El viaje forma parte de la residencia ZOOMANCIA, la cual se inscribe en una segunda etapa del programa de residencias del Núcleo, caracterizada por un giro ecológico y ontológico que problematiza la relación entre arte, ciencia y tecnología en el contexto de la crisis planetaria. En este marco, la residencia propone investigar críticamente el encuentro entre conservación de biodiversidad e inteligencia artificial, a partir del análisis y la reapropiación artística de grandes volúmenes de datos producidos por sistemas de monitoreo automático, tales como aquellos producidos a través de cámaras trampa.

Del archivo al bosque: cómo generar empatía con los datos
Desde 2019, el valle de Reñihué ha sido objeto de un monitoreo ecológico permanente mediante la instalación de más de 150 cámaras trampa, generando un archivo de más de dos millones de fotografías y videos. Este monitoreo ha formado parte de las acciones de las fundaciones Reñihué y Alerce 3000, siendo actualmente sostenidas en terreno por el trabajo de Eduardo Minte y Thomas Kramer, respectivamente. En el caso del fiordo de Reñihué, este levantamiento de datos surgió como respuesta al proyecto de construcción de un tramo de la Carretera Austral a través del valle. En este sentido el archivo no es neutro: es una herramienta política, científica y territorial que busca no solo estudiar y levantar datos desde el interior del valle, sino también visibilizar los alcances de su transformación.
Sin embargo, la residencia no se aproxima a este conjunto de imágenes desde una lógica meramente instrumental. Propone, en cambio, una relectura del dataset buscando complementar su función original como evidencia científica, para situarlo en un campo de preguntas estéticas, epistemológicas y sensibles. Tal como señala Belén Gallardo, uno de los gestos fundamentales del proceso fue desarrollar empatía con todos los datos que contenían estas imágenes: comprender de dónde provienen, bajo qué condiciones se producen y qué territorios –humanos y más-que-humanos– los sostienen.
Este ejercicio de empatía implicó recorrer el bosque templado, atravesar ríos, barro y vegetación densa, para visitar en cada valle y junto a sus equipos científicos, los lugares que han sido monitoreados a través de estos programas, y observar los mismos espacios donde las cámaras han operado silenciosamente durante años. Volver así al contexto material de producción de las imágenes archivadas, permitió complejizar su lectura y evidenciar aquello que queda sistemáticamente fuera de encuadre.
Observar al observador: la cámara trampa como agente dentro del bosque
La propuesta de Sebastián Arriagada para la residencia, se articula en torno a una operación conceptual precisa: observar al observador. En lugar de concentrarse exclusivamente en los animales registrados por las cámaras, el proyecto desplaza la atención hacia el propio dispositivo técnico, entendiendo la cámara trampa no solo como herramienta funcional, sino como un actor más dentro del ecosistema.
Durante el trabajo en Reñihué y Vodudahue, el equipo se preguntó qué le ocurre a la cámara cuando tras ser cuidadosamente instalada, es dejada en el bosque para su funcionamiento autónomo durante meses o años. Un tiempo en el cual, lejos de permanecer como un objeto externo y neutral, la cámara es progresivamente incorporada por el entorno: musgos que la cubren, insectos, arácnidos y gusanos que la habitan y recorren, y humedades que alteran su superficie. El bosque no se limita a ser un fondo, sino que actúa como un ensamblaje que responde y digiere a la cámara para incorporarla dentro de su paisaje.
En palabras del propio Arriagada, presentadas durante la primera sesión de apertura de proceso en el Centro Cultural de España en Santiago, se trata de pensar la cámara “ya no como un artefacto ajeno al bosque, sino como algo ajeno que cae en él y comienza a mimetizarse”. Esta imagen permite reconsiderar la relación entre humano, tecnología y naturaleza desde una lógica menos jerárquica y más relacional.

