensamientos de los residentes, grabando en papel sus memorias y significaciones más atesoradas.

En estos trayectos, la residencia invitó a moverse y reflexionar sobre lugares como la Isla Magdalena en el fiordo Puyuhuapi, desembocadura del río Cisnes y Sendero Dos Lagunas. Paisajes prístinos para el ojo extranjero, pero visiblemente alterados para quienes los cohabitan.

Cuenta María Jesús, psicóloga y gestora cultural, parte del equipo organizador: “la desembocadura del río Cisnes, uno de los lugares más biodiversos de todo el fiordo Puyuhuapi, hoy amenazado por la eventual construcción de una mega piscicultura que abarcará doce hectáreas, fue otro de los sitios visitados en esta experiencia. La travesía, realizada en kayak desde la playa de Puerto Cisnes, facilitó el avistamiento de fauna marina que habita las costas, y a su vez, propició un acercamiento a antiguas formas de convivencia entre seres humanos y ecosistemas, donde la extracción era realizada a escala humana, siendo la pesca de puyes una práctica de ritmo lento y respetuosa de los ciclos naturales”.

Ejercicio del grabado: experimentación compartida

Experimentar lo define Proyecto Diccionario, como “probar y examinar prácticamente la virtud y propiedades de algo”. Para Sebastián, grabador, profesor y director del proyecto, “el experimento no se puede llevar a cabo sino experimentando, en la propia acción que poseen los procesos, en forma de espiral”.

Complementarias, ambas definiciones sucedieron en residencia. El espacio físico de Taller La Chalupa sirvió como punto de encuentro, conversaciones, concentración y aprendizaje. Cual reunión en torno al calor de una fogata, la prensa de gran tamaño juntó las inquietudes, revelaciones y pensamientos de los residentes, grabando en papel sus memorias y significaciones más atesoradas.

Entintado de plancha de cobre (Técnica: Aguafuerte). © Consuelo Andrade

“La experimentación en torno al grabado, facilitó la utilización del lenguaje visual para plasmar en él las experiencias y reflexiones que emergieron a lo largo del desarrollo de la residencia”, explica María Jesús. Junto a un Muro Libre (superficie habilitada para que los participantes jugasen, conceptualizaran y experimentasen, guiados por una mediación) y una Bitácora personal que llevaba cada uno para registrar todo lo que llamase su atención: la inmensidad de los bosques, sensaciones del recorrido en kayak admirando los fiordos, reflexiones internas, preguntas sin respuestas, respuestas sin preguntas, una palabra, unas hojas caídas de distintos tamaños, colores y aromas, el nombre de algún ave que avistaron o un boceto de las pequeñísimas vidas que observaron con lupa sobre la tierra, en medio de una caminata, con los bototos embarrados, descubriendo con respeto el territorio.

Es en el ejercicio creativo -en este caso en el grabado-, donde es posible procesar estas informaciones. “La acción de grabar se convierte en un acompañante de toda la experiencia, un proceso que reúne, decanta y declara lo vivido, que tiene su momento en el taller, a un lado la prensa, al otro los mesones, grabando la naturaleza misma, hojas encontradas en el suelo, algunas carcomidas por la acción de un insecto, líquenes, briofitas, hepáticas y musgos diminutos, registrando las propias impresiones acerca de la resistencia de la naturaleza, y de los oficios, ante el extractivismo feroz al que estamos sometidos los ecosistemas. Y este espacio, construido entre todas y todos, pareciese un refugio o un pequeño oasis ante las adversidades que nos rodean”, declara Sebastián en el libro.

El mismo libro es un trayecto visual que, a través de fotografías íntimas de humanos y paisajes, captura momentos y trabajo, reflejando la conexión y el intercambio que se generó entre estas personas relacionadas con expresiones culturales de diversas localidades dentro de la región de Aysén. Misteriosa y enorme zonal austral que, pese a sus amenazas a ecosistemas, mercadeo turístico y lejanía, busca vías para (re)activarse y autogestionarse como territorio de diálogo entre sus habitantes.

“Hoy, entre los sonidos de las raíces, puedo ir recuperando mis silencios, mientras hablan también el mar o luna. Y así voy reencontrando mi propia voz. Y así se va ahondando el sentido humano de tener ojos, piel, lengua. Y El deseo de que cada cual pueda cantar su propia canción a la vez que danzar en conjunto, como el cosmos”.

