
Desde las cumbres del Tian Shan, el agua inicia un recorrido que moldea el paisaje y la vida en Kirguistán, país enclavado en el corazón de Asia Central. Es la nación más alejada del mar del mundo y, a la vez, una fuente hídrica clave para la zona. Esto se debe a que más del 90% de su territorio es montañoso y corresponde casi por completo a las “montañas celestiales” —traducción del chino de “Tian Shan”—, un sistema de cordilleras que alberga más de diez mil glaciares. Si los Andes son la columna vertebral de Sudamérica, el Tian Shan es la “torre de agua de Asia Central”, pues abastece a cerca de un tercio de la región, según un informe de USAID y WWF.
No obstante, la crisis climática reduce su hielo a ritmos alarmantes. Un estudio publicado en Nature Geoscience reveló que estos glaciares han perdido alrededor del 27% de su masa en los últimos cincuenta años, y se estima que la mitad de su volumen podría desaparecer hacia 2050.
En Kirguistán, la relevancia del Tian Shan va más allá del abastecimiento de agua: marca el pulso de vida de más de siete millones de personas. Según el Banco Mundial, el 62% de la población vive en zonas rurales, donde el turismo de naturaleza y la agricultura dependen de los deshielos estivales. Además, el pastoreo nómada sigue siendo una actividad tradicional viva, marcada por la migración estacional hacia los pastizales del altiplano o jailoo.
Issyk Kul, el lago mítico
Cada primavera, el deshielo del Tian Shan alimenta ríos y lagos, dando forma a zonas como el Parque Nacional Ala Archa, el valle de Chu —donde se ubica la capital de Kirguistán, Bishkek— y el Issyk Kul, el segundo lago de montaña más grande del mundo. Según el mito fundacional kirguís, fue aquí donde la madre cierva —Bugu Ene— llevó a dos niños, únicos sobrevivientes de su tribu, para alimentarlos y cuidarlos.
Sobre este espejo azul navega Sergei, capitán desde hace veintisiete años. “Lo mejor es navegar por la mañana. Después del mediodía empieza Ulan, el viento del oeste, que es el más fuerte”, explica, pronunciando el nombre como quien habla de una persona. Según la leyenda, Ulan lo fue alguna vez. Él y Santash se enfrentaron a muerte por el amor de una mujer y terminaron convertidos en los vientos —oeste y este— que aún luchan sobre el agua. Sergei convive con ellos a diario. Nacido y criado en Cholpon Ata, pueblo en la orilla norte del lago, heredó el oficio de su abuelo y de su tío materno, mismo que hoy enseña a sus dos nietos.
Sergei explica que la disponibilidad de agua en el lago depende del estado de los glaciares. Los años más calurosos, con precipitaciones escasas, reducen el nivel del lago. “Entre 1995 y 1998, en tres años, bajó el nivel del lago un metro y medio”. Una investigación publicada en Frontiers in Wateren 2024 detectó fluctuaciones crecientes en el nivel del agua y atribuyó al calentamiento global hasta un 64% de la reducción de la escorrentía que lo alimenta. “Por el momento no tenemos medidas para enfrentar estos cambios porque no depende de nosotros, sino que depende de los glaciares. Solo tenemos que saber reconocerlos”.
Cuando se le pregunta al capitán por su parte favorita del trabajo, no duda ni un segundo: “Issyk Kul”.

Karakol y el agua compartida
Al oeste del Issyk Kul se encuentra Karakol, ciudad que late gracias a los aryk: canales de riego que conducen el agua del Tian Shan hacia huertos y áreas verdes sin necesidad de bombas ni estructuras complejas, solo siguiendo la pendiente natural del terreno
Una de las huertas alimentadas por los aryk es la de Zarina, matriarca de una familia dungana —descendientes de comunidades chinas— de la aldea de Irdyk, cerca de Karakol. Para Zarina, la identidad dungana se expresa mejor en un laghman —platillo tradicional de fideos. carne y verduras— preparado con los vegetales sembrados en su casa. “Hay una persona que dirige el río. Nosotros nos inscribimos y, cuando llega nuestro turno, el responsable abre el paso”, explica. Para su comunidad, el agua es una bendición que se gestiona mediante turnos y normas que aseguran un uso equitativo y sostenible.
Pero los cambios en el clima han vuelto más frágil este sistema. «Está bajando poca agua; por eso este año el cebollino salió más seco”, dice Zarina. “y cuando llueve en las montañas, el agua que baja está sucia y debemos cerrar el paso”. En los últimos quince años, Karakol ha perdido un 26,4% de sus precipitaciones y las lluvias se han vuelto más irregulares e intensas, según la plataforma meteorológica AQI, generando riesgo de crecidas repentinas e inundaciones, como advierte el Perfil de Riesgo Climático de Kirguistán del PNUD.
Conoce más sobre los aryk en esta infografía.
Jeti Oguz y el séptimo cielo
Al sureste de Karakol, se alza la figura de los Siete Toros. La leyenda dice que nació de la sangre derramada por un kan que sacrificó a su esposa y a siete toros durante un festival; la ciencia, en cambio, explica que fue esculpida durante milenios por la erosión del viento y la lluvia. En el corazón de este sistema fluye el río Jeti Oguz, alimentado por los glaciares del Tian Shan y rodeado de yurtas turísticas y caballos que pastan en libertad. Allí, Nurul dirige el campamento 7-Sky.
Desde pequeña, Nurul viajaba a las montañas durante el verano acompañando a su padre, quien era pastor. La zona de Jeti Oguz era una de las que más frecuentaba. “Aquí en Kirguistán nosotros tenemos una frase que es «mi corazón está en las montañas». Quiero que nuestro país, nuestra cultura y nuestras montañas se conozcan por todo el mundo”. Solía ser profesora de literatura rusa, pero actualmente se dedica al turismo. Abre el campamento entre mayo y septiembre, cuando los deshielos llenan de agua el cauce del río. “Me gusta mucho cuando vienen personas de países árabes donde hay sequía. He visto con mis propios ojos cómo se ponen a llorar por el agua de aquí”.

