Hablar de criar en contacto con la naturaleza no es hablar de un estilo de vida idealizado ni de un retorno romántico a lo rural. Tampoco se trata de una lista de actividades al aire libre ni de una pedagogía estructurada. Más bien, implica una forma de estar en el mundo junto a la infancia: una disposición a observar, a nombrar lo vivo, a reconocer que no habitamos un entorno inerte, sino un entramado de relaciones del que formamos parte.
En la infancia, el mundo no se presenta como una abstracción. Se manifiesta a través de los sentidos, del asombro, del juego y de la repetición. Las niñas y los niños no separan la experiencia del conocimiento: aprenden tocando, mirando, escuchando, preguntando. En ese proceso, las personas adultas cumplimos un rol fundamental como mediadoras. No para imponer respuestas, sino para acompañar la curiosidad, sostener el silencio cuando hace falta y ofrecer palabras que permitan vincularse con lo que nos rodea sin dominarlo.
Criar en contacto con la naturaleza supone, entonces, reconocer que la conciencia ecológica no se transmite como un contenido, sino que se cultiva como una relación. Una relación que se construye en lo cotidiano: en la forma en que hablamos del clima, en cómo observamos los cambios de estación, en la atención que prestamos a los pájaros del barrio o a una planta que crece en una ventana. Son prácticas pequeñas, casi invisibles, pero persistentes. Gestos que enseñan, sin decirlo, que la naturaleza no es un escenario externo, sino una presencia viva con la que convivimos.
En contextos urbanos, esta relación adquiere formas particulares. Criar en la ciudad no significa criar lejos de la naturaleza, sino aprender a reconocerla en otros registros: en las plazas, en los árboles que resisten entre el cemento, en los ciclos del día y la noche, en la lluvia que altera el ritmo de las calles. Nombrar estas presencias, detenerse a observarlas, permitir que formen parte de la conversación cotidiana, es también una manera de resistir la idea de que lo natural está siempre en otra parte.
«Criar en contacto con la naturaleza no es preparar a las niñas y los niños para “salvar el planeta”. Es algo más íntimo y, quizás, más profundo: acompañarlos a construir un vínculo de pertenencia con lo vivo».
El juego libre ocupa aquí un lugar central. Jugar sin un objetivo productivo, explorar sin instrucciones, ensuciarse las manos, repetir una y otra vez el mismo recorrido. En el juego, la infancia ensaya formas de relación con el entorno que no están mediadas por la utilidad. Y en ese espacio de libertad, se gesta una ética del cuidado que no nace del deber, sino del afecto.
Criar en contacto con la naturaleza no es preparar a las niñas y los niños para “salvar el planeta”. Es algo más íntimo y, quizás, más profundo: acompañarlos a construir un vínculo de pertenencia con lo vivo. Enseñar —con palabras, silencios y gestos— que el mundo no es un recurso que se explota, sino un hogar que se cuida, que habitar implica responsabilidad, pero también gratitud, y que sembrar conciencia ecológica desde la infancia es, en el fondo, una forma de imaginar futuros donde la vida, en todas sus formas, pueda seguir siendo posible.
Criar en contacto con la naturaleza también implica aceptar que no todo puede ser enseñado, explicado o anticipado, que hay vínculos que se forman en la repetición silenciosa, en la atención sostenida, en la posibilidad de detenerse. En un tiempo donde la infancia está cada vez más mediada por pantallas, horarios y estímulos constantes, ofrecer momentos de encuentro con lo vivo —aunque sean breves, aunque ocurran en espacios mínimos— se vuelve un gesto profundamente contracultural.
Los relatos, en este contexto, pueden acompañar esa tarea sin imponerse. Un libro leído antes de dormir, una historia donde un árbol, un río o un animal no aparecen como fondo, sino como presencia, puede abrir preguntas que luego encuentran eco en la experiencia cotidiana. No para reemplazarla, sino para ampliarla. La conciencia ecológica no nace del miedo ni de la urgencia, sino del vínculo. Y ese vínculo se teje, muchas veces, en la intimidad de la crianza.
Criar en contacto con la naturaleza no es una fórmula ni una meta alcanzable de una vez y para siempre. Es un proceso inacabado, frágil, situado. Un modo de estar junto a la infancia que reconoce que no somos dueñas ni dueños del mundo, sino parte de él, y que sembrar conciencia ecológica desde los primeros años es, en última instancia, una forma de cuidar la vida —toda la vida— mientras aún estamos aprendiendo a habitarla.
«La conciencia ecológica no nace del miedo ni de la urgencia, sino del vínculo. Y ese vínculo se teje, muchas veces, en la intimidad de la crianza».
Imagen de Portada: ©Sandra Seitamaa



