Hydra es una isla sumamente pequeña, posee una villa anexa al puerto, de pequeñas callejuelas y casitas pintadas de blanco y azul. Están prohibidos los autos y solo se permiten burros como ayuda para movilizar carga o equipaje. El primer día compartimos y caminamos varias veces por una angosta costanera que rodea el lado norte de la isla. Al siguiente día Cecilia se enfermó de un virus estomacal y nos preocupamos muchísimo, porque no había doctores en la isla. Además, dentro de la espontaneidad y desorganización propia de los griegos, los estudiantes atenienses nunca llegaron a la isla para participar del taller. James cuidaría a Cecilia esos días, y en medio de toda esa incertidumbre, con Ricardo y Ciro decidimos inventar una actividad para no desaprovechar la oportunidad única de estar todos reunidos en ese improbable lugar.
Había recorrido el puerto el día previo y había encontrado un cartel con un mapa físico detallado de Hydra. En el centro de la isla había un monte prominente. Su nombre capturó mi atención: Eros. Ese concepto asociado al deseo pasional, al dios griego del amor y la sensualidad, resonaba justamente con la investigación que estaba llevando a cabo durante la residencia. Tal vez por el sonido de la palabra, o quizá por la desorganización del grupo, con Ciro y Ricardo optamos por cambiar de planes y llevar a cabo un ascenso al monte Eros.
Soy formado como arquitecto y artista, y los temas que investigo tienen relación con situaciones o etapas de mi vida que no he logrado vivir del todo. El arte, para mí, es un vehículo para explorar la consciencia y el espíritu, pero también el recurso principal al cual acudir para sanarme y re-crear mi vida. Arte-vida de manera indivisible. La posibilidad de desarrollar una vida común y corriente en su dimensión afectiva y sexual había sido vulnerada y arrebatada en mi adolescencia. Sabía que durante mi estadía en Grecia iba a indagar en mi comprensión del eros. Pero ¿podría acaso un monte ayudarme a comprender de mejor forma este concepto? ¿Podría la montaña contribuir a entender algo más de mi propia relación con el deseo? Los griegos habían sido los inventores de aquel concepto, solo me quedaba investigar junto a ellos cómo reclamar el placer en mi vida, y también en la suya.
Decidí liderar esta excursión. Partimos caminando con Ricardo y Ciro a las cinco de la madrugada. Al salir de la villa nos internamos en el monte y les propuse lo siguiente. “¿Les parece si esta caminata la dedicamos a profundizar en nuestra comprensión sobre el eros? Sin forzar, de manera totalmente libre, dejemos que el monte nos enseñe.” Asintieron, tal vez, sin entender a cabalidad qué podría conllevar este ejercicio poco usual para una excursión a la montaña. Ricardo, con sus dotes de bailarín, irradiaba belleza al caminar. Tal vez por eso, en secreto comenzamos a llamarle “Adonis”.
«¿Podría acaso un monte ayudarme a comprender de mejor forma el concepto del eros? ¿Podría la montaña contribuir a entender algo más de mi propia relación con el deseo? Los griegos habían sido los inventores de aquel concepto, solo me quedaba investigar junto a ellos cómo reclamar el placer en mi vida, y también en la suya».
Al rato, un grupo de caminantes que nos topamos en su camino de regreso nos adelantaron que casi al llegar a la cumbre encontraríamos un monasterio. No teníamos más información de este, si había gente viviendo o a qué orden religiosa pertenecía. Un camino sumamente rocoso con arbustos de mediana altura armaban la ruta. Vimos descender algunos monjes a caballo, quienes evitaron el contacto visual. La fachada norte del monte tenía mayor sombra en la mañana, sin embargo, ya a la madrugada se sentía calor.
Luego de unas tres horas caminando comenzamos a ver ciertas rocas con la palabra “Eros” escrita junto a una flecha. Espontáneamente, Ricardo expresó: “Es Eros quien decide cuándo manifestarse, no nosotros”. No supe qué responder. Sentí como si me comunicara una verdad o una resolución venida desde el Olimpo. Solo me quedó acatar. Ya cerca de la cima dimos con el monasterio. Parecía una gran fortaleza de adobe blanco que seguía la línea arquitectónica de la isla. Rodeamos el perímetro y no se veían más personas alrededor. Se notaba que era usado con regularidad, pero en ese momento parecía estar vacío. Ricardo decidió quedarse afuera del monasterio descansando bajo un árbol, y junto a Ciro nos aventuramos a entrar.
Experiencias similares ocurrieron esos años dentro del contexto griego, y posteriormente también en Chile. Estas vivencias detonaron éxtasis, el sentirse parte e integrado al todo, desmaterializarse, y por supuesto siempre estaba el gozo estético. Con el tiempo procedí a intentar nombrar estas experiencias, tanto al tipo de lugar donde acontecían, como al estado de consciencia que conllevaban. Inicialmente las llamé “holotopos” (όλοτόπος); una palabra construida que viene del griego “holos” que significa totalidad, y de “topos” que significa lugar. Es una meta construcción sin límites físicos, paredes o estructura. Holotopos se entiende de varias formas; como el espacio del todo, la totalidad del lleno (o el vacío) del espacio, y un lugar donde todas y todos entran y tienen cabida. Es el lugar donde uno se siente total, te experimentas completo e íntegro. Habitar este espacio era una sensación nueva para mí.