En Jeti Oguz, el sonido del agua lo inunda todo y Nurul cree firmemente en su efecto sanador. “Yo desde pequeña notaba que uno toma la energía del agua. Cuando estás en la ciudad estás cansado; vienes aquí, escuchas el río y al día siguiente estás como nuevo”, afirma. “Yo siento la conexión con la naturaleza. Nosotros, los kirguises, siempre fuimos un pueblo que quería estar cerca del cosmos; por eso yo noto la energía de las montañas y del río”. El paisaje fue lo que inspiró a Nurul al momento de nombrar su campamento: 7-Sky. “Es como estar en el séptimo cielo de la felicidad”, dice.

Son Kul, un ecosistema a reloj natural
A 3000 msnm, entre los valles intermontanos del Tian Shan, se encuentra el lago Son Kul, unido a la cordillera a través de un sinnúmero de riachuelos que corren por las praderas. Anualmente, más de setenta especies de aves llegan hasta este sitio, por lo que fue declarado humedal de importancia internacional según el Convenio Ramsar. Sin embargo, las aves no son los únicos migrantes: al iniciar el verano, los pastores nómades ascienden hacia Son Kul, tal como Gulmira y su familia.
“Venimos en mayo, cuando los niños están de vacaciones, y nos quedamos hasta agosto. Me gusta este lugar porque no hace mucho calor y el aire es fresco”. Gulmira lo resume bien: en Son Kul la altitud suaviza el calor y las montañas encierran el lago, controlando el viento y la humedad, lo que convierte a este lugar en uno de los jailoo—pastizales a gran altura— más valiosos para los pastores.
Los cursos de agua son brújula y sostén para los nómadas. “Cuando nosotros ponemos una yurta, necesitamos tener al lado un río”, explica Gulmira, cuya vida se reordena según el ritmo de estos deshielos de la misma manera que ha ocurrido generación tras generación. “Nosotros siempre hemos sido nómadas. Cuando era pequeña, con mis padres veníamos para pastar el ganado, y de ellos aprendí”, recuerda. “Nuestros padres antes vivían en las yurtas y nosotros seguimos esa tradición”.
En Son Kul, pastores y animales escriben la historia del territorio. Al pastar, los caballos favorecen el crecimiento de plantas de montaña como cardos, dientes de león y edelweiss o —flor de las nieves— . Sus pisadas modelan el suelo, abriendo surcos que se transforman en microcanales por donde corre el agua hacia el lago. Su estiércol nutre el suelo y da vida a hongos coprófilos como los Lycoperdon, que completan el ciclo devolviendo los nutrientes a la tierra.
Cada año, la historia se repite, sosteniendo un ecosistema que sobrevive en equilibrio. No obstante, los cambios en el clima y la reducción de los glaciares ponen en riesgo esta delicada relación. Los glaciares del Tian Shan y el lago han mostrado ser sensibles a los cambios climáticos pasados, pues el aumento de la temperatura genera deshielos más intensos, reduciendo la reserva que sostiene riachuelos, pastizales y el lago mismo. Esto genera un flujo hídrico más errático, con deshielos tempranos y precipitaciones inusuales. «El cambio que he notado es que cada verano llueve más”, comenta Gulmira.
La red Climate Action Network: Eastern Europe, Caucasus and Central Asia (CANEECCA) ha advertido que, de no tomar medidas para contener el derretimiento de los glaciares del Tian Shan, el lago Son Kul podría llegar a desaparecer, impactando sustancialmente la vida de los nómadas.
Los pastores, como Gulmira y su familia, saben que no solo importa la cantidad de agua, sino cuándo y cómo llega. La migración hacia Son Kul repite el gesto de sus antepasados, que aprendieron a leer el lenguaje del deshielo. Sin embargo, ese ciclo podría llegar a perder su compás y quitarle previsibilidad al valle que, durante siglos, funcionó a reloj natural.

Imagen de Portada: Montañas de Son Kul, ©Maritza Cerda Cerda





