“El amanecer de la imaginación”: Reseña del último libro de David Graeber

Cuando era niña, durante varios años jugué a describir y hacer dibujos de un mundo imaginario. Lo extraño es que había decidido que este mundo debía ser lo más realista […]

Cuando era niña, durante varios años jugué a describir y hacer dibujos de un mundo imaginario. Lo extraño es que había decidido que este mundo debía ser lo más realista posible. Aunque me gustaba leer libros de fantasía y ciencia ficción, el desafío que me impuse fue imaginar un mundo paralelo que fuese completamente posible, factible, e inspirado en hechos antropológicos y arqueológicos. Imaginé un pueblo prehistórico” o antiguo” como los que había leído en libros sobre los mitos griegos, las Mayas o los Sumerios. Yo era una niña en la época proto-internet de los 90, y mis conocimientos se basaban principalmente en los libros ilustrados que podía encontrar en bibliotecas públicas y librerías locales.  Tenía muchas preguntas que nunca pude responder, como por ejemplo: Si quiero que mi pueblo imaginario tenga un sistema de escritura, ¿eso implica que debe ser una civilización grande” con monumentos y un gobierno y religión centralizada? Y si ese pueblo carece de tecnología como el uso de metales pesados, ¿podrá tener especialización de oficios, comercio de larga distancia, o dinero?  En una cultura donde la gente vive en aldeas de pequeña escala y no en ciudades, ¿será posible tener jefes que no sean hereditarios, mujeres que sepan escribir, o escuelas dónde la gente venga de lejos para aprender algo?  ¿Puede un pueblo premoderno tolerar la variación individual en términos de vestimenta u organización familiar, o sería necesario para mi pueblo imaginario pensar una estructura social rígida donde toda idiosincrasia sea sancionada? 

El libro sugiere que estamos “pegados” en un estado de desigualdad que tomamos por inevitable, en parte porque hemos dejado de jugar con nuestras organizaciones sociales, y en parte porque hemos olvidado que había otros discursos sociales que vinieron de otras tradiciones.

Estas y muchas otras preguntas que tuve en ese entonces daban cuenta de mi ingenuidad de niña. También dejan en evidencia el hecho de que la información que se provee a jóvenes y al público acerca de las posibilidades del ser humano ha estado determinada, durante muchos años, por un pensamiento simplista y lineal, que sugiere que la humanidad ha seguido una evolución uniforme dirigida a mejorar con vistas al mundo europeo/ norteamericano actual. 

Estos discursos son comunes de escuchar hoy en día. Libros cómo Sapiens de Yuval Harari sugieren que todo lo ocurrido en la prehistoria y la historia llega inexorablemente a la dominación del modelo moderno europeo, el cual habría inventado la idea de libertad e igualdad. Sin embargo, este discurso, si bien atractivo, deja fuera a todo lo ocurrido en la mayoría del mundo, en aquellas zonas que no contribuyen a esa historia inexorable, y que terminan siendo representadas como zonas donde, aparentemente, nunca ocurrió nada.  

El libro llama la atención sobre la diversidad de las primeras sociedades humanas y critica las narrativas tradicionales del desarrollo lineal de la historia desde el primitivismo hasta la civilización. © Wikipedia.

Pero ahora se ha publicado un nuevo libro que responde a todas esas preguntas de mi niñez con un sí”—sí, a toda combinación de medio de vida, de organización social y modelo político– toda combinación puede haber existido en el mundo premoderno real—y que argumenta que, por lo mismo, no hay nada inexorable ni lineal en la historia. Las zonas del mundo donde no pasó nada” fueron zonas donde pasaron muchas cosas interesantísimas que el discurso lineal borró de la memoria colectiva. 

Este libro es el recién aparecido The Dawn of Everything: A New History of Humanity (El amanecer de todo: una nueva historia de la humanidad). Se trata de la publicación más reciente del antropólogo David Graeber—desafortunadamente fallecido hace un poco más de un año—y su colega arqueólogo David Wengrow.  Durante 10 años intercambiaron ideas y leyeron ampliamente en la literatura técnica describiendo nuevos descubrimientos y teorías sobre la prehistoria.  La pregunta central que en diferentes modos motivó a Graeber durante mucho tiempo, fue entender las orígenes de la desigualdad. El libro se interroga ¿cómo llegamos a vivir en sociedades tan desiguales, y por qué pensamos que esto era inevitable, de que no había una verdadera alternativa? 