(Reflexión de Gloria Hernández Aravena, profesora de Educación Diferencial y residente).

Residentes y parte de equipo de trabajo en Sendero Dos Lagunas. © Angie Saiz

Referencias

Libro “Trayectos Territoriales. Residencia en taller La Chalupa para agitadores/as culturales de la región de Aysén”. Puerto Cisnes, 2021.

Proyecto Diccionario. Segunda edición octubre 2021.

Contacto Taller La Chalupa: tallerlachalupa@gmail.com y @tallerlachalupa en Instagram.

Imagen de portada: Actividad de mediación con elementos naturales de las exploraciones. © Angie Saiz

Paisajes olfativos del territorio austral

Una exploración sensorial a Patagonia Aysén Aunque extensa es la definición de paisaje, hoy entendemos este concepto por el valor cultural que cada grupo humano le ha otorgado a la relación con su contexto inmediato. De este vínculo al territorio natural se desprende el paisaje sensorial, algo así como desenvolvernos con nuestros sentidos en la […]

Una exploración sensorial a Patagonia Aysén

Aunque extensa es la definición de paisaje, hoy entendemos este concepto por el valor cultural que cada grupo humano le ha otorgado a la relación con su contexto inmediato. De este vínculo al territorio natural se desprende el paisaje sensorial, algo así como desenvolvernos con nuestros sentidos en la naturaleza. Un ejemplo es “Shinrin Yoku” o “Baño de Bosque”, una práctica espiritual japonesa que consiste en pasar tiempo en el bosque con el objetivo de mejorar la salud, el bienestar y la felicidad.

El paisaje sensorial es una experiencia en la que nuestros sentidos perciben dimensiones de manera nueva o cotidiana, auténticas o desafiantes; y aunque el sentido del olfato es el primero que usamos al nacer, quizás ha quedado relegado a segundo plano en nuestras vivencias. Nuestra nariz es increíblemente poderosa, puede distinguir más de 10.000 distintos olores. Esto, porque nuestro olfato evolucionó antes que la mayoría de los otros sentidos, poseyendo un ruta directa a nuestro cerebro.

El paisaje olfativo es un extracto del paisaje sensorial que – al igual que Shinrin Yoku -abarca todas las sensaciones olfativas con el objetivo de reconocer y asimilar fragancias complejas, estímulos que pueden desencadenar respuestas de alerta, agradables o incluso emocionales, al conectar recuerdos con sensaciones pasadas donde los aromas cumplieron un rol protagonista.

Shinrin Yoku o Baño de Bosque, Reserva Nacional Coyhaique. Crédito: Gustavo Concha.

Los olores crean un sentido de lugar y una identidad para sus habitantes, afectando la memoria individual y colectiva.

Paisajes Olfativos en la Zona Austral de Chile

La Patagonia es una de las regiones más diversas respecto al territorio nacional. En ella se encuentran hitos y ecosistemas extremos en una misma latitud y a su vez, se caracteriza por ser un lugar joven en ocupación donde sus habitantes aún se encuentran en una búsqueda de una convivencia y aprendizaje con su medio.

Por su propia diversidad, los paisajes olfativos de Aysén también se revelan como un escenario complejo que posee relación con varios aspectos del territorio. Según Jan & Jacobsen, las personas usan el olfato para registrar su percepción de los lugares en su memoria a largo plazo, el olor crea reacciones y conexiones altamente emotivas con el espacio y lugar. Es por ello que una definición del paisaje olfativo es conocida en inglés como “Smellscapes” o el aroma de los lugares.

De esta forma, podríamos definir ecorregiones por aromas concretos, combinaciones variables de olores que hacen particular a una ubicación. Están, por ejemplo, los fiordos ayseninos y su bosque siempre verde en los que destacan especies arbóreas con notas acuáticas y amaderadas como la tepa o el canelo; o en su contraparte, la Patagonia fronteriza, donde el viento frío neutraliza y transporta la fragancia sutil del neneo y el aroma ovino tan característicos de las pampas ayseninas.

Paisaje natural Lago Atravesado, región de Aysén. Crédito: Gustavo Concha.