Ecología, ensamblajes y escenarios invisibles
El trabajo de campo de la residencia abrió así un espacio de reflexión en torno a la ecología entendida no sólo como disciplina científica, sino como una red de interconectividades que permite establecer relaciones entre lo natural y lo maquínico. Bajo esta lógica, la cámara, el árbol, el animal, el investigador, las pantallas y el artista conforman ensamblajes temporales donde la agencia se distribuye y se negocia constantemente.
Una de las preguntas que surgió en el transcurso del viaje fue: ¿cómo y qué tipo de escenas construye la cámara trampa? Dado que muchos de estos dispositivos carecen de pantalla o encuadre visible durante su instalación, y que su activación automática depende de sensores electrónicos, el investigador trabaja siempre desde la especulación sobre qué imágenes fueron capturadas y que datos va a poder levantar con ellas. En ese sentido es posible entender el encuadre de la cámara como la puesta en escena de una hipótesis. Sin embargo, fuera de ese marco existen sonidos, movimientos, texturas y relaciones que componen la totalidad de la escena y que aunque no queden registradas, también componen la escena en la que operan las cámaras trampa.

Para tensionar esta limitación, el equipo desarrolló una serie de ejercicios de observación situada, incluyendo registros con cámaras de 360° y prácticas de atención sensible en los mismos puntos donde operaban las cámaras. En estos ejercicios, el cuerpo humano ocupó el lugar del animal observado, reconociéndose a su vez como un cuerpo sensor: expuesto a la percepción multisensorial del sonido, la humedad, la luz, las texturas, relaciones y el tiempo del bosque. De esta forma la observación dejó de ser unilateral y se convirtió en una experiencia reflexiva para el equipo de la residencia.

Camuflaje y mímesis como espacio de reflexión de la imagen
En este contexto emerge la noción de camuflaje como imagen técnica y como estrategia conceptual. El camuflaje problematiza la distinción clásica entre figura y fondo, proponiendo una visualidad donde ambos se funden. En el bosque, esta lógica es cotidiana: especies como la güiña (Leopardus guigna) desarrollan patrones de pelaje que se confunden con la hojarasca, volviéndose prácticamente invisibles al ojo humano. A partir de eso es que dentro de los ejercicios desarrollados en la residencia, aparecieron diferentes reflexiones en torno al camuflaje y cómo este opera dentro de la naturaleza, interpelando directamente a los dispositivos de visión maquínica, y reconocimiento automático, presente en los regímenes visuales antropocéntricos.
A partir de eso surgen preguntas tales como: ¿qué no vemos cuando creemos estar viendo todo? Y ¿qué tipos de conocimiento quedan fuera cuando la imagen se reduce a dato y no es capaz de incorporar este tipo de sutilezas visuales?

Hongos digitales e inteligencia artificial improductiva
Tras el viaje se desarrollaron dos sesiones de apertura de proceso, ambas en el Centro Cultural de España. La primera, sucedió días después del regreso del equipo a Santiago, mientras que la segunda, fue coorganizada con Fundación Mar Adentro tras la salida de sus residentes de Bosque Pehuén. En esta segunda instancia, la cual reunió a curadores y residentes de ambos programas, Sebastián Arriagada compartió parte del trabajo que ha desarrollado sobre las imágenes del dataset, donde ha continuado el proceso de trabajo desde el archivo, pero sin abandonar la lógica ecológica aprendida en la Patagonia. De esta forma, utilizando un algoritmo de código abierto desarrollado por Jeff Johns, que simula el comportamiento de hongos, el artista intervino digitalmente las imágenes del dataset, con el objetivo de “alimentar” las imágenes con un hongo digital que devora píxeles, alterando progresivamente su superficie y la modificando su estructura digital.
Esta operación funciona como una traducción material de los procesos del bosque: así como los hongos descomponen materia muerta para convertirla en sustrato, las imágenes archivadas –inertes en discos duros– son reactivadas mediante un proceso de digestión visual. En este caso el desarrollo de algoritmos no se utiliza para clasificar o controlar, sino para corromper, degradar y transformar las imágenes. Lejos de la lógica productiva dominante en el uso de la IA, esta aproximación propone un uso improductivo y especulativo del dato, abriendo preguntas sobre la vida material de las imágenes y su potencial para generar otros regímenes de visualidades posibles.
Imagen de Portada: Río Reñihué, Octubre 2025. Archivo personal de Sebastián Arriagada, viaje residencia NLC