El libro empieza con una sección que me pareció alucinante e inspiradora.  Una de las lagunas de conocimiento en mi niñez en torno a las culturas pasadas fue la diversidad de pueblos indígenas de América del Norte previo de la colonización. El libro hace mucho para llenar ese vacío. Lo que más me impresionó fue la discusión en torno a las críticas culturales y políticas de personas indígenas de América del Norte en los años 1700, respecto a los franceses y otros europeos.  Estas críticas indígenas influenciaron en el desarrollo de argumentos claves propios de la Ilustración. Historiadores han demostrado que personas indígenas discutieron ideas políticas y filosóficas con colonos en las Américas, conversaciones que quedaron registradas en libros que circularon por todo Europa y alcanzaron gran popularidad en su época. El libro argumenta que no solamente estas culturas indígenas valorizaron mucho la elocuencia, la argumentación y el debate público, sino también que sus ideas políticas sobre la libertad y la igualdad fueron los frutos de experiencias con la autoridad absolutista, centralizando al seno de la civilización Mississippiana, la cual fue disuelta varios siglos antes. 

La nueva publicación se basa en la evidencia arqueológica para mostrar que las sociedades primitivas eran diversas y desarrollaron numerosas estructuras políticas. © Stefano Marchiori vía Unsplash 

Además de describir una impresionante diversidad de pueblos, zonas culturales y civilizaciones (con énfasis en las Américas, Europa y el Medio Oriente), el libro también propone que esta diversidad no es progresiva, ya que no se genera automáticamente ni de forma irreflexiva de parte de la sociedad interesada. Explica casos en que sociedades adoptaron la agricultura para luego abandonarla, o que fueron a vivir a ciudades con comodidades y burocracia central, para luego disolver esas prácticas y volver a vivir en bandas itinerantes. El argumento avanza con que estas transiciones no corresponden siempre a casos de colapso ecológico, ni a edades oscuras de pérdida de las estándares de vida o del conocimiento.  El libro sugiere que muchas de estas transiciones no fueron en la dirección de nuestros mitos sobre el progreso, sino que más bien la tónica fue el conflicto social, el debate público y la reflexión consciente.  Es decir, que mucho antes del Siglo de las Luces europeo las comunidades fueron capaces de reflexionar, tener opinión y debatir sobre la sociedad y la política, el buen vivir y la desigualdad.  Lo anterior supone que incluso, la caída de algunas grandes civilizaciones” pudo haber sido una bendición para algunos de sus ciudadanos. 

Con ese argumento siento que los autores quieren irse a medias entre reconocer que varias grandes civilizaciones” produjeron obras de arte, literatura, filosofía, arquitectura y tecnología que nos trajo beneficios y que aún valorizamos, y a la vez sugerir que podemos vivir sin esa “cultura” y aún poseer reflexión inteligente, disfrutar de conversaciones estimulantes, y ejercer el poder creativo. Lo anterior me parece de un populismo que busca compatibilizar con un cierto elitismo intelectual.  En mi opinión, discutir de política e inventar sistemas para organizar juntas de vecino no reemplaza la lectura de libros, o las visitas a museos de arte, pero esa es mi preferencia personal.  Aparentemente para Graeber y Wengrow el intercambio sería satisfactorio.  

Algo que se podría haber desarrollado más en el libro son las interacciones entre la ecología y las sociedades.  Habla sobre el rol de los humedales en los orígenes de la agricultura, y resume rápidamente los argumentos contra la idea popularizada por Jared Diamond de que muchos colapsos de civilizaciones fueron por la sobre-explotación de recursos.  Habría sido muy interesante explorar mejor los vínculos –estudiados por muchos antropólogos y otros–, entre medio ambiente, paisaje, las economías y las sociedades.  

En todo caso, destaco que este libro tiene una doble fortaleza. Primero, es capaz de sintetizar un cuerpo de información emergente sobre la prehistoria e historia de la humanidad.  Me hubiese gustado tener toda esa información disponible cuando era niña, como fuente para mi imaginación.  Segundo, se trata de una obra sobre la especulación y la imaginación. En las ciencias, especular” puede ser una mala palabra, porque implica ir más allá de lo estrictamente demostrado.  Pero ir más allá de lo estrictamente demostrado, o más allá de lo que conocemos por experiencia personal como realista” o factible”, es justamente la esencia de la reforma y el cambio social.  El libro sugiere que estamos pegados” en un estado de desigualdad que tomamos por inevitable, en parte porque hemos dejado de jugar con nuestras organizaciones sociales, y en parte porque hemos olvidado que había otros discursos sociales que vinieron de otras tradiciones.  Creo que es muy importante aprovechar nuestra imaginación y no sólo nuestra experiencia personal en el mundo tal como lo encontramos hoy, para entender lo que es ser humano.

Sobre el libro:
«The Dawn of Everything: A New History of Humanity», por David Graeber y David Wengrow.  Farrar, Strauss & Giroux, New York. ISBN 0374157359, 704 páginas.
Imagen de portada: ©James Wheeler vía Unsplash