La sensibilidad para reconocer el olor de la escarcha o la atmósfera del suelo que se libera después de la lluvia, es reflejo del vínculo sensorial que refuerza el concepto paisaje.

Los aromas y el sentido del lugar

Las experiencias olfativas son un poderoso enlace con las actividades al aire libre, el paisaje olfativo es reflejo de ecosistemas complejos ricos en flora, fauna y elementos abióticos que en conjunto generan una eco fragancia singular.

El sentido de lugar y los aromas que pueden reconocerse se logra a través de prácticas como “smellwalking” o caminata olfativa, un método de registro de datos donde se escoge una ruta específica y se recolectan, interpretan y asocian distintos estímulos usando todos nuestros sentidos relacionados con el olfato. De esta manera, podríamos describir una ruta por un bosque a través de olores y palabras, olores y colores, impresiones agradables, estaciones del año o incluso animales o elementos abióticos.

El uso del olfato en el paisaje natural no debe descartar aromas que provengan de elementos que no sean plantas, las sensaciones sutiles que pueden evocar experiencias en la naturaleza hablan de la riqueza y biodiversidad de estos lugares. La sensibilidad para reconocer el olor de la escarcha o la atmósfera del suelo que se libera después de la lluvia, es reflejo del vínculo sensorial que refuerza el concepto paisaje.

Los olores crear un sentido de lugar y una identidad para sus habitantes, afectando la memoria individual y colectiva. Un ejemplo de lo anterior sería el Paisaje Olfativo del poblado de Caleta Tortel, inmerso en el bosque siempre verde austral con predominancia de cirprés, coigüe y canelo. Caleta Tortel ha conformado un pequeño hito cultural dado sus pasarelas de ciprés de las guaitecas, árbol aromático que emana notas amaderadas, acuáticas con toques dulces y frescos. Aplicar “smellwalking” por sus pasarelas puede abrir sensaciones que nuestro cerebro asociará a emociones y recuerdos en base a nuestro olfato.

Detalle de luz sotobosque (izq.) Pasarela Caleta Tortel, región de Aysén (der.) Créditos: Gustavo Concha.

Aike Botánica

El proyecto Aike Botánica nace como una propuesta para educar en torno a los ecosistemas a través de los aromas. La premisa y sustento de este proyecto es la biodiversidad y riqueza de los paisajes naturales de Patagonia. La colección “Bosque Siempre Verde” abarca una familia de 3 perfumes botánicos que utilizan aceites esenciales locales para definir el bosque.

  1. Árbol: Se destacan especies de árboles nativos que tienen potencial aromático, como el canelo, el ciprés de las Guaitecas, la tepa y otros como el pino o el eucalipto nativo. Si bien estas especies no son endémicas se han adaptado a estas latitudes.
  2. Sotobosque: Los aromas de estos perfumes están orientados a las hierbas que crecen al alero de los árboles, como la milenrama, salvia, hierbabuena y menta entre otras.
  3. Bosque: Entendiéndolo como un todo, integra todas notas aromáticas de las especies de árboles y hierbas que armonizan naturalmente el bosque.

La propuesta establece 3 niveles y va desde lo simple a lo complejo, definiendo de esta forma un aroma aislado y reconocible hacia una mixtura de aromas compuesta por varias notas que se compenetran profundamente. De esta manera, podemos entrenar nuestra nariz (cerebro) para reconocer, identificar y asimilar una fragancia.

Flora en bosque siempre verde: Hoja de Tepa (izq.), Cascada Velo de la Novia (centro), Menta nativa (der.) Créditos: Gustavo Concha.

El olfato como brújula y la Patagonia como norte

Siempre se ha sabido que explorar el bosque, sus colores, aromas y sonidos nos beneficia y regala un momento íntimo con la naturaleza. Asimismo, Baño de Bosque propone igualmente crear un vínculo con la territorio a través de los aromas, experiencia que puede abarcar caminatas olfativas por la costanera de un río – donde afloran notas herbales y verdes – el camino a casa por una alameda frutal o la cima de la montaña que combina el suave aroma del valle glaciar. Las experiencias sensoriales del paisaje olfativo se revelan como una riqueza cultural, un conocimiento y reflejo de la biodiversidad del territorio, cientos de aromas que nuestra nariz (cerebro) lo define como una gran fragancia natural.