Holotopos es una palabra que no existe en griego, sin embargo, el juego de palabras es entendible por todos. Cada vez que les contaba a amigos griegos sobre la palabra, procedían a identificar que no existe, pero entendían su significado inmediatamente. Estar en esas cumbres era sentirse inmerso en una esfera donde experimentas la unión con todo.
Después de una hora en la cima comenzamos a bajar. Estábamos contentos por todo lo que habíamos vívido hasta ese instante. Hacía muchísimo calor y nos comenzábamos a sentir insolados. Nos pusimos toda la ropa que pudimos sobre la cabeza para cuidarnos del sol y evitar que nos doliera. Necesitábamos entrar al agua y sabíamos que nos quedaban unas horas de caminata. Aumentamos la velocidad del tranco y parecía que volábamos por el camino pedregoso.
Se hizo tediosa la bajada. A ratos parábamos y nos metíamos bajo algún arbusto que diese un poco de sombra para recuperarnos y seguir. A ratos nos separábamos, era tiempo que aprovechamos para estar con nosotros mismos. Por un buen rato perdí de vista a Ricardo y Ciro. No me preocupé. Dos semanas más tarde, Ciro me confesó que en ese momento, Ricardo se le acercó cuidadosamente y lo besó. Eros se había manifestado como parte de esta invocación y ascenso al monte. Adonis se había erotizado durante el viaje.
En medio del calor sofocante volvimos a reunirnos para retomar la marcha. A medida que ingresamos a la villa, la arquitectura blanca de Hydra reflejaba la luz con intensidad, dificultando mantener la vista al frente. Descendimos rápido y pasamos por la hospedería a ver a Cecilia Vicuña. Se encontraba mejor, aunque aún necesitaría un día más para recuperarse. Más tarde nos sumergimos en el mar. El agua, templada, transmitía un pulso constante; las olas avanzaban y retrocedían con una cadencia que evocaba, de modo tenue, la vitalidad experimentada horas antes. Aun así, ese movimiento regular no alcanzaba a disipar las preguntas que habían quedado abiertas. Intuía que algo en esa jornada había marcado una dirección: un llamado a comprender con mayor precisión aquel estado de fusión y claridad vivido en la cumbre.
Un año más tarde, acentué mi investigación a procesos de autorrealización a través del legado del psicólogo humanista y transpersonal Abraham Maslow. Me encontré por primera vez con el concepto de “experiencia cumbre”. Había una denominación para lo que había vivido. Las experiencias cumbre son descritas como momentos de trascendencia y máximo funcionamiento psicológico, acompañados de un estado mental eufórico, goce, éxtasis y elación. La persona se siente integrada, unificada, completa y es capaz de fundirse con el mundo. La experiencia cumbre puede otorgar consciencia de unidad.
Hoy se sabe que las experiencias cumbre pueden ocurrir en diversos escenarios: en una cima, en la naturaleza, a través de la música, la contemplación del arte, practicando deportes, o por ejemplo al enamorarse de alguien. Por su capacidad de transformar al individuo e impulsar intereses pro-sociales y ecológicos, la experiencia directa (y su posterior integración) puede ser una forma de medicina. Han generado una atracción persistente que me lleva a buscarlas y replicarlas, a veces con éxito, otras veces sin. Durante mi estadía en Grecia, experimenté vivencias similares en el cabo Sounion, el monte Ida en Creta y montes en la isla de Samotracia. Luego de cruzarme con el trabajo de Maslow, procedí a llamar a estas vivencias como “experiencia cumbre en la cumbre”, o simplemente “cumbre sobre cumbre”.
En su libro Religiones, Valores y Experiencias Cumbre (1964) Maslow se encarga de desmitificar las experiencias antes conocidas como religiosas haciéndolas seculares y corrientes. De esta forma horizontaliza y democratiza su accesibilidad. Introducirse en la comprensión de experiencias cumbres a lo largo de la historia comprueba que estas son atemporales e igualitarias. Tenemos la capacidad psicobiológica disponible de experimentar estos estados, se presentan en personas religiosas o no-religiosas, sin importar las circunstancias o el estatus socio-económico.
Pese a que las experiencias cumbres ocurren de manera espontánea, pienso que se pueden identificar patrones o comunes denominadores que las determinan; estos son estímulos medioambientales que pueden preparar un momento y un setting para posibles usuarios y/o pacientes. Regular y organizar estratégicamente gatillantes como el sonido, la iluminación, la temperatura y diseño del espacio son conducentes a facilitar una eventual experiencia con potencial transformador.
Al día siguiente pudimos retomar las actividades previstas para el taller. El último día bailó Ricardo junto a Cecilia, ya recuperada, frente a un atardecer dorado en el mar. Seguido, todos nos unimos a una ronda. Tomados de las manos, agradecimos en silencio lo vivido. Cerré los ojos y recordé el ascenso y descenso al monte Eros. Y por primera vez comprendí al eros no como un amor exclusivamente erótico, sino como la potencia de vida, un amor por la potencia de existir. Amor al mundo, amor antropocósmico. Llegar al máximo. El eros no era una carencia que otro podía llenar, sino una fuerza que ya me habitaba. Un holotopos, una cumbre sobre cumbre, el umbral donde el espacio y la consciencia se reconocen como uno solo; son instancias donde la pulsión de vida que atraviesa al mundo se hace palpable.
Imagen de Portada: fotografías del autor.




