En contextos urbanos, donde el acceso cotidiano a espacios naturales suele ser limitado, los libros cumplen un rol fundamental como mediadores del mundo. No reemplazan la experiencia directa con la naturaleza, pero sí abren una posibilidad: permiten imaginarla, nombrarla y reconocerla como parte del entorno, incluso cuando no está físicamente disponible. A través de los relatos, la infancia aprende que la naturaleza no es un paisaje lejano, sino una red de relaciones de la que también forma parte.
Leer sobre árboles, ríos o animales no es un acto neutro. Las historias que ofrecemos a las niñas y los niños modelan la forma en que perciben el mundo y su lugar en él. Cuando los libros presentan la naturaleza como un objeto que se domina o se explota, refuerzan una mirada instrumental. En cambio, cuando los relatos reconocen a lo no humano como sujeto —con tiempos, fragilidades y agencia propias— se cultiva una sensibilidad distinta: una ética del cuidado que nace del vínculo, no de la obligación.
Numerosos libros infantiles han abordado esta relación desde una perspectiva íntima y no utilitaria. En El árbol generoso, de Shel Silverstein, el vínculo entre un niño y un árbol se construye a lo largo del tiempo, mostrando tanto la entrega como el desgaste que implica una relación desigual. En El jardín curioso, de Peter Brown, la aparición de un pequeño jardín en medio de una ciudad gris transforma no solo el paisaje, sino también la manera en que una comunidad se relaciona con su entorno. Y en La casa de la madrina, de Lygia Bojunga, la naturaleza se entrelaza con la memoria y la imaginación, expandiendo los límites de lo posible.
Estos relatos no buscan enseñar ecología de manera explícita. Su potencia reside en otra dimensión: en la capacidad de generar cercanía y afecto. La lectura crea un espacio de encuentro donde la infancia puede experimentar empatía hacia lo no humano, reconocer ritmos distintos al propio y comprender que el mundo no gira exclusivamente en torno a la experiencia humana. En este sentido, los libros funcionan como un primer territorio de exploración, un lugar desde el cual comenzar a relacionarse con lo vivo.
Este rol mediador de la lectura resulta especialmente relevante en ciudades donde la naturaleza suele aparecer fragmentada o invisibilizada. Árboles aislados, plazas pequeñas, aves que sobreviven entre edificios. Cuando los relatos acompañan la experiencia cotidiana, ayudan a reconocer estas presencias como parte de un mismo entramado. Leer sobre un bosque puede hacer que una niña o un niño observe con otros ojos el árbol de su barrio; una historia sobre animales puede abrir la posibilidad de mirar con mayor atención a quienes habitan los márgenes de la ciudad.
Desde una perspectiva cultural, el sentido de lugar no se construye únicamente a partir de la experiencia física, sino también desde lo simbólico y lo emocional. Las palabras, las historias y las imágenes permiten transformar espacios anónimos en lugares significativos. Así, una vereda, un patio o una plaza pueden adquirir profundidad cuando están habitados por relatos que los conectan con el mundo vivo (Tuan, 1977).
Asimismo, diversos estudios han señalado que la exposición temprana a narrativas vinculadas con la naturaleza puede fortalecer actitudes proambientales y un sentido de pertenencia hacia lo vivo, incluso en entornos urbanos densamente poblados (Chawla, 2009). No se trata de transmitir información, sino de acompañar procesos afectivos. La lectura actúa como un espacio de mediación donde la infancia aprende a nombrar, sentir y valorar aquello que no siempre está disponible a simple vista.
Es importante reconocer, además, que no todas las infancias acceden a los mismos libros ni a los mismos mediadores de lectura. Bibliotecas públicas, escuelas, hogares y proyectos comunitarios cumplen un rol clave en democratizar este primer territorio. Acercar libros que hablen de naturaleza, desde miradas diversas, no idealizadas ni estereotipadas, es una forma concreta de ampliar horizontes y de sembrar preguntas que acompañarán a la infancia a lo largo del tiempo.
«El amor por la naturaleza no surge de datos ni de discursos alarmistas, sino del vínculo. De la posibilidad de sentir cercanía, curiosidad y respeto. Los libros, en su aparente fragilidad, tienen la capacidad de iniciar ese proceso».
En un contexto de crisis socioambiental, suele pensarse que es necesario “enseñar” a las nuevas generaciones a cuidar el planeta. Sin embargo, la lectura nos recuerda otra posibilidad: aprender a amar primero. El amor por la naturaleza no surge de datos ni de discursos alarmistas, sino del vínculo. De la posibilidad de sentir cercanía, curiosidad y respeto. Los libros, en su aparente fragilidad, tienen la capacidad de iniciar ese proceso.
Pensar los libros como primer territorio es reconocer que la relación con la naturaleza comienza en el lenguaje. En cómo nombramos el mundo, en las historias que contamos, en las imágenes que compartimos. Desde la lectura, la infancia puede aprender que la naturaleza no es un fondo decorativo ni un recurso infinito, sino un conjunto de vidas que merecen ser escuchadas. Y quizás, desde ese territorio inicial, se haga posible imaginar formas más justas y cuidadosas de habitar el mundo que compartimos.
Referencias
Chawla, L. (2009). Learning to love the natural world enough to protect it. Barn, 2, 57–78.
Tuan, Y.-F. (1977). Space and Place: The Perspective of Experience. University of Minnesota Press.