Los paisajes olfativos o “smellscapes” como experiencia turística son una herramienta que une el conocimiento de ambientes culturales y naturales, experiencias de vivencias participativas, con una narrativa ecológica y científica, producto de nuevas propuesta de valor hacia nuestro territorio. La preservación de estos lugares pueden empezar ampliando nuestras experiencias sensoriales que le otorgamos a la naturaleza, valorando la riqueza aromática del territorio, iniciativa que genera un enlace emocional a futuros cambios e impactos positivos en la conservación de ambientes naturales intocados como la patagonia aysenina.

Ejercicio Smellwalking: reconocimiento (izq), clasificación (centro), Interpretación (der.). Créditos: Gustavo Concha.

Sobre el Autor

Gustavo Concha (@nothofagust) es Diseñador Industrial del Duoc UC (2013) y Licenciado en Negocios de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, Buenos Aires (2015). Se ha dedicado a buscar experiencias en torno a materiales nobles, oficios y productos con identidad. Actualmente reside en Coyhaique, donde está enfocado en el paisaje cultural Aysenino, desarrollando proyectos en torno a educación ambiental y cosmovisión andina austral.

Imagen de portada: MiñeMiñe, un berries nativo de Aysén sobre una cama de hojas de lengas en otoño. Crédito: Gustavo Concha.

Entre el 3 y 9 de abril de 2017, en Coyhaique se desarrollará el Festival de Cine Patagonia Aysén (FECIPA). Tras las  versiones anteriormente desarrolladas, este Festival  ha logrado afianzar su plataforma independiente para estimular la creación audiovisual, atrayendo la producción cinematográfica nacional y de Patagonia y movilizando voluntades de distintos sectores, como al propio público aisenino. […]

Entre el 3 y 9 de abril de 2017, en Coyhaique se desarrollará el Festival de Cine Patagonia Aysén (FECIPA). Tras las  versiones anteriormente desarrolladas, este Festival  ha logrado afianzar su plataforma independiente para estimular la creación audiovisual, atrayendo la producción cinematográfica nacional y de Patagonia y movilizando voluntades de distintos sectores, como al propio público aisenino.

En su séptima versión ofrecerá talleres, conversatorios y por supuesto cine para niños y toda la familia. Marcelo Becerra Parra, director del Fecipa, destaca la importancia de generar esta instancia para llevar el cine a toda la familia de Aysén. “Sabemos la importancia que tiene el generar todos los años esta instancia donde la familia puede ver cine gratis durante toda una semana. Como región, no tenemos la condiciones óptimas para mostrar cine, pero ciertamente es algo que agradecen desde los más pequeños hasta sus padres y hermanos, ya que la programación del festival está pensada en todos”, señaló.

 

Dirigido por el cineasta Francisco Hervé, este documental llamado «La Ciudad Perdida» (2016) se sitúa en Aysén, una región de la Patagonia chilena con apenas 90 mil habitantes. Inspirado en el mito patagónico de la Ciudad Encantada de Los Césares, una ciudad construida en oro hace 500 años, el documental se adentra en los maravillosos […]

Dirigido por el cineasta Francisco Hervé, este documental llamado «La Ciudad Perdida» (2016) se sitúa en Aysén, una región de la Patagonia chilena con apenas 90 mil habitantes. Inspirado en el mito patagónico de la Ciudad Encantada de Los Césares, una ciudad construida en oro hace 500 años, el documental se adentra en los maravillosos paisajes de la Patagonia.

El documental fue registrado en distintas locaciones de la zona, como Valle del Río Quinto, la Junta, Río Claro, Cochrane y Lago Bertrand, y presenta una mirada pausada y reflexiva que nos lleva por caminos recónditos y presentando en su desarrollo a diversos personajes, desde extranjeros residentes, gauchos y defensores férreos contra la construcción de hidroeléctricas.

Actualmente, «La Ciudad Perdida» se encuentra en la CARTELERA de la Cineteca Nacional, en la Plaza de la Ciudadanía (Santiago Centro).

 

Puedes ver el trailer acá: https://www.youtube.com/watch?time_continue=2&v=KIqr-dKqHPE